Estoy muy contento. Mi primer cuento publicado resultó ser "Sin Invitación". El cuento lo presenté en el taller 7 tal como está en mi blog. Después de varios arreglos , el relato quedó listo. Lo han publicado en Axxón.
El relato lo pueden leer aquí: Sin invitación
domingo, abril 23, 2006
sábado, abril 15, 2006
Sánchez. Capítulo III.
Se detuvo justo en frente de dos patrullas que bloqueaban la calle oscura donde se hallaba el cuerpo. El lugar estaba repleto de periodistas y gente curiosa. Se estacionó detrás de una patrulla. Aún no se había bajado de su auto cuando, una avalancha de reporteros lo rodeó.
—Teniente Sánchez ¿Es verdad que el reciente asesinato tiene que ver con el de las dos mujeres asesinadas de manera brutal?—preguntó una reportera que por poco le pica un ojo con su micrófono.
—No señorita, no es verdad—masculló Sánchez esquivando más micrófonos y cerraba la puerta de su auto.
— ¿Por qué no quieren que se sepan sus nombres? La gente de la ciudad tiene el derecho de saber—preguntó desde atrás un reportero.
—Señores ya les dije mil veces que no queremos que se entorpezcan las investigaciones. No haremos declaraciones que sólo contribuyan a que el miedo se apodere de esta ciudad, que de por si vive ya angustiada por la ola de asaltos y secuestros—contestó Sánchez ahora de mal humor.
—Pero, debemos prevenir a la ciudadanía ¿no cree?—preguntó otra señorita desde atrás.
—Por favor, háganse a un lado, necesito pasar—gruñó Sánchez, que echaba humo de coraje.
Sánchez se abrió camino casi a empujones. Adelante estaba Jiménez, de pie junto al cuerpo tomaba fotos. No fue hasta que estuvo a su lado que éste se percató de su llegada.
—Disculpe Teniente, no me había dado cuenta que ya estaba aquí.
—No hay cuidado Jiménez, esos idiotas de la prensa me detuvieron, pero… veamos el cuerpo.
Jiménez destapó el cuerpo que estaba a sus pies.
—¡Dios Santo! ¡Pero qué demonios ha pasado aquí! ¡Esto es…!—Sánchez no terminó la última palabra, lo que tenía ante sus ojos no podía ser real.
En el piso se encontraba el cuerpo de otra mujer. Desnuda, con el tórax abierto. En la mano izquierda le colocaron su corazón. Colgado del cuello se encontraba su intestino.
—Eso no es todo, tiene que ver esto—señaló Jiménez—, al mismo tiempo que le abría la boca. Le han desprendido toda la dentadura, diente por diente.
— ¡Pero qué clase de asesino!—murmuró Sánchez.
—Dime Jiménez, ¿Tenemos testigos?
—No, ninguno.
—Y… ¿Quién encontró el cuerpo?—preguntó Sánchez encendiéndose un cigarrillo.
—Fue el padre Vicente él quien dio parte a la policía. Se veía muy contrariado. Dijo conocerla desde pequeña.
— ¿El Padre Vicente? ¿Ya lo interrogaron?—preguntó Sánchez sacando el humo del cigarro por la nariz.
—El Padre Vicente se negó a declarar, pero dijo que si necesitaban su declaración estaría toda la mañana en el despacho de la parroquia—contestó Jiménez y le alcanzó una hoja donde anotó el horario de labores del Padre.
— ¿Pero por qué lo dejaron ir?—preguntó Sánchez un tanto contrariado.
—Por favor Sánchez, se trata de un sacerdote, después de lo que ha visto esta noche no quise entretenerlo más ¿No creerás que tiene algo que ver con…?
—¡Claro que no! Pero tiene que explicarme que rayos hacia por aquí tan tarde ¿No crees?
Sánchez se dio un respiro. Se acomodó el pelo, luego como si hubiera recargado baterías continuó con la investigación.
— ¿Ya identificaron a la victima?—preguntó Sánchez volviendo la mirada hacia el cuerpo.
—Se llamaba María Candelaria Sosa Hernández. Tenía veintisiete años, soltera. Vivía en un edificio de departamentos a sólo dos cuadras de aquí.
— ¿Ya avisaron a su familia?— preguntaba Sánchez que miraba a la muchacha con gesto de preocupación.
—No, hasta ahora no hemos dado con ningún familiar, pero estamos investigando—contestó Jiménez—, apoyando su mano en la espalda de Sánchez como queriendo reconfortarlo.
—¿Ya saben la hora del deceso?—preguntó Sánchez agachándose a inspeccionar el cuerpo.
—No tiene más de dos horas muerta—decretó el forense que tomaba fotos de los intestinos enredados en el cuello de la muchacha.
— ¿Tenemos el arma homicida?— preguntó Sánchez abriendo una vez más la boca de la mujer y echaba un vistazo.
—Ningún rastro teniente—volvió a decir el médico quien ahora tomaba fotos del corazón.
—Lo que si puedo asegurar que se trata del mismo tipo de arma que los otros asesinatos. Una de bastante filo quizás un bisturí. Lo que nos indica que el asesino podría ser un cirujano con un conocimiento muy amplio de anatomía humana, pero en esta ciudad debe de haber miles, sin contar a los pasantes de medicina—concluyó.
—Este debe ser de los mejores, hace su trabajo con una limpieza y rapidez insólita— murmuró Sánchez que se levantaba.
—Investiga los nombres de los mejores médicos cirujanos de la ciudad, quizá tengamos que entrevistarlos.
— ¿Jiménez, dices que la muchacha vivía cerca de aquí?—
—Así es teniente, en el edificio de allá— apuntó Jiménez señalando hacia adelante.
—Quiero que me acompañes a su departamento— ordenó Sánchez y luego se dirigió a los demás.
—¡Que busquen por todos lados! Debe de haber alguna huella, no puede ser que no deje ningún rastro, alguna vez tiene que equivocarse, ¡vamos muchachos! Quiero que no descansen hasta que me den una buena noticia.
Caminaron hasta el edificio de departamentos, la puerta de la entrada se encontraba caída de lo podrida que estaba. A la izquierda se encontraban las escaleras que conducían a los pisos superiores. El lugar estaba casi a oscuras. Un foco que apenas iluminaba, colgaba del techo lleno de telarañas. Debajo de las escaleras se encontraban bolsas acumuladas llenas de basura y se podían ver ratas y cucarachas en las mismas. El olor era tan penetrante que Sánchez tuvo que cubrirse la nariz.
— ¿Quién puede vivir en una pocilga como ésta?— preguntó Jiménez.
— ¿Sabes en que número vivía?— inquirió Sánchez intentando ver los números que apenas se distinguían en las puertas grasientas.
—Es en el tercer piso, numero 377—respondió Jiménez, que sacudía el pie como queriendo quitarse algo que tenia en la suela de sus zapatos.
—Subamos entonces—apuró a decir Sánchez sacando su linterna para darse un poco más de luz.
El segundo piso se veía un poco más limpio pero el olor a podrido seguía siendo el mismo. Al final del pasillo se encontraba un departamento abierto donde se escuchaba música de los Tigres del Norte. Gritos de hombres intentando cantar (que por el tono de su voz podía adivinarse que se encontraban ebrios) y además el ruido de las botellas y vasos que chocaban a la hora de brindar.
—No se que sea peor, si la música o el olor— repeló Jiménez.
Pero Sánchez no lo escuchó. Él seguía subiendo las escaleras como si en realidad supiera en donde se encontraba el departamento. Al llegar al tercer piso los dos se quedaron viendo.
— ¿Izquierda o derecha?— preguntó Sánchez.
—Pues la puerta de enfrente dice 407, debe estar a la izquierda— dijo Jiménez y se dirigió hacia la izquierda
—Debe ser la última de allá— señaló Sanchez apurado.
Los dos sacaron sus armas y se dirigieron hacia la última puerta que era de color negra, estaban a un paso cuando oyeron un ruido que venia desde el otro lado del pasillo, los dos se quedaron quietos pero ya no escucharon nada.
—Abre la puerta Jiménez, date prisa—susurró Sánchez desesperado.
—Acabo de darme cuenta que no es este el departamento, éste es el número 437— confesó Jiménez un poco apenado.
—Entonces el que buscamos es el último del otro lado, donde se escuchó el ruido— vociferó Sánchez apresurando el paso hacia el otro lado del pasillo.
Jiménez lo seguía cuando de pronto, Sánchez se detuvo de golpe.
—¿Qué pasa? ¿Por qué se detiene Teniente?—
—La puerta se encuentra abierta—murmuró Sánchez en voz baja. Creo que alguien está ahí, sígueme sin hacer ruido.
Se acercaron poco a poco a la entrada del departamento. El lugar estaba en la oscuridad total. El cuarto estaba en silencio. Jiménez se puso a un lado de la puerta y Sánchez del otro. Se quedaron quietos para ver si podían escuchar algo.
—Espérame aquí—ordenó Sánchez ingresando pistola y linterna en mano.
Delante de él se encontraba un pequeño pasillo. Al fondo una puerta que conducía a la recámara, a la derecha un librero con una televisión y equipo de sonido con una silla mecedora enfrente. A su izquierda estaba el comedor y la cocina. Avanzaba con cuidado. Alumbró hacia la cocina. En el lavabo había un cerro de trastes sucios y olía a rancio. No había ninguna salida ni ventana por ese lado, siguió hacia la recámara y abrió la puerta poco a poco…
—Teniente Sánchez ¿Es verdad que el reciente asesinato tiene que ver con el de las dos mujeres asesinadas de manera brutal?—preguntó una reportera que por poco le pica un ojo con su micrófono.
—No señorita, no es verdad—masculló Sánchez esquivando más micrófonos y cerraba la puerta de su auto.
— ¿Por qué no quieren que se sepan sus nombres? La gente de la ciudad tiene el derecho de saber—preguntó desde atrás un reportero.
—Señores ya les dije mil veces que no queremos que se entorpezcan las investigaciones. No haremos declaraciones que sólo contribuyan a que el miedo se apodere de esta ciudad, que de por si vive ya angustiada por la ola de asaltos y secuestros—contestó Sánchez ahora de mal humor.
—Pero, debemos prevenir a la ciudadanía ¿no cree?—preguntó otra señorita desde atrás.
—Por favor, háganse a un lado, necesito pasar—gruñó Sánchez, que echaba humo de coraje.
Sánchez se abrió camino casi a empujones. Adelante estaba Jiménez, de pie junto al cuerpo tomaba fotos. No fue hasta que estuvo a su lado que éste se percató de su llegada.
—Disculpe Teniente, no me había dado cuenta que ya estaba aquí.
—No hay cuidado Jiménez, esos idiotas de la prensa me detuvieron, pero… veamos el cuerpo.
Jiménez destapó el cuerpo que estaba a sus pies.
—¡Dios Santo! ¡Pero qué demonios ha pasado aquí! ¡Esto es…!—Sánchez no terminó la última palabra, lo que tenía ante sus ojos no podía ser real.
En el piso se encontraba el cuerpo de otra mujer. Desnuda, con el tórax abierto. En la mano izquierda le colocaron su corazón. Colgado del cuello se encontraba su intestino.
—Eso no es todo, tiene que ver esto—señaló Jiménez—, al mismo tiempo que le abría la boca. Le han desprendido toda la dentadura, diente por diente.
— ¡Pero qué clase de asesino!—murmuró Sánchez.
—Dime Jiménez, ¿Tenemos testigos?
—No, ninguno.
—Y… ¿Quién encontró el cuerpo?—preguntó Sánchez encendiéndose un cigarrillo.
—Fue el padre Vicente él quien dio parte a la policía. Se veía muy contrariado. Dijo conocerla desde pequeña.
— ¿El Padre Vicente? ¿Ya lo interrogaron?—preguntó Sánchez sacando el humo del cigarro por la nariz.
—El Padre Vicente se negó a declarar, pero dijo que si necesitaban su declaración estaría toda la mañana en el despacho de la parroquia—contestó Jiménez y le alcanzó una hoja donde anotó el horario de labores del Padre.
— ¿Pero por qué lo dejaron ir?—preguntó Sánchez un tanto contrariado.
—Por favor Sánchez, se trata de un sacerdote, después de lo que ha visto esta noche no quise entretenerlo más ¿No creerás que tiene algo que ver con…?
—¡Claro que no! Pero tiene que explicarme que rayos hacia por aquí tan tarde ¿No crees?
Sánchez se dio un respiro. Se acomodó el pelo, luego como si hubiera recargado baterías continuó con la investigación.
— ¿Ya identificaron a la victima?—preguntó Sánchez volviendo la mirada hacia el cuerpo.
—Se llamaba María Candelaria Sosa Hernández. Tenía veintisiete años, soltera. Vivía en un edificio de departamentos a sólo dos cuadras de aquí.
— ¿Ya avisaron a su familia?— preguntaba Sánchez que miraba a la muchacha con gesto de preocupación.
—No, hasta ahora no hemos dado con ningún familiar, pero estamos investigando—contestó Jiménez—, apoyando su mano en la espalda de Sánchez como queriendo reconfortarlo.
—¿Ya saben la hora del deceso?—preguntó Sánchez agachándose a inspeccionar el cuerpo.
—No tiene más de dos horas muerta—decretó el forense que tomaba fotos de los intestinos enredados en el cuello de la muchacha.
— ¿Tenemos el arma homicida?— preguntó Sánchez abriendo una vez más la boca de la mujer y echaba un vistazo.
—Ningún rastro teniente—volvió a decir el médico quien ahora tomaba fotos del corazón.
—Lo que si puedo asegurar que se trata del mismo tipo de arma que los otros asesinatos. Una de bastante filo quizás un bisturí. Lo que nos indica que el asesino podría ser un cirujano con un conocimiento muy amplio de anatomía humana, pero en esta ciudad debe de haber miles, sin contar a los pasantes de medicina—concluyó.
—Este debe ser de los mejores, hace su trabajo con una limpieza y rapidez insólita— murmuró Sánchez que se levantaba.
—Investiga los nombres de los mejores médicos cirujanos de la ciudad, quizá tengamos que entrevistarlos.
— ¿Jiménez, dices que la muchacha vivía cerca de aquí?—
—Así es teniente, en el edificio de allá— apuntó Jiménez señalando hacia adelante.
—Quiero que me acompañes a su departamento— ordenó Sánchez y luego se dirigió a los demás.
—¡Que busquen por todos lados! Debe de haber alguna huella, no puede ser que no deje ningún rastro, alguna vez tiene que equivocarse, ¡vamos muchachos! Quiero que no descansen hasta que me den una buena noticia.
Caminaron hasta el edificio de departamentos, la puerta de la entrada se encontraba caída de lo podrida que estaba. A la izquierda se encontraban las escaleras que conducían a los pisos superiores. El lugar estaba casi a oscuras. Un foco que apenas iluminaba, colgaba del techo lleno de telarañas. Debajo de las escaleras se encontraban bolsas acumuladas llenas de basura y se podían ver ratas y cucarachas en las mismas. El olor era tan penetrante que Sánchez tuvo que cubrirse la nariz.
— ¿Quién puede vivir en una pocilga como ésta?— preguntó Jiménez.
— ¿Sabes en que número vivía?— inquirió Sánchez intentando ver los números que apenas se distinguían en las puertas grasientas.
—Es en el tercer piso, numero 377—respondió Jiménez, que sacudía el pie como queriendo quitarse algo que tenia en la suela de sus zapatos.
—Subamos entonces—apuró a decir Sánchez sacando su linterna para darse un poco más de luz.
El segundo piso se veía un poco más limpio pero el olor a podrido seguía siendo el mismo. Al final del pasillo se encontraba un departamento abierto donde se escuchaba música de los Tigres del Norte. Gritos de hombres intentando cantar (que por el tono de su voz podía adivinarse que se encontraban ebrios) y además el ruido de las botellas y vasos que chocaban a la hora de brindar.
—No se que sea peor, si la música o el olor— repeló Jiménez.
Pero Sánchez no lo escuchó. Él seguía subiendo las escaleras como si en realidad supiera en donde se encontraba el departamento. Al llegar al tercer piso los dos se quedaron viendo.
— ¿Izquierda o derecha?— preguntó Sánchez.
—Pues la puerta de enfrente dice 407, debe estar a la izquierda— dijo Jiménez y se dirigió hacia la izquierda
—Debe ser la última de allá— señaló Sanchez apurado.
Los dos sacaron sus armas y se dirigieron hacia la última puerta que era de color negra, estaban a un paso cuando oyeron un ruido que venia desde el otro lado del pasillo, los dos se quedaron quietos pero ya no escucharon nada.
—Abre la puerta Jiménez, date prisa—susurró Sánchez desesperado.
—Acabo de darme cuenta que no es este el departamento, éste es el número 437— confesó Jiménez un poco apenado.
—Entonces el que buscamos es el último del otro lado, donde se escuchó el ruido— vociferó Sánchez apresurando el paso hacia el otro lado del pasillo.
Jiménez lo seguía cuando de pronto, Sánchez se detuvo de golpe.
—¿Qué pasa? ¿Por qué se detiene Teniente?—
—La puerta se encuentra abierta—murmuró Sánchez en voz baja. Creo que alguien está ahí, sígueme sin hacer ruido.
Se acercaron poco a poco a la entrada del departamento. El lugar estaba en la oscuridad total. El cuarto estaba en silencio. Jiménez se puso a un lado de la puerta y Sánchez del otro. Se quedaron quietos para ver si podían escuchar algo.
—Espérame aquí—ordenó Sánchez ingresando pistola y linterna en mano.
Delante de él se encontraba un pequeño pasillo. Al fondo una puerta que conducía a la recámara, a la derecha un librero con una televisión y equipo de sonido con una silla mecedora enfrente. A su izquierda estaba el comedor y la cocina. Avanzaba con cuidado. Alumbró hacia la cocina. En el lavabo había un cerro de trastes sucios y olía a rancio. No había ninguna salida ni ventana por ese lado, siguió hacia la recámara y abrió la puerta poco a poco…
viernes, marzo 31, 2006
Nunca Más.

Te veo sentado junto a mí y aún no entiendo como fue que me fijé en ti. No somos el uno para el otro. No puedo creer que hayamos pasado tanto tiempo juntos y que no llegáramos a entendernos. Te sirvo tu copa de vino. No sospechas que será la última vez que nos veamos.
—¿Me puedes decir para qué me hiciste venir?
—Quería estar contigo. Hace varias semanas que no vienes a visitarme.
—Te he dicho mil veces que no siempre puedo venir.
—¿Sólo cuando quieres sexo?
—¿Otra vez? ¿Cuántas veces hemos discutido de lo mismo?
—Ya me cansé de esperarte. Creo que es mejor que dejemos de vernos.
—Sabes muy bien que no es tan fácil terminar la relación con mi esposa.
—No entiendo por qué sigues con ella, si de verdad la aborreces tanto como dices.
—Ya te he dicho que puedo quedarme en la calle si la dejo.
—Pues entonces olvídate de mí para siempre. No estoy dispuesta a seguir. Ya he desperdiciado muchos años de mi vida esperando.
—Sabes que no puedes dejarme. Si lo haces, pierdes todo lo que te he dado.
—No me importa. Ya no me asustas con eso.
—Cálmate mi amor, no hay necesidad de que nos peleemos. Déjame pensar, algo se me va a ocurrir.
—Es inútil. Ya tomé mi decisión. Ya no quiero verte. Tómate tu copa y lárgate.
—¡Pues me largo!
Lo veo tomar su copa de vino de golpe. Se levanta de la mesa. Da unos pasos y se desploma. Veo como se retuerce en el suelo de dolor. Disfruto cada estertor hasta que muere.
El último tren.

Había sido un día muy largo para Ezequiel. Después de una larga jornada de trabajo su recompensa sería pasarla con su esposa y sus hijos todo el fin de semana en un pequeño poblado al pie de las montañas. Ellos se habían adelantado un día antes.
Veía con desesperación su reloj. Faltaban diez minutos para que el tren saliera y el estaba atascado en el tráfico. No llegaría a tiempo.
Cuando llegó a la estación sólo pudo ver como se alejaban los últimos vagones. Tomó su celular y marcó al número de su mujer. No recibió respuesta. Lo más seguro era que su teléfono se hubiera quedado sin carga. Se sentó unos minutos y luego le vino una idea a la cabeza. ¿Y, si se iba en auto? Tardaría más horas pues el camino no era pavimentado, pero al menos estaría con ellos. Les daría una sorpresa.
Regresó a su auto y salió rumbo a la autopista. Como a las dos horas dobló en una desviación que lo conduciría a la montaña. El viaje sería largo y tedioso.
Se había hecho de noche. Para colmo estaba haciendo un frío muy intenso. Iba como a la mitad del trayecto cuando vio a una anciana que le hacía señas para que se detuviera. Disminuyó la velocidad hasta detenerse junto a la viejita.
—Joven ¿Sería tan amable de llevarme al pueblo de San Isidro?
—Claro abuelita, voy en esa dirección. Súbase, no se vaya a congelar.
—Es usted muy amable.
Viajaron en silencio la mayor parte del viaje. Incluso él volteó varias veces a verla pensando que se había quedado dormida. Así transcurrió el tiempo hasta que llegaron al pueblo.
—Ya casi llegamos. ¿La dejo en el centro?
—No es necesario. Yo aquí me bajo.
Ezequiel se detuvo. Estaban como a un kilómetro del pequeño poblado.
—Muchas gracias joven. Que la pase muy bien con su familia. Que bueno que no tomó ese tren.
—Un momento ¿Cómo sabe todo esto?
En un abrir y cerrar de ojos la anciana desapareció. Ezequiel se bajó a buscarla pero no logró localizarla. Se había esfumado.
Cuando llegó al pueblo se encontró con cientos de personas que lloraban. Escuchó el grito de una mujer que lo dejó paralizado. “Se ha descarrilado el tren, se han muerto todos”.
domingo, marzo 05, 2006
Sánchez. Capítulo II.
Eran las dos de la mañana cuando el teniente Sánchez oyó sonar su teléfono celular. Por muchas noches, temió recibir esa llamada, estaba dentro de sus pesadillas. Gritos espeluznantes de mujeres gritando por ayuda.
Atraviesa un bosque a oscuras, no puede ver más allá del alcance de sus manos. A lo lejos gritan su nombre. Cada vez con más fuerza y más cerca. Conforme avanza se hunde en un liquido espeso y caliente. Con cada paso se hunde más y más. El líquido empieza a meterse a su boca, nariz y oídos. Siente el sabor amargo de la sangre en su garganta. Intenta nadar pero es inútil, se ahoga sin poder evitarlo. Despierta bañado en sudor, algunas veces se descubre llorando, otras veces sus propios gritos lo sacan de las profundidades de su sueño.
— ¿Si diga?
— ¡Teniente Sánchez! ¡Tiene que venir! ¡Ha ocurrido otra vez!—se escuchó del otro lado de la línea.
— ¿Dónde ha ocurrido?—preguntó Sanchez—que buscaba la hora en su despertador.
—En la calle 16 cerca de la Iglesia del Sagrado Corazón—era Jiménez, su compañero investigador.
— ¡Voy para allá! Pero dígame Jiménez ¿Cómo saben que es el mismo?
—Teniente, no quiero hablar de esto por teléfono. No creo que exista otro asesino como éste. Es más, no creo que pueda volver a dormir sin tener pesadillas. Venga pronto y prepárese, éste ha sido el peor—y colgó.
Sánchez se quedó acostado por un momento. Trató de convencerse así mismo que no es más que un sueño. Pero estaba equivocado. No era otra de sus pesadillas. Tras colgarse su placa, tomó su pistola que tenía bajo la almohada y se vistió.
José de Jesús Sánchez, hombre mediano de treinta y cuatro años, moreno de cabello rizado y negro, de mirada seria y triste, nació en la ciudad de Teziutlán estado de Puebla, de familia muy humilde. Su padre emigró con toda la familia a la ciudad de México en busca de una mejor vida para sus hijos y esposa, murió asesinado por resistirse a un asalto a la salida de su trabajo.
Sánchez y su madre que lo esperaban a una esquina de su trabajo lo vieron todo. No pudo defenderse. Uno de los asaltantes lo tomó por la espalda, el otro hundió su cuchillo tantas veces que se bañó con su sangre. El dinero no pudieron arrancárselo de sus manos que se aferraron tanto a los pocos billetes que tenía, que fue difícil para los forenses después enderezar sus dedos a su posición natural.
Desde ese día juró que no descansaría hasta encontrar a los asesinos y vengarse, pero no sucedió así. Su madre lo convenció para que estudiara y fuera alguien de provecho. Se dio cuenta que la única manera para sobrevivir en la ciudad era estudiando. Se inscribió en la academia de policía. Desde ahí pensó que algún día se encontraría con los asesinos de su padre y los encarcelaría, algo que no pudo cumplir. En cambio, encarceló a muchos más, se convirtió en el mejor policía investigador del país. Cuando se encontraban con algún crimen difícil de resolver, siempre era a él al que llamaban. Su madre murió sintiéndose orgullosa de su hijo, por lo que con tanto esfuerzo logró, pero se quedó con las ganas de ver a su hijo casado y de ser abuela.
En el camino hacia la escena del crimen, Sánchez hacía un recuento de los asesinatos. El primero fue el de una mujer de veinticinco años. La encontraron en su apartamento. Desnuda, sin cabeza, atada de pies y manos. No fue violada pero le cortaron los pezones y mutilaron sus órganos sexuales. El arma probable, un bisturí. En el lugar no se encontraron huellas dactilares ni signos de pelea. En resumen, ningún rastro, sólo sangre, mucha sangre. Las investigaciones arrojaron la siguiente información: la chica se llamaba Martha Arellano Cruz. No estaba casada ni tenía hijos. En su trabajo nadie supo decir si tenía novio, ni que tuviera parientes en la ciudad. No tenía amigos y según los testimonios de sus compañeros de trabajo, a pesar de ser una mujer atractiva tenía un “no sé qué” que ahuyentaba a los hombres.
—Era mejor no acercarse a ella. Estaba siempre tan ocupada, clavada en su computadora— dijo su compañero—, que se sentaba en el cubículo próximo. Cosa que resultaba bastante rara para su jefe.
El gerente de aquella oficina de seguros declaró que ella siempre estaba atrasada en su trabajo, por lo que sospechaba que se pasaba horas perdiendo el tiempo navegando en la red o en las salas de Chat. Una práctica que no podía erradicar dentro de la empresa, pero de eso nadie estaba seguro.
La cabeza de la infortunada mujer fue hallada después envuelta en una toalla, sin lengua y sin ojos. Fueron unos niños los que la encontraron tan sólo a una calle de donde vivía. En un principio pensaron que era un animal muerto dentro de un basurero.
Sus vecinos tampoco ayudaron mucho, todos declararon que sólo la veían salir y regresar de su trabajo. Nadie la visitaba. La noche del crimen nadie oyó ni vio nada. En su departamento todo estaba en orden ni faltaba nada. Era un crimen perfecto no había ni por donde empezar.
—En cuanto reciba el informe del forense se pondría a investigar más a fondo—pensó. Pero luego vino el segundo asesinato, dos días después.
Ésta vez fue otra mujer. De casi sesenta años, soltera, maestra de profesión, aunque llevaba diez años de jubilarse. Fue encontrada en un basurero dentro de una bolsa. Su cuerpo desnudo se encontró cortado en pedazos. Los brazos, piernas y cabeza fueron separadas del tronco. No hubiera sido posible identificarla de no ser por el anillo de graduación que portaba.
Al igual que Martha, Josefa Martínez del Valle, no era casada ni tenía descendencia, vivía sola en la ciudad. Su vecina contó que nadie la visitaba, excepto su hermana, la cual vivía en Francia, pero que sólo lo hacía cada verano. Jiménez estuvo intentando contactarla sin éxito. Los números telefónicos que se encontraron eran de un hotel y el otro de una casa donde la hermana vivió y ahora nadie sabía de ella, sólo esperaban que en la embajada de México en Francia tuviera más suerte.
— ¿Quién pudo haber hecho esto?—. Se repetía Sánchez una y otra vez. En sus diez años de servicio no había vivido nada así. Éste era sin duda el peor caso.
Atraviesa un bosque a oscuras, no puede ver más allá del alcance de sus manos. A lo lejos gritan su nombre. Cada vez con más fuerza y más cerca. Conforme avanza se hunde en un liquido espeso y caliente. Con cada paso se hunde más y más. El líquido empieza a meterse a su boca, nariz y oídos. Siente el sabor amargo de la sangre en su garganta. Intenta nadar pero es inútil, se ahoga sin poder evitarlo. Despierta bañado en sudor, algunas veces se descubre llorando, otras veces sus propios gritos lo sacan de las profundidades de su sueño.
— ¿Si diga?
— ¡Teniente Sánchez! ¡Tiene que venir! ¡Ha ocurrido otra vez!—se escuchó del otro lado de la línea.
— ¿Dónde ha ocurrido?—preguntó Sanchez—que buscaba la hora en su despertador.
—En la calle 16 cerca de la Iglesia del Sagrado Corazón—era Jiménez, su compañero investigador.
— ¡Voy para allá! Pero dígame Jiménez ¿Cómo saben que es el mismo?
—Teniente, no quiero hablar de esto por teléfono. No creo que exista otro asesino como éste. Es más, no creo que pueda volver a dormir sin tener pesadillas. Venga pronto y prepárese, éste ha sido el peor—y colgó.
Sánchez se quedó acostado por un momento. Trató de convencerse así mismo que no es más que un sueño. Pero estaba equivocado. No era otra de sus pesadillas. Tras colgarse su placa, tomó su pistola que tenía bajo la almohada y se vistió.
José de Jesús Sánchez, hombre mediano de treinta y cuatro años, moreno de cabello rizado y negro, de mirada seria y triste, nació en la ciudad de Teziutlán estado de Puebla, de familia muy humilde. Su padre emigró con toda la familia a la ciudad de México en busca de una mejor vida para sus hijos y esposa, murió asesinado por resistirse a un asalto a la salida de su trabajo.
Sánchez y su madre que lo esperaban a una esquina de su trabajo lo vieron todo. No pudo defenderse. Uno de los asaltantes lo tomó por la espalda, el otro hundió su cuchillo tantas veces que se bañó con su sangre. El dinero no pudieron arrancárselo de sus manos que se aferraron tanto a los pocos billetes que tenía, que fue difícil para los forenses después enderezar sus dedos a su posición natural.
Desde ese día juró que no descansaría hasta encontrar a los asesinos y vengarse, pero no sucedió así. Su madre lo convenció para que estudiara y fuera alguien de provecho. Se dio cuenta que la única manera para sobrevivir en la ciudad era estudiando. Se inscribió en la academia de policía. Desde ahí pensó que algún día se encontraría con los asesinos de su padre y los encarcelaría, algo que no pudo cumplir. En cambio, encarceló a muchos más, se convirtió en el mejor policía investigador del país. Cuando se encontraban con algún crimen difícil de resolver, siempre era a él al que llamaban. Su madre murió sintiéndose orgullosa de su hijo, por lo que con tanto esfuerzo logró, pero se quedó con las ganas de ver a su hijo casado y de ser abuela.
En el camino hacia la escena del crimen, Sánchez hacía un recuento de los asesinatos. El primero fue el de una mujer de veinticinco años. La encontraron en su apartamento. Desnuda, sin cabeza, atada de pies y manos. No fue violada pero le cortaron los pezones y mutilaron sus órganos sexuales. El arma probable, un bisturí. En el lugar no se encontraron huellas dactilares ni signos de pelea. En resumen, ningún rastro, sólo sangre, mucha sangre. Las investigaciones arrojaron la siguiente información: la chica se llamaba Martha Arellano Cruz. No estaba casada ni tenía hijos. En su trabajo nadie supo decir si tenía novio, ni que tuviera parientes en la ciudad. No tenía amigos y según los testimonios de sus compañeros de trabajo, a pesar de ser una mujer atractiva tenía un “no sé qué” que ahuyentaba a los hombres.
—Era mejor no acercarse a ella. Estaba siempre tan ocupada, clavada en su computadora— dijo su compañero—, que se sentaba en el cubículo próximo. Cosa que resultaba bastante rara para su jefe.
El gerente de aquella oficina de seguros declaró que ella siempre estaba atrasada en su trabajo, por lo que sospechaba que se pasaba horas perdiendo el tiempo navegando en la red o en las salas de Chat. Una práctica que no podía erradicar dentro de la empresa, pero de eso nadie estaba seguro.
La cabeza de la infortunada mujer fue hallada después envuelta en una toalla, sin lengua y sin ojos. Fueron unos niños los que la encontraron tan sólo a una calle de donde vivía. En un principio pensaron que era un animal muerto dentro de un basurero.
Sus vecinos tampoco ayudaron mucho, todos declararon que sólo la veían salir y regresar de su trabajo. Nadie la visitaba. La noche del crimen nadie oyó ni vio nada. En su departamento todo estaba en orden ni faltaba nada. Era un crimen perfecto no había ni por donde empezar.
—En cuanto reciba el informe del forense se pondría a investigar más a fondo—pensó. Pero luego vino el segundo asesinato, dos días después.
Ésta vez fue otra mujer. De casi sesenta años, soltera, maestra de profesión, aunque llevaba diez años de jubilarse. Fue encontrada en un basurero dentro de una bolsa. Su cuerpo desnudo se encontró cortado en pedazos. Los brazos, piernas y cabeza fueron separadas del tronco. No hubiera sido posible identificarla de no ser por el anillo de graduación que portaba.
Al igual que Martha, Josefa Martínez del Valle, no era casada ni tenía descendencia, vivía sola en la ciudad. Su vecina contó que nadie la visitaba, excepto su hermana, la cual vivía en Francia, pero que sólo lo hacía cada verano. Jiménez estuvo intentando contactarla sin éxito. Los números telefónicos que se encontraron eran de un hotel y el otro de una casa donde la hermana vivió y ahora nadie sabía de ella, sólo esperaban que en la embajada de México en Francia tuviera más suerte.
— ¿Quién pudo haber hecho esto?—. Se repetía Sánchez una y otra vez. En sus diez años de servicio no había vivido nada así. Éste era sin duda el peor caso.
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