domingo, julio 09, 2006

Naves sobre el desierto.


Don Filemón miraba hacia el cielo incrédulo a lo que veía. Lo que más le extrañaba era que ese día no había bebido ni gota de aguardiente, así que no se trataba de una alucinación. Se restregó los ojos para estar seguro que no fuera un espejismo.
Un silencio sepulcral se apoderó del ambiente, no se escuchaba ni siquiera los cascabeles de las serpientes que por las tardes lo arrullaban. Lucifer, su fiel perro, echó a correr con la cola entre las patas y se refugió debajo de la vieja camioneta Ford.
En las alturas, con la puesta del sol como fondo, barcos de guerra volaban sobre su cabeza. Como si fueran plumas de ave arrastradas por el viento, se posaron sobre la arena. Filemón contemplaba el espectáculo petrificado por el miedo.
—Pero, ¿qué carajos será eso?—dijo entre dientes.
Por fin pudo moverse. Corrió lo más rápido que le permitió su reumatismo por su escopeta y municiones. Llamó a Lucifer pero éste no se movía de su escondite. Tuvo que arrastrarlo para subirlo dentro de la camioneta. Encendió su vehículo, el motor sonó como si tuviera tuberculosis, pero al final salió a toda velocidad rumbo a Desolación, el poblado más próximo de apenas cien habitantes que estaba a tan sólo diez minutos de ahí.
Se dirigió a la estación de policía que cubría una pequeña porción de aquel “pueblucho”. Entró directo a la oficina del Teniente López, ignorando por completo a su asistente que miraba despreocupado una revista para caballeros.
—¡Teniente, estamos siendo atacados!
López lo miró extrañado, un poco sorprendido por que entró de improvisto.
—Oye, Filemón ¿no sabes tocar la puerta?
—¡Nos atacan! ¡Se ha desatado la guerra!
—No me digas que los tanques gringos cruzan la frontera.
—Nada de tanques, son naves de guerra. El día que crucen tanques por esa frontera, serán los nuestros para recuperar el territorio que nos robaron.
El policía esta vez lo miró directo a los ojos. Lo inspeccionó de arriba a abajo con la mirada.
—Estás pero si bien borracho ¿Verdad, Filemón? ¿O encontraste peyote?
—¡Pero no! Lo acabo de ver con mis propios ojos. Hasta mi Lucifer estaba muerto de miedo. Le digo que naves atacan.
—A ver si te entendí ¿Nos atacan naves en pleno desierto? Mira, Filemón, no estoy para bromitas, si resulta ser uno de tus chistes te juro que…
—Pues si no me crees vamos para que las veas.
***
Filemón iba al frente en su camioneta. Le acariciaba el lomo a Lucifer que seguía asustado. Detrás de ellos, a corta distancia, lo seguía López junto con su ayudante. Habían aceptado a ir a investigar los sucesos, no sin antes amenazar al anciano con que lo iba a guardar a la sombra por una temporada en caso de que todo fuera una de sus ocurrencias.
Cuando se acercaban a la cabaña de Filemón, las naves se hacían cada vez más visibles. Él se rió al ver por el espejo retrovisor la cara de estupefacción de los policías. Pero la sonrisa no le duró mucho tiempo. Unas luces en el cielo lo hicieron frenar de golpe. La patrulla apenas y tuvo tiempo para evitar colisionar con el Ford del viejo. Las luces se posaron justo arriba de las naves. Los tres salieron de sus autos y se refugiaron detrás de la camioneta.
—¿Qué fue eso?—dijo el ayudante.
—Parece un OVNI—dijo Filemón
—¿No que no eran naves espaciales?—gritó asustado López.
—Esas acaban de llegar, las otras lo habían hecho primero—dijo Filemón, señalándoles hacia donde se encontraban. Justo detrás de un montón de cactus.
—Tenemos que acercarnos a investigar—dijo López.
—¿No será mejor avisar al gobernador, pedir refuerzos?—dijo el ayudante.
—¿Estás loco? Lo primero que van a decirnos es que de cuál fumamos—dijo Filemón que se asomaba por un lado.
—Síganme. Esa cosa parece que se detuvo—interrumpió López.
Todo se quedó en completa oscuridad. Los dos policías fueron al frente, cada uno empuñaba en una mano la linterna y en la otra el revolver. Filemón iba detrás de ellos junto con Lucifer que no quiso quedarse solo. Avanzaban con lentitud debido a que debían tener cuidado con las alimañas del desierto.
Se encontraban a unos cuantos metros de las naves, pero el OVNI se había desaparecido. Lo que más les inquietaba era el silencio. Sólo se podía escuchar sus respiraciones agitadas. Se detuvieron al pie de uno de los gigantescos barcos de metal.
—¿Hay alguien ahí?—gritó López.
El eco de su voz rebotó por todas partes repitiéndose decenas de veces. Los tres se miraron sin saber que decir o hacer.
López intentó tocar la superficie metálica pero su mano la traspasó como si fuera agua.
—¿Pero qué es esto? Parece como si fuera un proyección de cine—dijo López que agitaba la mano como si quisiera descubrir el truco.
De pronto el ladrido desgarrador de Lucifer los volvió a la realidad. Todos voltearon hacia donde se escuchó el alarido. El cuerpo del pobre animal se encontraba hecho pedazos sobre un charco espeso de sangre y arena.
Filemón empezó a descargar su rifle por todos lados, pero sólo fueron balas que se perdieron en el aire. El eco del ruido que provocó su arma retumbaba en sus oídos.
—¡Salgamos de aquí, pronto! ¡Es una trampa!—gritó López.
Fue tanto el terror que sintieron que los tres huyeron en distintas direcciones.
***
Filemón no podía creer lo que pasaba, lloraba desconsolado, por la pérdida de su fiel y único amigo “¿Por qué?” Se repetía una y otra vez. “Es una pesadilla, tiene que ser una pesadilla”, pensaba.
Se había quedado a oscuras. Por más que intentaba ver no lograba saber cuál era su ubicación. Tenía que llegar hasta su camioneta e irse lo más lejos de aquél infierno. Quien hubiera sido el que mató a su perro, había utilizado las naves como señuelo para atraer a sus presas. Tenía que hacer algo antes de que más personas se acercaran a averiguar que hacían esos barcos en medio del desierto. Se ocultó detrás de un enorme cactus y cavó un hoyo en la arena, decidió que lo mejor era esperar a que hubiera un poco de luz para poder escapar. El cansancio lo venció y se quedó dormido.

López llegó hasta un pequeño montículo de piedras y se resguardó tras de ellas. Con su linterna iluminaba hacia todos lados, trataba de descubrir qué era lo que los atacaba. No vio como por la arena se deslizaba un tentáculo que dejaba un rastro de líquido viscoso. Cuando pudo reaccionar, se encontraba aprisionado por lo que al principio pensó era una serpiente. Sólo que ésta era enorme como una anaconda y mucho más fuerte que cientos de ellas. Se escuchó un sonido muy parecido al que se produce al aplastar una sandía. Los ojos de López salieron despedidos hacia la arena por la presión de la poderosa extremidad. Todos sus huesos se partieron en mil pedazos. Por lo menos su muerte había sido rápida.

El ayudante de López corrió en dirección contraria de los demás. Tantos años sin ejercitarse le pasaban la factura. Su ropa estaba húmeda de sudor y de quién sabe qué más, pero en esos momentos lo que más importaba era sobrevivir. Arrastraba los pies como si tuviera plomo en las botas. Hasta que vio algo que lo dejó paralizado.
Se encontró con una majestuosa estructura oval hecha de un material plateado mucho más brillante que el platino. Flotaba sobre el suelo como a diez metros de altitud. Un poderoso haz de luz salía de centro hacía la arena. Se acercó para tocarlo…
Cuando recuperó la consciencia estaba sobre una plancha metálica, tenía tubos incrustados por todo su cuerpo, lo cegaba una luz. Sentía mucho dolor. Quiso mover sus manos, pero no las sintió. Sólo sentía uno de sus pies. Escuchó un sonido que le hizo recordar el aserradero de su pueblo. De reojo vio un brazo mecánico plateado con una sierra en la punta acercarse a su pierna. En su superficie se reflejaban los muñones de donde alguna vez tuvo extremidades. Un chorro de sangre le salpicó la cara y fue lo último que sintió.

Un ruido extraño despertó a Filemón, parecía que algo se arrastraba directo hacia él. Salió de su escondite y echó a correr sin dirección alguna. No había amanecido, por lo que la visión seguía siendo escasa. Chocó de frente con un cactus provocándose dolorosas heridas. Su cuerpo parecía al de un puercoespín. Lo que lo perseguía estaba muy cerca de él. Con mucho cuidado tomó su escopeta y apuntó hacia donde provenía el sonido. Un extraño ser parecido a un calamar gigante lo tenía acorralado. Las heridas provocadas por las espinas sangraban profusamente.
—¿Quién eres? ¿Qué deseas?
De lo que parecía ser la boca de aquel monstruo, salió un órgano tubular. A Filemón le recordó a los mosquitos. Se le acercó hasta quedar a tan sólo centímetros de él. Sintió un fuerte dolor de cabeza y luego escuchó muy claro que alguien le hablaba. El ser, se comunicaba por telepatía.
—Humano. Prepárate a morir.
—¿Por qué nos hacen esto?
—Necesitamos sobrevivir. Nuestro planeta ha sido destruido por el impacto de un asteroide por lo que necesitamos el suyo.
—¿De cientos de millones de planetas que hay en el universo tuvieron que escoger la tierra?
—Es por que es muy parecida a mi natal Qundo, pero lleno de alimento.
—¿A ti se te ocurrió lo de las naves?
—Sabemos que son curiosos por naturaleza. Fue idea del Gran Cerebro.
—No se saldrán con la suya. Pelearemos.
—Eso, está por verse.
No tuvo tiempo de disparar. Sintió un aguijón que le penetró por la cabeza. Le succionaron los sesos.
En otra parte de México, Pedro miraba atónito las noticias en la televisión. En las principales ciudades del planeta se reportaban extrañas apariciones de naves de guerra en el cielo. Se reportaban también muertes extrañas en París y en Londres. En ese momento transmitían en vivo el aterrizaje de una de ellas sobre el zócalo de la Ciudad de México. Miles de personas se acercaban sin saber lo que les esperaba. Apagó la tele aburrido.“Ya no saben que inventar para tener mas rating”, pensó. Se asomó por la ventana y descubrió una gran nave estacionada frente a su casa…

lunes, julio 03, 2006

Ilustración de la cueva

La ilustración del relato "La cueva" es creación de Sergio Monterrubio.
Su trabajo lo pueden ver en el siguiente Link: http://www.geocities.com/artekaku/artekaku.htm

Gracias amigo por ayudarme.

domingo, julio 02, 2006

La cueva



Como cientos de habitantes de aquél pueblo, Mikael, salió de su cueva casi al amanecer. Un “ritual” que todos debían ejecutar si querían sobrevivir en ese mundo hostíl y despiadado. Vestía su holgado traje de plástico metálico que tanto odiaba, pero que era imprescindible para subsistir. La temperatura ambiente a esa hora era cercana a los cero grados centígrados.
En cuanto salió a la superficie arenosa, sintió como su traje se congelaba. Tenía pocos minutos para estar afuera, pues debía entrar a su cueva antes de que sufriera una hipotermia o la luz del sol lo quemara vivo en cuanto apareciera detrás de las montañas.
Afuera sólo silencio, un viento gélido formaba remolinos de arena. Volteó a ver a los demás que emergían como autómatas de sus cuevas. No vio salir a su vecino por segunda vez, “Creo que ya nadie lo volverá a ver”, se dijo así mismo. Miró a lo lejos y su mirada se perdió por un instante. Todavía quedaban vestigios de lo que alguna vez había sido “Zel”. Sus enormes rascacielos abandonados se alcanzaban a ver a la distancia. “Si pudiera algún día regresar” pensó. Pero sabía que eso era imposible. Su destino como el de los demás era vivir en esas cuevas. “Se nace, se vive y se muere en la cueva” era un dicho popular. La alarma de su reloj lo regresó a su triste realidad, le quedaba un minuto para volver a ingresar.
Su “hogar”, un agujero en la tierra, tenía una temperatura cálida, cercana a los treinta grados. Tan pronto ingresó a su cubículo, gruesas gotas de agua se condensaron en su traje y empezaron a resbalar para caer en el recipiente colocado en una de las piernas del traje. Apenas medio litro de agua, pero suficiente para sus necesidades del día. Bebió un pequeño sorbo que le supo a gloria. Lo demás lo vació en una jarra.
Mojó una esponja y con eso procedió a darse un “baño”. Deslizó la misma por su cráneo rapado. Disfrutaba la caricia del agua cuando le resbalaba hacia la nuca. Como extrañaba un jabón. Bueno, extrañaba tantas cosas. Su rostro arrugado cambió por un momento, pero regresó a la misma expresión de pesadumbre y hastío.
La destrucción de la capa de ozono había acabado casi con todo. Muy pocas formas de vida habían podido sobrevivir. Los insectos habían pasado a ser la especie dominante del planeta. Por las noches millones salían a buscar alimento. Recordó a Sylvia. Se le erizó la piel.
Se miró en el pequeño espejo que colgaba de la pared. Tenía tan sólo veinticinco años pero parecía de cuarenta. Su piel, estaba arrugada como una pasa por la deshidratación. Por lo menos sus riñones no le habían molestado los últimos días.
Un pequeño haz de luz se coló por uno de los domos de su cueva. El motor de su pequeño generador de energía solar empezó a trabajar. Su purificador de aire y el ventilador estaban muy viejos, pero funcionaban y eso lo mantenía con vida. Los consiguió hacía unos años cuando se casó. El precio había sido toda una ganga, tan sólo ocho galones de agua. Los había ahorrado para poder casarse. En aquél entonces trabajaba en una de las tantas plantas desalinizadoras que tuvieron que cerrar tiempo después al irse a la quiebra. El pago por supuesto se hacía con agua potable. En esos tiempos aún se podía transitar por las calles sin achicharrarse.
Cuando les avisaron que tenían que irse a habitar las cuevas afuera de la ciudad no lo pudo creer, pero no tuvo más remedio que hacerlo. Era eso o la muerte. Al menos recibía su ración de alimentos sintéticos cada mes. Un transporte especial resistente al calor pasaba casi al caer la tarde a repartírselos. Le habían dicho que los gobernantes no viven en cuevas y que comen alimentos naturales. Mikael no creía que eso fuera posible. El oxígeno estaba tan enrarecido por la falta de árboles que dudaba que hubiera plantas que resistieran la vida así. Sabía que la vida en la tierra nunca más sería posible porque la destrucción era irreversible.
No habían pasado dos horas después del medio día, cuando el cielo se nubló por completo. Maldijo su suerte. Ahora tendría menos oxígeno. La pila de su generador no recargaba lo suficiente por lo que su purificador de aire trabajaría a la mitad de su capacidad. Sabía que no llovería mucho por lo que no se preocupó demasiado. La lluvia ácida no solía demorar tanto. Por si acaso, unas gruesas capas de una aleación especial de metal hacían a las cuevas resistentes a la corrosión. Hacía bastante tiempo que la suya no recibía mantenimiento, pero no quería preocuparse tan temprano.
Se acercó a un estante y tomó su libro preferido. Se pasaba todas las tardes mirándolo hasta que lo vencía el sueño. Estaba lleno de fotografías de la tierra, cuando la gente se daba el lujo de desperdiciar el agua. Cayó dormido mientras veía la imagen de unos niños chapoteando en un estanque. Empezó a soñar.
Siempre era la misma pesadilla. La noche en que su esposa murió. Cuando se la comieron viva. No pudo evitar que Sylvia se asomara para investigar qué era el golpeteo insistente en el techo de la cueva. Tan pronto se asomó, miles de cucarachas se le subieron encima. No eran del tamaño normal que conocían nuestros ancestros. La contaminación y la radiación las habían hecho mutar, hasta alcanzar la medida de un ratón. Él intentó quitárselas de encima, fue una lucha desesperada. Mató a decenas con sus pesadas botas, pero no fue suficiente. Para su desgracia, ella corrió hacia afuera de la cueva. Ahí miles de bichos la cubrieron por completo. Los gritos de Sylvia retumbaban dentro de su cabeza desde entonces. La imagen de los asquerosos insectos metiéndose en la nariz, boca y oidos de su amada, mientras él sellaba la escotilla, lo han acompañado en sus pesadillas todas las noches.
Despertó agitado, su corazón latía a mil por hora. El sol se había metido por completo. Lo único que se escuchaba, era el sonido monótono del ventilador. Se levantó a tomar su ración de agua. Estaba dando el último trago cuando un ruido lo hizo estremecer.
Primero, pensó que seguía soñando, luego que era el ruido que producía su purificador de aire. Estaba equivocado. Era como si miles de diminutas patas se arrastraran en el techo de su cueva. Luego escuchó un extraño rechinido como cuando alguien raya la superficie de algo con una navaja. Se asomó por uno de las ventanillas de los domos.
Su rostro arrugado se puso pálido. No daba crédito a lo que estaba viendo, se le hizo un nudo en el estómago. Enormes cucarachas rodeaban su cueva, se apretujaban ebtre ellas, como si quisieran penetrar el metal. Se sorprendió al ver que cada vez eran de mayor tamaño. Respiró profundo para tranquilizarse, podía escuchar cada pulsación de su corazón. Sabía que era imposible que penetraran las paredes. A no ser que…
El ácido de la lluvia había hecho un pequeño orificio en un costado del domo, “Maldición”, gritó. Los insectos se peleaban por entrar por la rendija, como si olfatearan carne fresca. Sólo pudieron ingresar uno a uno. Mikael, abrazó el libro que tanto le gustaba. No tuvo más remedio que utilizarlo como “arma” para defenderse. Conforme iban cayendo, las aplastaba. Una tras otra. Con cada golpe un chorro de líquido amarillo le salpicaba el rostro. Pronto el libro se humedeció y empezó a despedazarse. Por último, utilizó los pies y las manos. Los jugos de las cucarachas formaron un gran charco amarillo y pegajoso. Ya no podía más. Las fuerzas lo fueron abandonando poco a poco. Resignado decidió “descansar”. De reojo miró hacia la mesa donde se encontraba la jarra de agua. Se abalanzó sobre ella y empezó a beberla desesperado. Cerró los ojos y se imaginó que estaba en medio de un oasis. Chapoteando en un estanque rodeado de cascadas de agua junto a Sylvia.
Sintió pequeñas punzadas de dolor en los pies, luego en la entrepierna, su estómago, su cuello. Quiso gritar, pero los insectos dentro de su boca ahogaron su voz.

domingo, junio 25, 2006

Capricho Fatal.

Eran las once de la noche. Dos compadres, Cristóbal y Nemesio, bebían en el bar del pueblo. Habían jugado ya tres horas de dominó y tomado una botella de tequila. Afuera hacía tanto frío que empezó a nevar. Los enormes pinos que rodeaban al bar se mecían con frenesí y sus ramas que comenzaban a llenarse de nieve crujían al momento de chocar entre ellas. Fueron a tomar algo para entrar en calor, pero ya se habían pasado de copas.
—Compadre, creo que ahí le paramos, se está haciendo tarde y si no nos apuramos nos veremos atrapados en medio de la tormenta—dijo Nemesio.
—Está bien compadre, sólo nos echamos la última y nos vamos. Además con ésta partida se define quién paga la cuenta—dijo Cristóbal—llenando otro vaso de tequila hasta el tope.
Como todos sabemos la famosa frase “la última y nos vamos” equivale a tomar por lo menos tres tragos y jugar tres partidas más.
—Vamos compadre no sea caprichoso, que se nos hace tarde.
—Ya le dije que es la última.
Así continuaron jugando y bebiendo hasta que el dinero ya no les alcanzó para más. Ya se iban, cuando las puertas del bar se abrieron de par en par de un sólo golpe. En medio del lugar se encontraba una mujer con el rostro desencajado, como si hubiera visto al mismísimo diablo. Tenía el rostro pálido bañado en llanto.
— ¡Por favor que alguien me ayude! Mi auto se ha quedado atrapado en la nieve. ¡Mi hijo se quedó ahí y está esperándome!
Todos se quedaron callados y viéndose unos a otros como idiotas, pero nadie se movió de su lugar. Algunos voltearon a verla, pero como si nada estuviera pasando, volvieron a lo que estaban. La mujer seguía ahí parada sollozante, con la desesperación a flor de piel.
Ante la urgencia de la mujer y después de consultarlo en silencio con sólo mirarse, los compadres decidieron ayudarla.
— ¿Díganos donde quedó su auto señora?—dijo Cristóbal.
—Está casi llegando a la curva, como a un kilómetro de aquí—les dijo con lágrimas en los ojos.
—Pues si no nos apuramos su hijo se congelará, así que síganos lo más rápido que pueda—dijo Nemesio.
Afuera, la tormenta estaba peor de lo que se habían imaginado. Corrieron tan rápido como los dejó la nieve. Sus zapatos se hundían hasta las rodillas. La oscuridad de la noche dificultaba aún más su carrera. El nivel de la nieve crecía de manera inexplicable. Sus pies se sentían como si de pronto se hubieran convertido en plomo. El viento se sentía como si alguien les clavara agujas en la piel. Así siguieron por diez minutos sin parar. De vez en cuando, paraban para no dejar atrasada a la mujer. La señora continuaba detrás de ellos, parecía no cansarse. Su rostro lucía más pálido que cuando la vieron en la cantina. Cristóbal temió que la hipotermia estuviera haciendo estragos en la desdichada.
Cuando se dieron cuenta que la señora ya no los seguía, el auto se encontraba como a dos metros de ellos. Tenía el motor y las luces encendidas.
—Por fin compadre, espero que ese niño siga vivo—alcanzó a decir Nemesio, mientras trataba de recuperar la respiración.
— ¿Dónde se quedó la señora?—dijo Cristóbal.
No la vieron por ningún lado, se la había tragado la tierra. No sabían si regresar a buscarla o continuar. La vida del niño era lo más importante en ese momento por lo que decidieron seguir. El último metro les costó recorrerlo una eternidad. Se acercaron con mucho cuidado hacia la puerta del auto.
Lo que vieron después, dejó a Nemesio con el cabello canoso desde entonces. Envejeció en un instante. Su compadre Cristóbal, murió en el lugar víctima de un paro cardiaco. Nunca se supo si fue por la impresión o por el esfuerzo físico
La señora se encontraba dentro del auto. Pálida, las manos crispadas, aferrándose al volante. Un niño, lloraba en el asiento trasero pidiendo ayuda.
Desde esa noche, el rostro bañado en lágrimas de la señora, acompaña a Nemesio en todas sus pesadillas.

sábado, junio 24, 2006

Camino a la Luz.



Era un día como cualquier otro. Parecía ser lo mismo de siempre. Todo en su lugar y nada fuera de lo normal. Mí escritorio, mí vieja lámpara y una montaña de apuntes que nunca había podido ordenar, estaban ahí, recordándome lo monótona que era mi vida.
Como casi siempre, me había quedado dormido sentado. Escribiendo lo que según yo, sería un informe completo de compras y ventas de la compañía. Tomé un trago de ese amargo café frió que había dejado desde el día anterior (o quizás más tiempo) y me dirigí a tomar un refrescante baño de agua helada. Abrí la regadera y dejé correr los chorros por todo mi cuerpo, poco a poco fui despertándome. Al terminar me observé en el enorme espejo que cubría la mitad de la pared y me llevé semejante sorpresa ¿Ese era yo?
Estaba claro que ya no era el mismo. Tenía mucho tiempo que no hacia ejercicio y esa tremenda papada era la mejor prueba de ello, ni que decir de mi abdómen. A pesar de eso, no podía quejarme de ser feo y gracias a que tenía personalidad me seguían varias compañeras de trabajo. Tuve algunas aventurillas con alguna de ellas, muy rápidas que apenas si las recuerdo. Pero ese día, no estaba seguro por qué, pero me sentía raro.
Me vestí como de rayo, le di de comer a mi gato que ya se veía muy flaco y salí a la cochera. Al subir al auto, algo me dijo que lo mejor era irme a pie ¿Qué tan lejos eran diez cuadras? Pero el tiempo era oro y tenía que dar un informe muy importante.
Di una vuelta entera, no encontraba dónde estacionarme y después de cinco minutos empecé a desesperarme, seguí la busqueda hasta que por fin, vi un lugar delante de mí. Sólo tenia que cruzar esa avenida, pero la luz roja me iba a ganar. Pisé a fondo el acelerador y no me fijé a los lados.
Sólo recuerdo ese chirrido que hacen las llantas al frenar. Gritos, el ruido que se provoca al romperse muchos cristales.
Ahora estoy aquí acostado, con toda esa gente que me mira como si fuera la atracción principal del circo. Creo que he tenido un accidente.
— ¡Llamen a una ambulancia! ¡Este hombre está muriendo!— gritó un agente de tránsito.
— ¡Hey! ¡Me siento bien! ¿Qué no ven que ya me levanté? No se preocupen, no fue nada. ¿Qué no pueden escucharme?
Me doy vuelta, veo a un hombre que trata con gran desesperación de revivir a alguien, pero ¿Qué ese no soy yo? ¡Dios mío! ¿He muerto? ¡Debo de seguir soñando!
—Ellos no pueden escucharte—oigo decir atrás de mi hombro.
— ¿Quién eres tu?—pregunto al hombre vestido de blanco que me mira con una dulzura y una gran sonrisa que no puedo describir.
—Soy tu guía hacia la luz—responde.
—¿Pero qué luz? ¿Significa que estoy muerto? Tengo que irme al trabajo—. Si esto no es una pesadilla, es lo más cercano a ello.
—Nada de eso hermano, todo esto en realidad sucede y créeme que te queda todavía mucho camino que recorrer, pero no temas que yo te guiaré hasta la luz. ahí te recibirá el creador de tu universo. Él tendrá que responder por ti, al creador de creadores—dice el hombre con ternura—. No intentes verlo por que su espíritu irradia luz que ciega al que no ha cumplido su misión. Espera a que él te conceda permiso de mirarlo y escucha lo que tenga que decirte, según tus actos, serás juzgado.
— No he hecho nada de lo que tenga que arrepentirme, no he hecho mal a nadie y siempre he dado limosna en la iglesia. Ya sé que tiene mucho tiempo que no voy ¿Es ese un pecado grave?—digo con un poco de miedo.
—Sígueme hermano, y no te separes de mí. Habrá fuerzas negativas que intentarán llevarte y yo tengo que impedirlo.
Lo tomo de la mano y con una lentitud pasmosa vamos alejándonos de aquel barullo. Poco a poco se van apagando las voces hasta que se pierden por completo. De pronto, una oscuridad total nos envuelve y empiezo a sentir frío y desconsuelo.
—Hermano, a pesar de lo que escuches, no hagas caso, no me sueltes. Si llegaras a zafarte te perderás en la oscuridad y no podré ayudarte—me dice aquél hombre al que ya empiezo a tenerle cariño sin saber el por qué.
En ese momento se escuchan ruidos espantosos que no puedo describir. Son gritos guturales que llegan directo a mis oídos y penetran mi consciencia.
— ¡Hey! ¿Recuerdas a Martha? ¿No quieres volver a jugar con sus senos? ¡Ven! A donde te diriges nunca tendrás lo que gozarás con nosotros.
Luego escucho una voz que me es conocida. — ¡Quédate aquí! ¡No sigas a ese hombre! ¡Te están engañando!—era mi propia voz.
De pronto, el hombre con el que voy, se detiene y abrazándome grita.
—Amados hermanos, dejen en paz a ésta alma. Ustedes eligieron la oscuridad ¡Dejen que el siga hacia la luz! ¡Por el amor de todos los creadores, aléjense y permitan que continuemos hacia nuestro destino!
Su voz no es de furia, ni violenta. Irradia amor y me hace sentir bien. No sé cómo, pero los ruidos infernales desaparecen. Ahora voy ascendiendo poco a poco con el hombre.
Pierdo la noción del tiempo. No puedo precisar cuánta distancia hemos recorrido. Entramos a un tunel que parece interminable. A lo lejos puedo ver un rayo de luz que poco a poco se hace más intenso. Conforme nos acercamos, se oyen cada vez más fuerte coros angelicales que nos reciben y alaban al creador. Hasta que por fin llegamos a nuestro destino ¡La luz!
Frente a mi se encuentra un paramédico, me apunta con una lámpara. La gente alrededor no para de murmurar. Algunos continúan rezando. Escucho latir mi corazón con fuerza.
—¡Este hombre no ha muerto, abran paso debemos llevarlo pronto al hospital!
Algunos de los presentes aplauden, otros lloran, una anciana se hinca y grita ¡Milagro! Cierro los ojos, respiro con dificultad, pero me siento mejor. Creo que arriba me han dado una nueva oportunidad.