lunes, noviembre 13, 2006

Sánchez. Capítulo V.


Jiménez paró de golpe frente a la jefatura, un edificio viejo de estilo colonial, en la entrada estaba colocada la clásica estatua de Benito Juárez con una placa que contenía la trillada frase,”Entre las naciones como entre las personas, el derecho al respeto ajeno es la paz”.
—Pues aquí lo dejo Teniente, voy a buscar la computadora y luego al laboratorio a llevar esas fibras, lo veo más tarde —dijo poniéndose sus lentes oscuros.
—Gracias, yo tengo que ver esos resultados y luego ir a ver al cura ¿Mi auto lo trajeron para acá? —dijo cerrando la puerta.
—No se te olvide la lista de los médicos.
—Claro que no, su auto debe de estar en el estacionamiento de la planta baja — dijo Jiménez, luego arrancó a toda velocidad.
Sánchez entró en la Jefatura, como siempre mucha gente en el lugar, una larga fila en el departamento de robos y otra más, por desgracia, en la de delitos sexuales, sabía que ni el 10% de esos delitos se iba a resolver y un nudo se le hizo en la garganta.
—Espero que mi caso no sea de los desafortunados —pensó, mientras subía los escalones que lo llevarían a su oficina.
Al final de la escalera, estaban las oficinas de los detectives del departamento de homicidios, las oficinas administrativas y las del Procurador de Justicia de la ciudad. Caminó hacia la suya cerca del final del pasillo, estaba a punto de abrir la puerta cuando oyó un grito a sus espaldas.
— ¡Sánchez! ¡Lo quiero ver en mi oficina, pero ya! Era el procurador Gallardo que lo llamaba. Ya se imaginaba para qué lo quería y por qué sonaba tan enojado.
Sánchez dio vuelta y se apresuró, apenas cruzó la puerta sintió una fuerte tensión en el ambiente.
—Sánchez, cierre esa puerta —dijo el procurador con tono serio— . Lo he visto en la mañana en las noticias y por lo que pude ver el asunto es grave ¿verdad?
—Pues la cosa esta así, Señor Procurador, tenemos un asesino en serie, lo más seguro es que vuelva a asesinar. Anoche me topé con él y la verdad no sé como sigo vivo, creo que quiere jugar conmigo, pienso que me dio por muerto.
—Si, es verdad, supe que lo hirieron y me alegra verlo bien —dijo el Procurador que en ese momento descolgaba su teléfono.
—Pero necesito dar un informe a la prensa que me esta presionando y no sé que carajos les voy a informar —dijo el Procurador con el auricular en la mano, mientras marcaba.
—Dígales que la investigación sigue su curso, la vigilancia será reforzada y que la gente esté alerta, se debe evitar salir sola por las noches, sobre todo las mujeres. Es lo único que se me ocurre por ahora, lo que se ha estado diciendo, como quiera no tengo nada concreto aún — dijo Sánchez pensativo.
—¿Si bueno? ¿La redacción de TV Azteca?, habla el procurador, es con respecto a los últimos acontecimientos.
Sánchez no se quedó a ver que el procurador terminara la llamada, se levantó y con señas se despidió de él, necesitaba llegar a su oficina y echarle un ojo a los resultados de las autopsias.
Sobre el escritorio se encontraban dos carpetas gruesas color beige, con sólo mirarlas Sánchez se dio cuenta que esto le tomaría bastante tiempo, por lo que se paró a buscar un café. Ya no escuchó al procurador, para colmo la cafetera no calentaba bien.
“¡Esto sabe a mierda!”, dijo y lo volvió a echar a la jarra.
Ya de regreso a su escritorio abrió la primera carpeta, Martha Arellano Cruz, soltera de 25 años decapitada, pezones y clítoris cercenados, posible arma un bisturí. Causa de muerte: hemorragia masiva. Había sido decapitada después de muerta, por lo que el asesino esperó bastante tiempo antes de que se desangrara por completo disfrutando su sufrimiento, ningún rastro de violación, ni de que haya peleado por su vida, lo más probable era que conocía al agresor o la tomó por sorpresa, durmiendo.
Se quedó viendo las fotografías del lugar de los hechos, manchas de sangre y fluidos por toda la cama. Los acercamientos de la cabeza putrefacta hallada después sin la lengua y con los orificios donde deberían estar sus ojos ahora se encontraban llenos de lo que parecía ser pus o gusanos. Se sentía asqueado y a la vez impotente por no poder atrapar al psicópata responsable de estos ataques, y lo peor de todo, sabía que mataría otra vez.
Sánchez revisó el caso de la segunda victima, la misma situación, ninguna evidencia, ningún móvil, ninguna relación aparente entre las victimas, no se conocían, una vivía al norte de la ciudad y la otra en el oeste, en lo único en que se parecían era que las dos eran solteras, sin hijos y vivían solas, en eso se parecían también a la tercera victima.
Sánchez recordó el asunto de las computadoras, la tercera victima tenía una, así como la segunda, la primera no tenia en su casa pero en su trabajo perdía mucho tiempo en ella y sea lo que fuera lo que hubiera en los discos el asesino estaba tratando de deshacerse de ellos. Sánchez se sentía cerca del criminal, sólo había que revisar el disco duro de la computadora de la segunda victima y entonces lo tendría.
Sanchez dejó las fotos de los brazos y las piernas desmembrados de la segunda victima sobre su escritorio y se dispuso a salir. “Tengo que ir a ver a ese cura”, se dijo.
Bajó casi volando las escaleras y se dirigió al estacionamiento que se encontraba en el sótano del edificio, Por algún motivo el alumbrado fallaba, algunas lámparas parpadeaban y otras no encendían.
—¡Y ahora donde carajos quedó mi auto! —gritó.
Escuchó el eco de su grito rebotar en el lugar, había más silencio que en un cementerio. Caminó hacia la parte trasera en busca del auto, sus pasos se escuchaban por todo el estacionamiento, pero de pronto escuchó más pasos detrás de él. Volteó, pero no vio a nadie.
—¿Hay alguien ahí? — volvió a gritar.
Siguió caminando, ahora un poco más rápido, hasta que pudo ver su auto al fondo. Detrás de él, alguien se acercaba. Buscó las llaves dentro de los bolsillos del pantalón, las sacó de inmediato y corrió hacia su auto sin voltear. Abrió la puerta y cerró con fuerza. El motor no arrancó enseguida, al siguiente intento, el motor encendió dando un rugido que retumbó en todo el lugar. Encendió las luces y el lugar se iluminó casi por completo.
Miraba atento para ver quien lo seguía, pero no vio a nadie. Puso a andar su auto y se dirigió a la salida. Por el espejo retrovisor le pareció ver una sombra y frenó de golpe, su corazón le latía a mil por hora. Salió del auto y desenfundó su pistola.
— ¡Alto ahí o le vuelo la cabeza! —gritó —apuntó a la oscuridad, pero de nuevo no halló a nadie. Sólo alcanzaba a escuchar sus propios latidos y el ruido del motor.
Se quedó parado por un momento, respiraba con dificultad. Hasta que pudo recuperar el aliento guardó el arma.
“Debo de estar quedando loco”, pensó cuando subía al auto y arrancaba de nuevo.
Mientras, en la oscuridad se deslizaba una sombra dentro de otro auto y después de un rato también abandonó el lugar.
El camino hacia la iglesia no era muy largo, pero con el tráfico de la ciudad por lo menos tardaría quince minutos. Encendió la radio y buscó alguna estación que le agradara, después de sintonizar dos estaciones, una de música clásica y otra de música electrónica, decidió apagarla mejor. Abrió la guantera y sacó una cinta con una etiqueta que decía “METAL DE LOS OCHENTAS” y lo puso a tocar.
“¡Esta si es música!”, dijo y le subió el volumen.
La Iglesia del Sagrado Corazón, le traía malos recuerdos, aún recordaba que de niño y aún a principios de su adolescencia, su madre lo obligaba asistir a misa. Como aborrecía la confesión, pero lo que más odiaba era el lugar en si, la iglesia era viejísima, a la hora que fuera, lucía muy oscura. Al final cerca del altar se hallaba un féretro de cristal, donde yacía un Cristo de tamaño natural, ensangrentado, con una corona de espinas real que durante las fiestas del patrono de la ciudad sacaban para pasearlo por las calles. La gente se arremolinaba para poder besarlo o tocarlo, gente venía de lugares muy lejanos para poder tener esa dicha, para obtener un milagro.
El Padre Vicente tenía en esa iglesia, por lo menos treinta años y tampoco le traía buenos recuerdos, de aspecto rudo y carácter fuerte el sacerdote era respetado por toda la ciudad. Tenía fama de muy caritativo, de ser un trabajador incansable. Era muy querido y solicitado. Sobre todo por las mujeres que lo encontraban atractivo. A pesar de sus sesenta años lucía fuerte y eso se lo debía al gusto por el ejercicio. Pero siempre le tuvo miedo y nunca le perdonó el que lo obligara a besar al Cristo ensangrentado, que parecía tan real que todavía se le aparecía en sus pesadillas.
Se encontraba en medio de toda esa gente que lo empujaba y apretaba, sentía que se asfixiaba, gritaba pidiendo ayuda; volteaba a ver hacia el Cristo que lo miraba y luego le tendía su mano ensangrentada, pero las personas lo seguían apretando hasta que no podía más y lo soltaba. Despertaba gritando o llorando.
“Era como besar a un muerto”, le contó alguna vez a su madre.
Por fin llegó a la iglesia y se estacionó cerca del enorme atrio. La puerta de madera era grandísima, reforzada con adornos de hierro. A Sánchez le parecía más bien que era la entrada de una prisión medieval. Dio un paso hacia adentro y de inmediato se oscureció. Miles de velas a los pies de las imágenes sagradas del lugar, eran la única iluminación. El olor a viejo le llenó las fosas nasales y no evitó estornudar.
Sin querer apagó unas velas que apenas si iluminaban a San Judas Tadeo y el eco de su estornudo se escuchó hasta el ultimo rincón. Recordó los días que iba a pedirle que lo ayudara a encontrar al asesino de su padre, aunque después le agradeció que no lo hubiera hecho. Casi al fondo, unas señoras vestidas de negro hacían fila para confesarse y hasta el final estaba la puerta que conducía a las oficinas del Padre Vicente.
Al lado de la puerta se hallaba sobre un altar, el féretro del Cristo que tanto miedo le daba en su niñez. Las escaleras estaban forradas con alfombra color rojo. En cada esquina había un florero, con tantas flores que mezcladas con el olor a humedad podían olerse hasta la entrada. Dos grandes velas eléctricas iluminaban el rostro ensangrentado, sintió como se erizaba el pelo de su nuca.
Caminó hasta la oficina, llamó tres veces y esperó a que le contestaran, no escuchó ninguna respuesta. Volvió a llamar, esta vez con mayor fuerza.
—Padre, soy el Teniente Sanchez, vengo a hablar con usted— gritó.
Un silencio sepulcral inundó la iglesia, todos voltearon a ver a Sánchez que tenía el puño levantado para volver a tocar la puerta.
—¿Alguien sabe si se encuentra el Padre Vicente? —le dijo a la gente que lo miraba con temor.
Pero nadie contestó, sólo una mujer asintió con la cabeza por lo que volvió a tocar, otra vez no obtuvo respuesta. Se alejó un poco y con todas sus fuerzas pateó la puerta para abrirla. El Padre Vicente si se encontraba en su oficina, pero no estaba vivo.

domingo, noviembre 05, 2006

La Criatura (Escrita a cuatro manos con mi hijo Erath Juárez Estrella)


Cuando le atravesó el corazón con sus propias manos, sintió el calor de su sangre que salió a borbotones. Bebió hasta que no quedó ni una sola gota . Se sentía embriagado de tanto beber que le dolía la cabeza.
***
Al salir de casa acompañado de Amanda, sentió una punzada en el corazón, fue una sensación de preocupación, de advertencia, que no tenia que salir para hacer ese viaje, pero al final, el deseo de pasar unos días con su novia, pudo más que esa sensación.
Era miércoles por la tarde, casi las cinco de la tarde, un día nublado y frío. Había tal soledad en la carretera, que podía oirse hasta el canto de las aves. No había nada interesante a los alrededores, solo kilómetros y más kilómetros de asfalto.
—¿Cuánto falta? —dijo Samuel.
—Ya falta poco —contestó Amanda— , aunque sabía que faltaban por lo menos cinco horas— tu sigue por este camino, yo te aviso cuando estemos cerca.
Después de un rato, Samuel vió en el camino algo que lo dejó intrigado. Era una camioneta que se había volcado, al lado de ella, habían dos cuerpos. Uno a simple vista sin vida y el otro con la ropa llena de sangre. La persona agitaba los brazos desesperado, como pidiendo auxilio. Samuel bajó lo más rápido que pudo para auxiliarlo. Al acercarse, se dio cuenta de que el cuerpo del hombre, parecía estar desgarrado y lleno de cicatrices en la cara. Sus uñas largas y filosas, tenían pedazos de carne colgándole. Samuel gritó, no podía creer lo que veía. Se quedó parado unos segundos sin saber que hacer, entonces la “criatura” reaccionó y le dio un zarpazo que le rasgó el pecho. La sangre emanó con fuerza, manchándole su playera. Como pudo, a rastras regresó al auto.
—¿Qué te pasó? —gritó Amanda.
Samuel no podía articular ni una palabra, trató de arrancar el coche, pero este no respondía. No podía creer, que después de todo lo que había recorrido, en el momento que más lo necesitaba, estaba descompuesto. Después de varios intentos infructuosos, el auto no encendió. Amanda gritaba desesperada.
—¡Cálmate! — gritó Samuel, pero ella no lo escuchaba.
El sonido que hacía la “criatura” con las uñas al rasgar la puerta, casi los deja sordos. Samuel comprendió entonces, que si lograba desprender la puerta, los mataría. Pero Amanda era lo que más le importaba en la vida, así que la defendería.
—¡Sal del auto! —gritó Samuel— ¡Corre!
Ella salió lo más rápido que pudo y se adentró en el bosque. Samuel confiaba en que encontraría el pueblo a donde se dirigían y buscaría ayuda. Mientras la observaba alejarse, la “criatura” arrancó la puerta. Samuel, supo que moriría, sólo era cuestión de segundos. Sintió como lo sacaban del automóvil y empezaban a cortarle el cuerpo. Le atravezaron el corazón. Lo único que pudo hacer, fue ver como bebían su sangre.
***
Por fin saciado, siguió los rastros que dejó Amanda. Corrió entre los árboles, perseguía el aroma de la muchacha. Los arbustos rasgaron su piel, pero no sentía dolor alguno. Ella estaba cerca, lo percibía en el aire. Cruzó un pequeño arroyo y halló unas huellas. Siguió hasta llegar a un claro en el bosque, donde estaba esperándolo.
—¿Por qué tardaste tanto? —dijo Amanda.
—No pensé que se defendiera tanto —sonrió burlón.
—A la próxima, tu me traes a la presa y yo la cazo —le susurró al oído y le lamió los restos de sangre salpicados en la mejilla.

Cuento Publicado.

En esta ocasión me publicaron "La cueva". Fue en el Portal de Forjadores junto a otros autores, en una muy bella antología que recomiendo a todos.

Lo pueden encontrar aqui: http://www.forjadores.net

domingo, octubre 01, 2006

Nuevo cuento publicado.

Me acaban de publicar un nuevo cuento. Se llama "Descepciones". Nuevamente en NGC3660.

Tengo un poco mas de un año escribiendo y me llena de alegría los logros que he alcanzado. Mi meta es seguir escribiendo, quizá en un futuro lejano, ganar un concurso. Por lo pronto a seguir aprendiendo.

Les dejo el link para que lean el cuento. Un poco de terror y CF en la época de los piratas. Un poco influenciado por "The mummy", espero lo disfruten.

Decepciones por Erath J.H.

domingo, septiembre 24, 2006

Niña de mis ojos.



I
Pascual respiró hondo después de recorrer y perderse en aquel laberinto de calles y un mar de gente. Por fin ante sus ojos, estaba el lugar donde mes con mes tenía su cita con la “Niña de sus ojos”. Esta vez no venía a pedirle su protección, si no a rogarle por su vida.
El peligroso barrio de Tepito. Muy pocos valientes se adentran en sus calles. Ahí, donde lo legal e ilegal convive día tras día, pero que en cada inicio de mes, se abre una tregua entre los cárteles de droga y las bandas armadas. Era un día muy concurrido, se celebraba la misa en honor a la Santa Muerte.
Pascual entró al lugar, caminando como si se dirigiera al patíbulo. Una nube de incienso y de fumarolas inundó sus fosas nasales. Percibe en el ambiente el olor característico de la marihuana. Desliza la mano dentro de su bolsillo y siente los cigarrillos que había preparado para la ocasión. Uno para él y otro para la Niña Blanca.
El ambiente era de fiesta. Había atole y comida para los asistentes. El mariachi no paraba de rasgar las cuerdas de la guitarra. Al fondo se encontraba el altar de la Señora atestado de regalos y ofrendas. Pascual se hincó delante de él y miró hacia las cuencas vacías de la protectora. Su maléfica sonrisa—que a cualquiera le inspiraría terror—, a él le parecía lo más hermoso del mundo. Su mandíbula entreabierta parecía decirle “Se bienvenido hijo mío”.
Muerte querida de mi corazón, no me desampares de tu protección, empezó a rezar Pascual.
Parecía estar en trance, con la mirada fija en la Santa Muerte. Se puso de pie y le colocó el cigarrillo de marihuana que con tanta devoción había preparado y lo encendió. Miró como danzaba el humo entre la cabellera de la peluca natural de la efigie. Sus pensamientos ahora se remontaban a la noche anterior, cuando había hecho su último trabajo.
II
Al tomar la fotografía de la que sería su siguiente blanco, estuvo a punto de echarse para atrás. Nunca había asesinado a una mujer y menos así de bella. Estuvo mirándola por largo rato. Su contratante, un señor bien vestido con remarcable sobrepeso, lo miraba ansioso esperando una respuesta. Era Pedro Méndez, comerciante de ropa china de contrabando y traficante de drogas.
—¿Qué pasó Pascual, la conoces?—preguntó sonriente.
—No, nunca la había visto.
—¿No quieres el trabajo?
—Mire Don, yo nunca me he detenido para matar a nadie, pero es que hasta ahora no me he quebrado a nadie así de buena—contestó.
—No te dejes llevar por las apariencias Pascualito. Esta mujer que parece un angelito, es el mismísimo demonio. Si te he encargado que seas tú quien la mate es por que sé que no te andas con miramientos. Supe que mataste a tu propio padre ¿O no es así?
—No me mencione a ese hijo de puta, ese pedazo de mierda se lo merecía—dijo molesto— ¿Qué le hizo este culito que la quiere matar?—añadió Pascual sin dejar de ver la fotografía.
—¿Desde cuándo te interesas en tus victimas?—dijo enojado su contratante— Si no quieres hacer el trabajo dímelo. Aunque estoy dispuesto a pagarte el doble de lo que cobras.
Pascual se quedó mirando a la muchacha unos segundos más, grabó en su mente cada detalle. Le regresó la fotografía al gordo que lo miraba con ansiedad. Se quedó callado y después con una gran sonrisa en los labios le dijo.
—Órale, sólo por que me cae bien gordito, dígame ¿Dónde encuentro a esa muñeca?
—A ella la encuentras trabajando en uno de los “table dance” de la Zona Rosa ¿Conoces el Bar “Katmandú”?
—No ni madres. Esos lugares los conozco sólo de pasadita. Veré cómo le hago. Necesito que me dé la mitad de la lana ahora. Esa morrita merece un trabajo especial. Por primera vez usaré pistola, pero necesito comprarme una—dijo Pascual.
A Don Pedro le pareció bastante extraño, pero no dijo nada. Sacó de su cartera y le dio un fajo de billetes de quinientos pesos. Pascual casi le arranca los billetes, salió corriendo como alma que lleva el diablo. Lo vio alejarse, estaba seguro que no le fallaría.
III
Pascual era conocido por nunca haber usado una bala para matar a sus victimas. Sólo le bastaban su cuchillo y las manos. Era rápido y certero como un águila. Prefería acuchillarlos en los pulmones y verlos morir poco a poco. “Nos vemos en el infierno” les susurraba al oído mientras agonizaban.
A pesar de no tener mucho tiempo en el oficio, su reputación como asesino a sueldo subía como la espuma. Gracias a que él mismo, eliminó a la poca competencia que tenía, ganó tantos clientes que muchas veces tenía que hacer más de dos trabajos por noche.
Asesinos de su clase eran pocos, de hecho pertenecía a una nueva generación de matones. Protectores de importantes capos de la droga. Él empezó a trabajar por su cuenta desde que acribillaron a su “jefe” durante un cateo policiaco.
***
El que fuera su patrón, o su “descubridor”, lo halló en medio de un charco de sangre mientras acuchillaba a un hombre que resultó ser su padre. Lo llevó a trabajar con él, le enseñó el difícil arte de matar. Pascual se convirtió en su guardaespaldas, aunque él lo veía más como a un padre que como a un patrón.
IV
Ya entrada la noche Pascual abordó el metro que lo llevaría al otro lado de la ciudad. El vagón, estaba semivacío. Una parejita al final y una monja que no lo dejaba de mirar eran los únicos viajeros. Se sentó cerca de la puerta. Sintió la pistola que llevaba ajustada bajo su axila. Conseguirla no fue ningún problema, se la compró a un ex policía que vivía cerca de su casa.
Tardaría por lo menos treinta minutos en llegar a su destino. Sacó el dije de oro con la figura de la Muerte que colgaba de su cuello y lo besó. Cerró los ojos e intentó dormirse por un rato, No dejes que falle mi niña, pensó.
Las imágenes de su padre golpeando a su madre y después abusando sexualmente de él se confunden con las escenas de sus crímenes. Caras de terror, cuerpos sangrantes, niños que lloran por sus padres. Veía siempre a la “Niña Blanca” llevándose a su madre de la mano. El intenta arrebatársela, pero la muerte la sujeta con fuerza, voltea mostrándole sus dientes blancos y con un movimiento rápido le lanza una mordida hacia el cuello.
Despertó gritando, bañado en sudor. La monja lo sujetaba de los hombros. Pascual, por un instante vio en ella el rostro de la Muerte burlándose de él.
— ¿Te encuentras bien hijo?—preguntó con aire alarmado, pero al ver la muerte de oro que brillaba en su pecho lo soltó de inmediato, santiguándose.
— ¡No me toque!—gritó Pascual con el rostro temeroso.
Empujó a la confundida religiosa que cayó de bruces al suelo del vagón. El metro se detuvo por completo. Pascual, corrió hacia las escaleras que desembocaban a la calle, no hizo caso de los gritos de la religiosa. Cuando estuvo lo más lejos posible de la estación, Pascual se detuvo a descansar. Por suerte se había bajado cerca de la parada.
Cruzó un parque abandonado. De reojo vio a varios jóvenes que se drogaban con solventes. Sólo la luz de la luna iluminaba el triste lugar. Vio unos columpios y resbaladillas llenos de óxido. No resistió las ganas de columpiarse por unos minutos. Sacó la pistola para afinar los últimos detalles. Que nunca hubiera matado con una pistola no significaba que no supiera usarla. Fue en ese momento, que decidió que sería su último trabajo. Se iría muy lejos e intentaría hacer una vida normal. Quizá y hasta formaría una familia.
V
Se bajó del columpio y emprendió el camino que le quedaba para llegar al tugurio. Sabía que iba ser difícil entrar por la puerta principal. Corriendo se internó en la parte posterior del bar y encontró la puerta de servicio.
“Muerte de mi corazón, dame la fuerza para aniquilar a mi enemigo, permíteme que éste sea mi último trabajo, te estaré agradecido por toda la eternidad”, dijo mientras empujaba la puerta.
Varias bailarinas semidesnudas se sorprendieron al verlo, otras lo ignoraron por completo. Frente a un espejo se encontraba su blanco. La fotografía que había visto no le hacía justicia, por un momento se quedó hipnotizado. Se acercó poco a poco hasta tenerla enfrente.
Ella lo miró directamente a los ojos. Se quedó sentada, resignada mientras se acercaba con pasos decididos.
—Te envía mi padre ¿Verdad?—le dijo.
—¿Tu padre? ¿Ese cerdo es tu padre?—Ya sabía que conmigo no se ensuciaría las manos, para eso tiene a sus matones.
—¿Cómo sabes que vengo a matarte?—interrumpió Pascual.
—Anoche en mis sueños se apareció la Muerte para advertírmelo.
Pascual se quedó quieto por unos segundos. Dudó, pero en ese instante ya no veía la cara de la mujer, si no la de su padre.
— ¿Qué esperas?—interrogó a bocajarro.
Los ojos de ella se abrieron al máximo cuando lo vio sacar el arma. Pascual le puso la pistola en la nuca y le voló los sesos.
El camerino se convirtió en un caos, mujeres desnudas corriendo por todos lados, gritos de pánico. La chica yacía con el rostro destrozado sobre el espejo salpicado de sangre.
Pascual no se movía, su mirada estaba clavada en la espalda de la chica, no podía creer lo que acababa de hacer. En la espalda de la muchacha el tatuaje de la Santa Muerte salpicada de sangre y pedazos de cráneo le sonreía burlón. Salió huyendo de ahí, aunque sabía muy bien que no habría lugar en el mundo donde esconderse de la Niña de sus ojos.
VI
Había violado un código no escrito, el de no matar a otro adorador de la Santa Muerte. Sólo le quedaba suplicar perdón, aunque sabía que no había vuelta de hoja, no le quedaba más que esperar su destino.
Tres cuadras más adelante, encontró un teléfono público. Sacó la tarjeta con el número del celular de Don Pedro, sus dedos temblaban, tuvo que intentarlo varias veces, por fin se escuchó del otro lado de la línea.
— ¿Sí, diga?
—El trabajo ya está hecho ¿Dónde lo veo para que pague lo que me debe?
— ¿No es muy tarde?
—No me queda mucho tiempo, me largo de la ciudad.
— ¿Mu… murió rápido?
—Dígame dónde nos vemos y le cuento lo que pasó, necesito hablar con usted ahora.
Don Pedro se quedó callado, después de varios segundos le dijo que lo esperara en la Plaza Garibaldi. Pascual paró un taxi y se dirigió hacia allá.
VII
Don Pedro tenía un nudo en la garganta, este asunto de su hija se le había ido de las manos. Cuando se enteró que estaba sumergida en las drogas hizo todo para ayudarla, pero ella ya no tenía remedio. Luego escuchó que se prostituía y bailaba desnuda en voz de uno de sus mejores amigos, fue la gota que colmó el vaso. Habló con ella, intentó hacerla razonar, pero ella fue muy clara cuando le dijo: “Sólo muerta me sacas de aquí”.
Ya estaba harto del asunto, le pagaría a Pascual e intentaría olvidar por siempre a su hija. Se vistió y salió en su auto hacía Garibaldi.
Cuando llegó Pascual ya lo esperaba sentado en una banca. Detrás de él, varios mariachis afinaban sus instrumentos. Don Pedro se acercó con cuidado con una bolsa de plástico en la mano.
— ¿Es el dinero?—le dijo Pascual.
—Tómalo y dime rápido para qué me querías con tanta urgencia.
— ¿Por qué no me dijo que era su hija? ¿Por qué mierda no me contó lo del tatuaje?
— ¿Cuál tatuaje?
—No se haga, usted lo sabía y no me lo advirtió—gritó Pascual.
—Te juro que no sé nada. Pascualito cálmate.
Don Pedro no tenía la menor idea a que se refería, sintió una fuerte punzada en su espalda y empezó a faltarle el aire. Su rostro empezó a amoratarse, sus ojos se nublaron, sintió varias punzadas más. Cayó al suelo retorciéndose en su propia sangre, vio alejarse a Pascual. El mariachi seguía tocando “El Rey”.
VIII
Pascual prendió su cigarro de marihuana, le dio un jalón profundo hasta sentir que se le llenaban los pulmones y se le quemaba la garganta, tosió un poco, se puso de pie y se acercó para decirle a la Niña al oído mientras la abrazaba.
—Perdóname…
La efigie de la Muerte empezó a moverse, levantó el brazo huesudo para abrazarlo con ternura, las cuencas vacías parecían mirarlo a los ojos. Se abrió su boca para decirle:
—No temas mi niño, estás perdonado.
La gente alrededor, al ver la escena, gritó presa del terror, la capilla se llenó de olor a pólvora. Charcos de sangre, alaridos y llanto.
Noticia de última hora: “Seis personas mueren ejecutadas de manera brutal y varios individuos más, se encuentran heridas en el barrio de Tepito de esta ciudad, tras un ajuste de cuentas en una capilla donde se rinde culto a la Santa Muerte. Un comando armado disparó a quemarropa a los asistentes, una de las victimas fue encontrada abrazada de la efigie de la llamada Niña Blanca. Como pueden ver en la imagen es un niño que no debe rebasar los trece años de edad, las autoridades siguen investigando. Pasando a otra noticia, se informa que…”