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Día 12 : El filme más perturbador que hayas visto.













La consternación de Pedro era por demás obvia. Sudaba a cántaros. El pulso lo tenía aceleradísimo ¿Cómo pudo cometer ese error tan grave? Lo tenía todo bien planeado. Había estudiado a Perla días enteros. Sabía todos sus movimientos, las entradas y salidas a su casa. A que hora se bañaba, que ropa se pondría. Todo, la conocía más que así mismo.
Ella tenía que pagarle. Se lo advirtió. Aún no podía creer que anduviera por ahí, como si no hubiera pasado nada. Pero había llegado la hora de cobrarse todas las humillaciones. Aún recuerda cuando delante de mucha gente, le gritó que no era más que un gusano, que dejara de molestarla. Cuando le envió un precioso ramo de flores y ella sin siquiera olerlas, las tiró al basurero.
Esa noche aprovechó que había dejado una ventana abierta para escabullirse en su recámara. Se escondió en la oscuridad de su departamento a esperarla, no tardaría mucho tiempo. Faltaba poco para que llegara de su trabajo. Mientras tanto, contaba cada segundo. Escudriñaba cada rincón de aquél impecable cuarto decorado a la italiana. Se puso unos guantes de látex con mucho cuidado. Sacó el cuchillo que había afilado toda la tarde y se acomodó dentro del closet en espera que ella acudiera a su cita con la muerte.
Ella llegó puntual, a la hora de siempre, como había previsto Pedro. Perla, se tomaría un baño antes de acostarse como era su costumbre. El, disfrutaría verla por última vez. Abrió un poco la puerta para poderla espiar.
Perla se desnudó con mucho cuidado, como en cámara lenta. Primero la blusa roja de seda, la falda negra, el sostén rojo que hacía juego con la brevísima tanga de seda. Pedro, escondido admiró por última vez aquellos senos por los que había perdido la cabeza. No soportó más, ahora la odiaba y tenía que morir.
Se abalanzó sobre la mujer que se vio sorprendida, desnuda e indefensa ante el filoso y frío cuchillo de su atacante. Pedro, le asestó veintisiete cuchilladas. Las últimos diez por la espalda cuando quiso huir. Cuando vio tendida a su presa sobre el piso, se quitó un guante para acariciar con fuerza y desesperación los pechos de la pobre mujer cuyos pezones sanguinolentos apuntaban hacia el techo.
Después de saciar su sed de sangre y de lujuria entró al baño a lavarse. Se quitó la ropa empapada y sacó una nueva muda de ropa. La mojada la guardó en una bolsa de plástico que más tarde tiraría a la basura. Se vistió de nuevo lo más rápido posible y abandonó el lugar dirigiéndose a la estación del tren. Fue cuando se dio cuenta. Había olvidado un guante ¿O se le cayó cuando manoseó lascivamente a su victima? ¿Cuando volvió a salir por la ventana? Ya no recordaba.
Tenía que regresar por él. Sabía que tarde o temprano la policía encontraría huellas digitales donde hubiera tocado su mano desnuda (los pechos de la infortunada para empezar). Se puso a temblar de la desesperación. De sólo de pensar que tendría que volver al sitio del crimen a borrar toda la evidencia y encontrarse con el cadáver de nuevo. Lo más seguro era que estuviera en medio de un gran charco de sangre. Dejaría más huellas.
Mientras volvía al sitio del crimen, pasaban por su mente cada gesto, los rictus de dolor. El sonido de la carne cada vez que se hundía su cuchillo. Los gritos de súplica. Estos pensamientos lo calmaron por un momento. El dulce sabor de la venganza no era tan malo después de todo. Sólo tendría que recoger el guante, borrar sus rastros y regresar a la estación.
Se deslizó de nuevo por la ventana. Se puso el guante que le quedaba y entró a la recámara. No encontró ni el guante ni el cadáver. Volteó a su derecha y en el reflejo del espejo se encontraba Perla. Su cuerpo lleno de heridas. Bañada en sangre.
—¿Olvidaste algo?—le dijo con una sonrisa grotesca.
Al otro día los encontraron. A él con los ojos en blanco, el rostro pálido. Se había tragado su propia lengua. Nadie supo lo que en realidad pasó esa noche. Había dos cadáveres, cada uno sosteniendo un guante.

La primera noche me dormí sobre la arena, a mil millas de cualquier lugar habitado o deshabitado. Estaba realmente más aislado que un náufrago sobre una balsa en medio del océano. Se imaginan entonces mi sorpresa, al amanecer, cuando una extraña vocecita me despertó. Decía:
— Por favor... ¡dibújame un cerebro!
— ¡Eh!
— Dibújame un cerebro...
Me paré de un salto, como si hubiera sido alcanzado por un rayo. Me froté bien los ojos. Miré bien. Y vi un extraordinario hombrecito que me examinaba con seriedad, los ojos inyectados de sangre, como todos los infectados, su ropaje sucio y ensangrentado, su espada con sangre fresca. Más allá un camello destazado. He aquí el mejor retrato que pude luego hacer de él.
Pero mi dibujo, sin duda, es mucho menos espeluznante que el modelo. No es mi culpa. Había sido desalentado en mi carrera de pintor por las personas mayores, a la edad de seis años, y no había aprendido a dibujar más que las boas cerradas y las boas abiertas.
Miré entonces esta aparición con los ojos bien abiertos por la sorpresa. No olviden que me encontraba a mil millas de cualquier lugar infectado. Sin embargo mi hombrecito no me parecía ni perdido, ni muerto de cansancio, ni muerto de hambre, ni muerto de sed, ni muerto de miedo. Más bien su cuerpo estaba muerto, pero su hambre por infectar a más, lo mantenía de pie. Cuando logré finalmente hablar, le dije:
— Pero... ¿qué haces acá? ¿Cómo es que puedes hablar?
(Generalmente la enfermedad dejaba inservible al cerebro)
Y entonces me repitió, muy dulcemente, como una cosa muy seria, la voz rasposa, seguramente por las cuerdas vocales supurantes:
— Por favor... dibújame un cerebro...
Cuando el misterio es demasiado impresionante, no es posible desobedecer. Por absurdo que me pareciese a mil millas de todos los lugares y en peligro de muerte, saqué de mi bolsillo una hoja de papel y una pluma. Pero entonces recordé que había estudiado sobre todo geografía, historia, matemática y gramática y le dije al hombrecito (cagándome de miedo) que no sabía dibujar. Me respondió:
— No importa. Dibújame un cerebro.
Como yo nunca había dibujado un cerebro, rehice para él uno de los dos únicos dibujos que sabía: el de la boa cerrada. Y quedé estupefacto al escuchar al hombrecito responderme:
— ¡No! ¡No! No quiero un elefante dentro de una boa. Una boa es muy peligrosa, y un elefante es muy voluminoso. Mi estómago es pequeño. Necesito un cerebro. Dibújame un cerebro.
Entonces dibujé.
Miró con atención, y luego:
— ¡No! Éste está ya muy enfermo. Hazme otro.
Yo dibujé:
Mi amigo sonrió amablemente, con indulgencia:
— Fíjate bien... no es un cerebro, es un intestino grueso. Tiene esas bolas, parece que tiene indigestión...
Rehice entonces nuevamente mi dibujo:
Pero fue rechazado, como los anteriores:
— Este es demasiado viejo. Quiero un cerebro que dure mucho tiempo. Que calme mi hambre. Uno como del tamaño del tuyo.
Acercó su mano putrefacta a la espada y empezó a acercarse más a mí.
Entonces, en mi mente lo último en lo que quería pensar era en desarmar mi motor, lo único que deseaba era salir corriendo de ahí, o por lo menos alcanzar mi arma y volarle la cabeza, garabateé otro dibujo.
Y le espeté:
— Ésta es la caja. El cerebro que quieres está adentro.
Pero me sorprendí mucho al ver que se iluminaba el rostro de mi joven juez:
— ¡Es exactamente así que lo quería! ¿Crees que este cerebro necesite refrigerarse?
— ¿Por qué?
— Porque me gustan frescos...
— Seguramente te alcanzará para varios días Te di un cerebro grande y suculento.
Inclinó la cabeza hacia el dibujo:
— Ni tan suculento... ¡Mira! Se esta empezando a descomponer...
Y cuando examinaba con más detenimiento el dibujo, rodeé la avioneta y alcancé mi arma.
Y fue así como le volé la tapa de los sesos al hombrecito. Lo que me recuerda que jamás debo separarme de mi rifle. Ni por un momento…