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martes, febrero 19, 2019

Cuento.

Vi una pequeña convocatoria, un concurso de mini relato. La idea era hacer un cuento con el título de un relato famoso con una idea totalmente diferente en mi caso fue "El llano en llamas". No gané, pero me gustó como quedó. Necesita pulirse eso sí. Pero lo dejo aquí para que no se me pierda. Además hay que darle vida a este blog que tiene 3 años sin nada de nada. Espero no sea el único post del 2019.  Espero les guste.

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Me han comentado que mejor lo mande a otro lado. Probaré suerte. Si no pasa nada vuelvo a subirlo por acá.

domingo, noviembre 15, 2015

Hanal Pixan

Hanal Pixan fue escrito especialmente para el concurso de cuentos de terror convocado por Horror Hispano en 2009. Recuerdo que la convocatoria cerraba a las 12 AM hora de España y yo tenía apenas cuarenta y cinco minutos para enviarlo. Sin una sola idea, recurrí a uno de mis recursos cuando tengo la mente en blanco. Abro el windows media player y la primera canción seleccionada al azar es la elegida para buscar una idea ya sea en el título o en la letra. "Are you dead yet?" del grupo Children´s of Bodom retumbó en las bocinas y yo empecé a teclear lo que al final resultó como "¿Y no murió así? que luego cambió a "Hanal Pixan" a sugerencia de un buen amigo que leyó el cuento justo cuando quedaban quince minutos para el cierre. Al final gané ese concurso.
Años más tarde, buscando sitios o revistas que pagaran por historias (tengo seis hijos que mantener), no hallé ninguna en español, pero en Estados Unidos si hay un buen mercado, encontré la revista electrónica "One Buck Horror", que pagaba más o menos bien. Yo hablo y entiendo bien el inglés, pero para escribirlo soy muy malo, así que pensar una nueva historia para luego traducirla y con el poco tiempo que tengo para hacerlo era un sueño casi imposible. Busqué entre mis cuentos y entonces entre los que cumplían el limite de palabras, ya que la revista se especializa en ficción de terror breve, me decidí por "Hanal Pixan" que no me costó  mucho trabajo traducir y que luego más tarde mi hermano me ayudó a pulir. El cuento fue aceptado y publicado en el número cuatro de la serie con buenas críticas (se puede comprar la revista en Amazon.com).

Los últimos años he empezado a incursionar en el guionismo y esta historia que tanto ha gustado me pareció que se podía ambientar en un cortometraje. Una productora en la ciudad de México se interesó, pero necesitaba que hubiera menos personajes, al final ya no hubo interés en él. Este año me encontré con una convocatoria que ya casi estaba por cerrar, era una convocatoria de cortometrajes en la ciudad de Cancún y con el tema de la muerte. Lo envié y fue seleccionado para ser filmado junto con cuatro guiones más para ser parte de la película "El día de tu muerte". La filmación fue aquí en la isla de Cozumel y el reto era que serían filmados en un solo día. Fue proyectada el pasado 7 de Noviembre.

 El resultado fue bueno, me gustó, pero ni el director ni la productora estuvieron muy contentos con el resultado y coincido con ellos, a lo mejor con un poco más de tiempo para ensayar para los actores y para rodar, el corto hubiera sido mejor. Aún así me siento muy orgulloso de esta historía que escribí en media hora, hace ya seis años.

miércoles, junio 05, 2013

Cuento publicado.

Había olvidado que la Revista Digital Penumbria publicó mi cuento "Los ángeles no vuelan". Por poco y no logro mandarlo a consideración pues hubo un apagón por mi casa el día de cierre. Por suerte fui aceptado. El cuento que no es muy largo se gestó por un mes o más en mi cabeza. Espero que los que lo hayan leído lo disfruten. La revista es de excelente calidad y además es mexicana,  lo que me llena de orgullo. Bajenla en el siguiente link: http://issuu.com/penumbria/docs/penumbria___diez/1?e=0/2251701

domingo, mayo 27, 2012

La séptima trompeta.


Se fueron escuchando alrededor del mundo, pero le encontraron explicación científica de inmediato. Se oían las trompetas anunciando el apocalipsis y la gente fingía sordera, no ver las señales que mostraban que las cicatrices del mundo empezaban a abrirse, a desangrarse, a caerse a pedazos. La gangrena humana supuraba sus excrecencias pestilentes y cuando la séptima trompeta fue escuchada, ya era demasiado tarde.
            La llegada del Reino, buenas noticias, pero dependiendo de qué lado de la humanidad te encontrabas. Cuando los ángeles descendieron y se posaron sobre los edificios como cuervos rondando los maizales, muchos murieron ahí mismo, fulminados por el pánico, el miedo al juicio que no lucía ser el que todos esperaban. Muchos religiosos salieron de sus iglesias,  perseguidos por sus propios demonios, se quemaban vivos y se apilaban como leños en las plazas principales.
            El otro lado, el de aquellos que no se sentían tan culpables, pero que sabían que serían juzgados, esperaban impacientes que se abriera el cielo y descendiera el Rey que pregonaban las escrituras. En lugar de eso la tierra tembló desde adentro y de todos los camposantos emergieron los muertos.
            No eran los zombis que se veían en las películas ni los que se veían en las historietas o se describían en las novelas. Cuerpos, sólo cuerpos desnudos,  como recipientes sin nada adentro, los ojos en blanco, reuniéndose en filas enormes hacia el zócalo, como si un importante político les fuera a entregar las llaves del cielo. No les importaba nada, ni siquiera se detenían cuando le pasaban por encima a la gente. Muchos de ellos terminaron aplastados debajo de las llantas de los que intentaban o creían que podrían huir.
            Cuando las calles se llenaron, las azoteas y los edificios altos también lo hicieron y entonces la luz sobre la tierra desapareció. Una luna llena teñida de sangre suplantó al sol y mucha gente más no soportó la impresión y los que no sucumbieron empezaron a lanzarse de los rascacielos, como si del cielo fuera a aparecer una mano salvadora que los posara como plumas de ave sobre el pavimento. Todo lo contrario, esparcieron las calles con su sangre y vísceras.
            Las sombras de los ángeles se proyectaban sobre la gente, pero permanecían inmóviles como gárgolas de  piedra con las miradas perdidas hacia el cielo rojizo. Esperaban la señal. Y cuando el silencio se hizo tan grande que dolían hasta los poros de todo el cuerpo, las estrellas empezaron a caer y detrás de ellos los ángeles del señor blandiendo sus espadas. El juicio final se convirtió en un tsunami de sangre que arrasaba las ciudades. Y los que quedaron en pie fueron succionados por una especie de tornado luminoso que los proyectaba hacia cielo. Unos cuantos que se arrastraban como gusanos quedaron en la tierra. Sus quejidos se escuchaban por todos los rincones. Era imposible no sentir lástima por los que ahora son los herederos y que pronto serán sobre los que yo reine para siempre.
            ¿Qué por qué sé todo esto? Porque fui traído a las alturas para presenciarlo. Soy testigo de Jehová. De la ira de Jehová.

            Yo soy Satanás y desde ahora, este será el nuevo infierno

sábado, marzo 31, 2012

Quizás...


—Te puedo dar un quizás definitivo —dijo ella.
Raúl la miró sin saber que decir o hacer. Se estaría haciendo la graciosa o qué. Odiaba que le dieran vueltas al asunto, era un sí o no. O no me gustas, o me gustas como amigo. Se sabía casi todas las excusas, pero cuando le salió con esa respuesta, se  tragó la cara de perro apaleado que ya tenía ensayada.
—Eso ¿qué significa? ¿Me estas mandando a volar? ¿Temes herirme? Porque si es eso, no te preocupes…
—¿Un quizás no te parece bien?
—Me gustan más los sí y si no hay remedio, pues los no, pero un quizás definitivo me deja, no sé…
—Es lo único que puedo darte en este momento, un quizás definitivo.
—¿Pero mañana me dices, si o no?
Ella ya no le contestó, su cara era un monumento al quizás.
—Está bien —dijo Raúl.
Ella abrió la puerta de la casa, se deslizó con la agilidad de un gato y cerró despidiéndose con la mano. La cara que le puso Raúl al despedirse le hizo temblar de pies a cabeza.
Del otro lado de la puerta Raúl respiraba como caballo desbocado, dio la vuelta. Pisó una oruga que cruzaba por el patio, pateó un helecho.
Mañana, tendré un no, pensó mientras acariciaba el cuchillo escondido entre sus ropas.
—Y le sacaré los ojos —dijo al viento.

viernes, febrero 03, 2012

No salgan, están aquí.


Silencio…

Oscuridad…

Este juego se ha salido del límite, piensa Esther. Aún así considera que es mejor quedarse ahí: escondida en el closet. No debió meterse en eso, sabía que no era buena idea, sobretodo que apenas habían conocido a los chicos, pero en el momento todo parecía tan divertido y ellos eran bastante guapos. A Manuel lo vio correr hacia el sótano, quiso ir detrás de él y aprovechar el momento a solas sin que la metiche de Ana se metiera entre los dos, pero el viento apagó las veladoras que llevaban para la ocasión y ella entró en la primera recámara que encontró. De los demás no tenía la menor idea de dónde estarían.

Un trueno rompió el silencio y la lluvia empezó a caer con fuerza. Abrió un poco tratando de no hacer ruido. El grito de Manuel se escuchó y del susto se golpeó contra la puerta que emitió un crujido seco. Volvió a encerrarse en el closet. ¿No salgan? ¿Fue eso lo que gritó? No estaba segura.

Ahora su corazón palpitaba a mil por hora, pegó la oreja contra la madera para intentar escuchar lo que sucedía afuera. Otro alarido, esta vez de mujer. Otro trueno. No parecía una broma. Volvió a entreabrir la puerta, las manos le sudaban. Seguía oscuro.

—¡No salgan! ¡Están aquí! —escuchó. Era la voz de Arturo, el chico serio que no levantaba la vista cuando te hablaba.

Día de muertos, casa abandonada, noche lluviosa. Qué manera de festejar, no debieron ir con ellos. El efecto de las cervezas se había pasado, pero las ganas de ir al baño ahora eran insoportables.

Salió del escondite, caminó hacia la sala, alguien tenía que ponerle fin al jueguito que ya no era divertido, además que un poco más y se haría encima.

—¿Pueden parar? Necesito orinar —gritó.

Vio los cuerpos apilados uno sobre el otro, sus torsos hechos picadillo, el piso inundado de sangre. Quiso gritar, pero no pudo, observó cómo sus orines se unieron al charco pegajoso dejado por sus amigos. Algo está mal, Ana empieza a sonreír, luego los demás, incluso se desternillaron. Se pusieron de pie y se unieron los tres en un abrazo.

—¡Feliz Día de los muertos! —todos al unísono gritaron. Rieron sin poder parar.

Luego comprendió y ella se carcajeó también.

No puede evitar que los sucesos se repitan esa noche. Sabe que es la fecha en la que todos los muertos pueden regresar a donde fallecieron y justo ahí, fueron asesinados los cuatro.

martes, diciembre 13, 2011

Domo Arigato, Mr. Roberto.


Por fin una de las tantas fantasías de Roberto estaba por realizarse. Esperaba desnudo sobre la mesa de masaje. En cualquier momento aparecería la geisha que le secaría el cerebro de tanto placer.
Antes de darle el último bocado y con la sonrisa encantadora llena de sangre, alcanzó a escuchar:
"Domo Arigato, Mr. Roberto"

miércoles, noviembre 30, 2011

A mi marido le gusta mi ex.

Todo lo que quería era hacerlo feliz, pero no había nada que le pareciera bien. Todo lo hacía mal ante sus ojos. Nunca le gustó lo que le cocinaba con tanto amor y devoción. Es por eso que desde ahora todo será diferente. Estoy segura que mi nuevo esposo sabrá valorarme.
No más cadáveres en el ático, no más visitas a la morgue, no más carne...
Bueno, eso será hasta que nos acabemos lo que hay en la nevera. A mi marido le gusta mi ex.

lunes, febrero 07, 2011

A cara o cruz.



-Cara, guardo la pistola. Cruz, disparo en la sien.
Cruz.
¡BANG!
No sintió nada, seguía ahí con el arma en la mano. La pared salpicada de sangre.
-Cara, guardo la pistola. Cruz, disparo en la sien.
Cruz.
¡BANG!
Y siguió ahí, y nunca salió cara.

domingo, enero 16, 2011

El pequeño hombre en el desierto.


Perdí a mi esposa y a mis hijos durante la gran epidemia del 2012. Después de una larga agonía y antes de que sufrieran lo peor de la enfermedad, los maté. Uno por uno, mientras dormían, sedados por mí.
Viví entonces solo, sin nadie con quien hablar en absoluto. Deambulando por la ciudad robé una avioneta de uno de los hangares en el aeropuerto abandonado. Pensé que en otros lugares la epidemia estaría controlada, pero en cualquier parte en donde aterrizaba era la misma escena de desolación…Hasta que sufrí una avería en el desierto del Sahara hace seis años. Algo se había roto en mi motor. Me dispuse a intentar lograr yo solo una reparación difícil. Era para mí una cuestión de vida o muerte. Apenas tenía agua para beber ocho días y una caja de balas para mi AK-47. Aunque en el desierto era muy difícil que hubiera zombis.

La primera noche me dormí sobre la arena, a mil millas de cualquier lugar habitado o deshabitado. Estaba realmente más aislado que un náufrago sobre una balsa en medio del océano. Se imaginan entonces mi sorpresa, al amanecer, cuando una extraña vocecita me despertó. Decía:

— Por favor... ¡dibújame un cerebro!

— ¡Eh!

— Dibújame un cerebro...

Me paré de un salto, como si hubiera sido alcanzado por un rayo. Me froté bien los ojos. Miré bien. Y vi un extraordinario hombrecito que me examinaba con seriedad, los ojos inyectados de sangre, como todos los infectados, su ropaje sucio y ensangrentado, su espada con sangre fresca. Más allá un camello destazado. He aquí el mejor retrato que pude luego hacer de él.

Pero mi dibujo, sin duda, es mucho menos espeluznante que el modelo. No es mi culpa. Había sido desalentado en mi carrera de pintor por las personas mayores, a la edad de seis años, y no había aprendido a dibujar más que las boas cerradas y las boas abiertas.

Miré entonces esta aparición con los ojos bien abiertos por la sorpresa. No olviden que me encontraba a mil millas de cualquier lugar infectado. Sin embargo mi hombrecito no me parecía ni perdido, ni muerto de cansancio, ni muerto de hambre, ni muerto de sed, ni muerto de miedo. Más bien su cuerpo estaba muerto, pero su hambre por infectar a más, lo mantenía de pie. Cuando logré finalmente hablar, le dije:

— Pero... ¿qué haces acá? ¿Cómo es que puedes hablar?

(Generalmente la enfermedad dejaba inservible al cerebro)

Y entonces me repitió, muy dulcemente, como una cosa muy seria, la voz rasposa, seguramente por las cuerdas vocales supurantes:

— Por favor... dibújame un cerebro...

Cuando el misterio es demasiado impresionante, no es posible desobedecer. Por absurdo que me pareciese a mil millas de todos los lugares y en peligro de muerte, saqué de mi bolsillo una hoja de papel y una pluma. Pero entonces recordé que había estudiado sobre todo geografía, historia, matemática y gramática y le dije al hombrecito (cagándome de miedo) que no sabía dibujar. Me respondió:

— No importa. Dibújame un cerebro.

Como yo nunca había dibujado un cerebro, rehice para él uno de los dos únicos dibujos que sabía: el de la boa cerrada. Y quedé estupefacto al escuchar al hombrecito responderme:

— ¡No! ¡No! No quiero un elefante dentro de una boa. Una boa es muy peligrosa, y un elefante es muy voluminoso. Mi estómago es pequeño. Necesito un cerebro. Dibújame un cerebro.

Entonces dibujé.

Miró con atención, y luego:

— ¡No! Éste está ya muy enfermo. Hazme otro.

Yo dibujé:

Mi amigo sonrió amablemente, con indulgencia:

— Fíjate bien... no es un cerebro, es un intestino grueso. Tiene esas bolas, parece que tiene indigestión...

Rehice entonces nuevamente mi dibujo:

Pero fue rechazado, como los anteriores:

— Este es demasiado viejo. Quiero un cerebro que dure mucho tiempo. Que calme mi hambre. Uno como del tamaño del tuyo.

Acercó su mano putrefacta a la espada y empezó a acercarse más a mí.

Entonces, en mi mente lo último en lo que quería pensar era en desarmar mi motor, lo único que deseaba era salir corriendo de ahí, o por lo menos alcanzar mi arma y volarle la cabeza, garabateé otro dibujo.

Y le espeté:

— Ésta es la caja. El cerebro que quieres está adentro.

Pero me sorprendí mucho al ver que se iluminaba el rostro de mi joven juez:

— ¡Es exactamente así que lo quería! ¿Crees que este cerebro necesite refrigerarse?

— ¿Por qué?

— Porque me gustan frescos...

— Seguramente te alcanzará para varios días Te di un cerebro grande y suculento.

Inclinó la cabeza hacia el dibujo:

— Ni tan suculento... ¡Mira! Se esta empezando a descomponer...

Y cuando examinaba con más detenimiento el dibujo, rodeé la avioneta y alcancé mi arma.

Y fue así como le volé la tapa de los sesos al hombrecito. Lo que me recuerda que jamás debo separarme de mi rifle. Ni por un momento…

Los árboles tienen ojos.


La primera vez que vi al señor de sombrero fue una tarde de verano. El sol en todo lo alto y ni una sola nube en el cielo que se apiadara a cubrir sus rayos. Aquél día era el más caluroso que se hubiera sentido jamás en toda la comarca. Yo estaba frente a la ventana, intentando refrescarme con el poco viento que había. Él, se encontraba sentado bajo un árbol enorme y de grueso tronco que marcaba el inicio del bosque, parecía que estuviera dormido, pero por momentos movía las piernas o los brazos. A esa distancia me era difícil reconocerlo; pero definitivamente nunca lo había visto, el pueblo no era grande, la mayoría nos conocíamos. Quizá solo pasaba por el camino y se había parado a descansar. Después de un largo rato, seguía ahí.

No parecía peligroso, ni sospechoso. No podía verle el rostro pues el sombrero le tapaba la mitad. Lo que más me llamó la atención fue su ropa, parecía anticuada, como en las fotos que tenía la abuela en su viejo álbum.

A pesar de pasarme un buen rato mirándolo, en ningún momento volteó a verme. Por lo regular las personas al sentir que alguien los ve, se vuelve, pero era como si estuviera él ahí, pero su mente en otra parte.

En eso se me acercó mi mamá para averiguar que era lo que observaba con tanta atención.

—¿Pasa algo, hijo?

—No mamá, sólo miro al señor que está bajo el árbol ¿Lo ves?

—¿Y qué es lo que está haciendo? —se asomó a la ventana.

—Nada, creo que está descansando.

Le echó un vistazo de arriba a abajo.

—No parece ser del pueblo, no lo reconozco.

—Con el calor que está haciendo debe estar muriéndose de sed ¿Me das permiso de llevarle un vaso de agua?

—No estoy segura…

—Vamos, mamá, no pasa nada. El señor debe estar cansadísimo.

—Bueno está bien, pero te regresas luego.

—Gracias mami, ahora vuelvo.

—De aquí te estaré viendo.

Corrí a la cocina y serví agua bien fría en el vaso más grande que encontré. Luego con mucho cuidado abrí la puerta y salí al encuentro de aquél hombre extraño. Mi madre desde la puerta observaba muy atenta. Conforme fui acercándome, pude fijarme más en sus rasgos.

—Buenas tardes, señor. Le traigo este vaso de agua.

No me respondió.

—Qué calor hace ¿no cree?

Seguía sin siquiera moverse.

Había algo en el color de su piel; nunca había visto nada parecido. Ahora que me encontraba más cerca pude percibir que era muy semejante al del papel cuando se hace viejo. Supuse que era del tipo de personas que no les gusta platicar, así que después de unos segundos que parecieron eternos le dije:

—Bueno, le dejo aquí el vaso, cuando termine lo deja ahí y yo vendré por él más tarde.

Puse el vaso en el suelo y me di la vuelta, apenas caminé unos pasos cuando escuché.

—Discúlpame, no quise ser grosero. Gracias por el agua, ya no hay personas como tú en estos días.

Su voz era distinta, no sé como describirla, pero me erizó los cabellos de la nuca. Volví a darme la vuelta. Entonces miré sus ojos, no los tenía. Donde debían estar, sólo había un par de agujeros. Lo que pensé que era su sombrero, era un montón de ramas y hojas secas alrededor de su pelo o lo que fuera, pero que asemejaban más a raíces. No sé por qué no corrí o grité, sólo me quedé ahí parado, sin poder decir nada.

Mi madre salió a la puerta. Gritó.

—¿Todo bien?

Quise decir que no, pero mi cabeza se movió de arriba hacia abajo.

—Voy a preparar la comida, no te tardes —dijo y entró de nuevo a la casa.

—Debo decirte que estoy sorprendido, otros en tu lugar habrían pegado la carrera o caído desmayados. Mi aspecto no me ayuda lo sé —dijo. —La verdad es que no suelo aparecerme muy seguido por estos lugares ni de día, mi hogar es el bosque.

Hice un esfuerzo para poder hablar, hasta que por fin pude.

—Pero no tienes ojos —dije o pensé, no lo recuerdo.

—No los necesito, los árboles tienen ojos. Ellos miran por mí.

—¿Los árboles? —miré por todos lados, de pronto el bosque era más denso a mi alrededor, como si estuvieran custodiando al hombre.

—Muchas gracias por el agua niño, lamento el que me hayas descubierto y espero puedas guardar el secreto de lo que has visto.

Enseguida estiró uno de sus brazos para levantar el vaso ¿o debo decir alargó sus ramas?

—De todas maneras no creo que nadie me crea, ni siquiera mi madre —balbuceé.

—Entonces, pasaré de largo tu casa y espero que nuestros caminos no vuelvan a cruzarse.

—Que disfrute su agua, me tengo que ir — y al decir esto corrí hacia la casa.

Sin mirar hacia atrás en ningún momento, entré y subí a mi habitación. Alcancé a escuchar que mi madre me decía algo, pero no recuerdo que fue. Me asomé a la ventana y el hombre ya no estaba. Lo que vi, me desconcertó aún más y no fue hasta más tarde que supe lo que pasó. Un mar de árboles se movía hacia el pueblo, como un tsunami. El lugar donde seguía el vaso y unos minutos atrás había platicado con aquél ser, se encontraba vacío, excepto el árbol enorme que había estado ahí por miles y miles de años. No hacía tanto viento y aún así sus ramas se sacudían. Empecé a sentir como un nudo en el estómago y como se iba acumulando un grito en mi pecho, pero lo contuve. Bajé con mi madre, para mostrarle lo que estaba ocurriendo. Por la prisa pisé mal y caí hacia el frente, me golpeé la cabeza y no supe por cuánto tiempo estuve inconsciente.

Me despertaron unos sacudones, era mi madre. Ya era de noche, no había luz, pero podía ver la sangre que escurría de su rostro. Aún me sentía mareado y como pude logré sentarme.

—¿Pero qué te ha pasado? —le dije mientras revisaba la herida que tenía en la frente.

—Hijo, fue horrible. El bosque… El bosque…

—¿El bosque qué, Mamá? Me estás asustando.

—Se tragó al pueblo. Murieron todos…

—¿Cómo?

—Los árboles tenían ojos, hijo. Los pude ver. Uno de ellos me miró fijamente antes de atacarme. Mataron hasta los niños, Dios mío. Los hacían pedazos con sus ramas.

Y fue lo último que alcanzó a decir. No me había dado cuenta que tenía una estaca clavada en uno de sus costados.

Lo único que se me ocurrió en ese momento fue salir hacia el pueblo, tenía que ver lo que mi madre me había dicho. Pero no pude poner un pie fuera, todo estaba rodeado de árboles que bloqueaban todas las salidas. Ahora fui yo quien vio sus ojos, sus horribles ojos, tan oscuros que parecían tragarse toda la luz del mundo.

De pronto, en medio de ellos, salió el hombre árbol. De su boca colgaba un gran coágulo de sangre y su ropa antigua estaba manchada por todas partes.

—Ellos se lo buscaron, eran una amenaza para el bosque y la comarca —dijo con su voz rasposa.

—¡Pero había niños, mataron a mi madre! —grité e hice un esfuerzo para no irme contra él.

—Ellos tampoco se tentaron el corazón al arrancar de raíz a nuestros retoños y cuando cortaron a pedazos a nuestros más viejos hermanos.

—¡No es justo! El pueblo necesita madera para construir, para hacer leña, para…

—No más, ya no lo permitiremos —me interrumpió. —El gesto que tuviste al ofrecerme agua, te ha salvado. Debes de irte y advertir a los demás de que jamás vuelvan a cruzar esta zona, o tendrán el mismo destino que tuvo tu pueblo.

Y al decir esto se abrieron para darme paso. Se alinearon para formar un camino que fui siguiendo y que me sacaba através de las montañas fuera de la comarca. De tanto en tanto, volteaba hacia los árboles que no dejaban de escrutarme de los pies a la cabeza y de crujir sus ramas. Entonces clavé mi vista al suelo y no la alcé hasta que salió el sol y reconocí que caminaba ya en el territorio de nuestros vecinos.

Conté lo que aquél ser me dijo y lo que los árboles hicieron con todos, por supuesto que no me creyó nadie. Cuando no regresaron los hombres que enviaron a investigar, entonces empezaron a escucharme con más atención y nunca más volvieron ni siquiera a asomarse del otro lado de las montañas.

Y pasaron muchos años para que yo volviera a ver al hombre del sombrero. Hasta el día de hoy, que me he escabullido hasta el gran árbol frente a lo que era mi casa. Parece que le ha gustado quedarse ahí, pues ha echado raíces. Por suerte no hay árboles a su alrededor que le avisen que me acerco con una gran hacha.

He descubierto que la savia es muy parecida a la sangre, brota y bulle como la de cualquiera de nosotros.

lunes, enero 25, 2010

Canciones que han resultado en cuentos.

Muchas veces como escritor, te encuentras con la pantalla en blanco y no sabes ni como empezar un cuento. Ninguna idea pasa por la mente, la musa de vacaciones. Es cuando abres el media player y dices: "Con la primera cancion que aparezca hago un cuento". Les presento videos de canciones que han resultado en cuentos. Sigan los links.

"Bajo tu piel" publicado en Cronicas de la Forja, en forjadores.net salio de "Ride the wings of Pestilence" de From First to Last.


"Despedidas" publicado en Yoescribo.com, salio de "Farewell" de Avantasia.



viernes, enero 15, 2010

Navidad en Familia.


Pablo y Melquiades se peleaban por adornar el árbol. Pablo iba sacando los adornos y Melquiades los iba colocando.

-Vamos Pablo, déjame a mi sacar los adornos.

-Ya te dije que no, es un poco difícil. Te esta quedando muy bien. Déjame saco estas esferas.

Melquiades, no pudo mas y le arrebato el cuchillo. Se agachó y cortó la oreja izquierda de su madre.

-Ya ves, no era tan difícil.

La colocó a lado de la nariz de su padre. Pablo, solo sonrió. Había sido genial seguir las instrucciones de la caja del árbol. "Niños adornen el árbol con sus padres".

Amor Eterno.


Permanezco en la puerta, tomo un poco de aire. La botella de vino y las copas tintinean al golpearse. Me tiembla el pulso ¿Quién iba a imaginarlo? Después de tanto, aún tiemblo cuando vengo a visitarte. Empujo la puerta con suavidad. Las bisagras rechinan un poco, mis piernas ahora son las que tiemblan.

La luz está apagada. No importa, conozco el camino a ciegas. Bajo las escaleras con cuidado, me acerco a una mesa y enciendo las velas. Sirvo el vino y me siento a esperar a que salgas de tu escondite.

Luces preciosa esta noche. El vestido negro aún no se ha descompuesto. Me encantaría decir lo mismo de tu piel y de tus ojos. Pero sabes que siempre te amaré, no me importa si estas muerta o no. Ven a mis brazos y bésame con esos labios fríos que tanto adoro.

sábado, abril 18, 2009

Huye.



Despertó, de nuevo el mismo sueño. Se puso de pie todavía con el corazón a punto de atravesarle el pecho. Volteó hacia el lecho, su esposa seguía dormida. Hubiera jurado que había gritado con todas sus fuerzas, pero ella ni se inmutó. En la cabeza le seguía retumbando una y otra vez, huye, huye…

—Párate, nos vamos. Tenemos que huir— la sacudió hasta despertarla.

—¿Qué? —contestó, abriendo los ojos con dificultad.

—Vámonos, despierta a los niños. Haz una maleta lo más rápido posible.

—¿Pero, por qué Augusto? ¿Te has vuelto loco?

—He tenido el mismo sueño, tenemos que irnos, ya. Apresúrate.

—Pero, no hay necesidad ¿De qué huyes?

—¿José dudó del ángel que se le apareció en sueños? ¿Abraham o Moisés desobedecieron al señor? Dios me ha dicho que huyamos y es lo que haremos, así que muévete.

Salió de la habitación y fue hacia la cocina para agarrar todo lo que cupo en una pequeña maleta. De la recámara le llegaban los sonidos que hacia su esposa para levantar a los hijos que reclamaban que no se les dejara descansar.

—¿Por qué mamá? Estamos cansados —dijo la más pequeña.

—Ni yo entiendo por qué se comporta así tu padre, ¡apúrense!

—Te juro que ya no aguanto ¿Qué hicimos para merecer esto? —gritó el mayor.

—Voy a tratar de hacerlo entender, mientras ayúdame a empacar algo de ropa.

—Esta vez no cuentes conmigo ¡ya estoy harto!

Dejaron de discutir cuando oyeron que Augusto encendía el auto y tocaba la bocina con insistencia. No paró hasta que vio salir a su esposa cargando a la niña y jalando una bolsa con ropa, y más atrás a su hijo adolescente, quien no muy convencido las seguía.

Arrancó el auto y tomó el camino que los llevaba a la carretera principal. No hablaban, sólo se escuchaba el motor que era forzado al máximo.

—Augusto, por favor disminuye la velocidad.

—Tú no entiendes, tenemos que huir, me lo dijo Dios.

El camino se hizo más estrecho a medida que avanzaban hacia las montañas.

—Detente, déjanos aquí.

—¿Estás loca? No voy a abandonarlos aquí.

—Por favor papi, ya no queremos ir contigo —dijo la niña.

—Olvídenlo, irán conmigo hasta el final.

Su esposa empezó a forcejear con él, intentando que disminuyera la velocidad, pero el hacía todo lo contrario, ignorando que llegaban al tramo de curvas peligrosas. Entonces el le dio un golpe en la cara que hizo que rebotara contra la ventanilla. Fue entonces que el hijo enfurecido se abalanzó sobre él, provocando que se salieran de la carretera.

La caída era de más de cincuenta metros, sintió como los hierros retorcidos se le incrustaban por todos lados al golpear el fondo del barranco. Vio a su pequeña salir disparada por el parabrisas y como le estallaban las vísceras a su esposa, el cuerpo de su hijo degollado…


Despertó, de nuevo el mismo sueño. La voz de Dios, una y otra vez. Se puso de pie todavía con el corazón a punto de atravesarle el pecho. Su esposa seguía dormida, sintió alivio, aunque seguía angustiado ¿No había gritado hasta desgarrarse las cuerdas vocales? En la cabeza le seguía retumbando una y otra vez, huye, huye…

—Párate, nos vamos. Tenemos que huir— la sacudió hasta despertarla.

—¿Qué? —contestó, abriendo los ojos con dificultad..

—Vámonos, despierta a los niños. Haz una maleta lo más rápido posible.

—¿Pero, por qué Augusto? ¿Te has vuelto loco?

—He tenido el mismo sueño, tenemos que irnos, ya. Apresúrate.

—Pero, no hay necesidad ¿De qué huyes? Descansa, y déjanos descansar a todos.

—¿José dudó del ángel que se le apareció en sueños…?

—Escúchame, Augusto. Entiende. NO HAY NECESIDAD.

—¡Tenemos que huir!

—No hay necesidad ¡por amor de Dios, escúchame!

Augusto pareció reaccionar, se quedó viendo a su esposa, como si las cosas empezaran a ser más claras para él.

—¿Por qué dices que no hay necesidad?

—Porque ya estamos muertos, Augusto ¡Mu-er-tos!

jueves, abril 02, 2009

Fin del Reinado.


Por fin, después de noches infructuosas de búsqueda había dado con él. Lo había seguido hasta esa calle que estuviera desierta de no ser por las ratas que entraban y salían de los botes de basura a punto de reventar. La lluvia había hecho que la calle se vaciara y que las prostitutas que trabajaban ahí se escondieran en los edificios adyacentes y quizá alguna hubiera cometido la estupidez de entrar en el mismo lugar que su presa. Mal presagio que lloviera, sobretodo cuando estás en una zona desértica, como si fuera una puesta escénica escrita por el demonio.

Las luces de neón parpadeaban a lo lejos y mientras se acercaba podía distinguir lo que decía el letrero “Karaoke”.

El único sonido que escuchaba, era el de las gotas de lluvia que caían con fuerza y chocaban con su gorra de Los Dodgers de Los Ángeles. Se acercó poco a poco a la puerta y la abrió con cuidado. Sacó de un bolso la botella con agua bendita y el crucifijo y se internó en la oscuridad.

Esperó a que fuera él, quien diera el primer paso, mientras sus ojos se acostumbraban a la falta de luz. Sintió como empezó a descender la temperatura al mismo tiempo que su pulso se aceleraba a mil por hora. No podía fallar, seis años en su búsqueda, de levantar cadáveres secos, sin una gota de sangre. De seguir la pista de una sombra, de dejar todo por el asesino de su familia. No le creían, a pesar de que cientos lo habían visto caminar por las calles. El juraba que la persona a la que visitaban en su tumba era un impostor y que el verdadero deambulaba por las calles de Las Vegas como si nada. Nadie regresa de la muerte, ni siquiera él, le decían. Pero el ya lo tenía acorralado y acabaría con su reinado de terror.

Esperaba encontrarse con el mismo espectáculo de siempre, cuerpos por todos lados, cabezas separadas de sus cuerpos (hubo una ocasión que el maldito había hecho una especie de puzzle humano con una de sus victimas, solo que se había equivocado y las piernas las puso donde iban los brazos), pero todo parecería en orden, excepto por el silencio sepulcral.

De pronto se encendió la luz del escenario y la música empezó a sonar.

The warden threw a party in the county jail.
The prison band was there and they began to wail...

Alrededor de la pista había como diez personas sentadas, no pudo ver sus caras. Pero tampoco se movían. No pudo evitar ser contagiado por el ritmo. Canta bien, el muy maldito gordo, se dijo.

A pesar de que él no muerto tenía puestos sus lentes oscuros, sintió su mirada, trató de resistirse, alzó el crucifijo como si eso fuera suficiente para acabar con el embrujo auditivo, pero el maldito no para de cantar.

Lets rock, everybody, lets rock.
Everybody in the whole cell block
Was dancin to the jailhouse rock.

Se fue acercando cada vez más, hasta que pudo ver al público, todos tiesos, secos, con los ojos tan abiertos que pareciera que en cualquier momento saldrían disparados como aquellos lentes de broma que venden en las ferias.

Lets rock, everybody, lets rock.
Everybody in the whole cell block
Was dancin to the jailhouse rock.


Sintió la humedad de la alfombra, sus pies se pegaban a ella. Se percató que caminaba en un enorme charco de toda clase de desechos humanos. Lo tenía a tan solo unos pasos. Era el momento en el cual no debía perder el valor y atacar con todas sus fuerzas, pero estaba hipnotizado por la voz, por el ritmo de las caderas del vampiro. La canción estaba a punto de terminar. Destapó la botella con agua bendita y justo cuando terminó la interpretación más espectacular que hubiera escuchado y presenciado una decena de muertos de “El rock de la Cárcel”, lanzó un chorro de agua que da justo en la cabeza de su oponente y resbala por la frente deshaciéndole el copete y parte de la cara, mientras se retorcía de dolor.

Cayó al suelo y él aprovechó para saltarle encima y le arrebató el micrófono. Con ambas manos lo sostiene y como una estaca, se la clava en el corazón. Un grito desgarrador inunda el local, lentamente el cuerpo de Elvis Presley va desapareciendo hasta convertirse en cenizas.

Camina, libre de un enorme peso. De vez en cuando voltea a ver el antro que se consume en llamas. Ha cumplido con su venganza. Por fin, ha muerto el rey.

domingo, marzo 15, 2009

Por toda la eternidad.



aminando sin rumbo, dejando a sus pies la decisión de dónde parar. Raymundo, hastiado de la vida, de su trabajo y de su matrimonio -que de matrimonio solo tenía el nombre- se encontró con que las calles ya no le eran familiares, ya era de noche y que a dónde quiera que volteara nada podía reconocer. Había estado tan absorto en sus pensamientos suicidas que no se dio cuenta en que momento todo quedó desierto, sin ruido, sin otra luz mas la que daba la luna. Ya había llegado, lo tenía enfrente, qué hago aquí, pensó. Decidió dar vuelta en una esquina, donde una placa toda oxidada decía calle siete. Y empezó a tratar de recordar esa calle para ubicarse y saber dónde demonios había ido a parar, pero nada, debía de ser de esos barrios donde te matan gratis, pensó. Ni siquiera un alma para preguntarle.

Avanzó unos metros más y fue cuando escuchó el sonido de la música y de gente divirtiéndose a a unas dos esquinas de donde se hallaba. Siguió el ruido hasta que llegó a la puerta de un Bar franqueada por dos individuos mal encarados, pero que en cuanto lo vieron, se hicieron a un lado para dejarle pasar.

—Le estábamos esperando señor Rodríguez, adelante.

Un largo pasillo iluminado apenas por luces fosforecentes, le conducía hacia donde se oía todo era un bacanal. Y no estaba equivocado, el lugar estaba abarrotado. Un penetrante olor a sexo le inundó los pulmones. Cientos de parejas en la pista, unos bailaban, otros satisfacían sus instintos animales con quien tuvieran enfrente. Se quedó inmovil, como espectador de la orgía, hasta que del otro lado, el barman le hacía señas de que se acercara. Mientras se abría paso entre la multitud para llegar a la barra, se daba cuenta que los demás lo miraban y hablaban de él, pero sin parar en lo que estuvieran haciendo.

Por fín llegó hasta la barra, donde el barman lo recibía con su cerveza favorita.

—Aquí tienes Jorge, bienvenido a mi bar.

—¿Qué lugar es este y cómo sabe mi nombre?

—Relájate y disfruta ¿Estás aquí por que ya no aguantabas tu vida no? Asi que tómate tu cerveza y busca con quién joder, que lo que más disfrutamos siempre dura muy poco ¿no crees?

—Pero ¿quién es toda esta gente? Yo no puedo tirarme a la primera que me encuentre.

—¿Ni siquiera a esa morena?

Una morena de grandes curvas y magníficos senos se acercaba a la barra. Totalmente desnuda, se acercó y le plantó un beso en la boca y le hizo olvidarse de todo. Volteó a ver al barman de reojo y éste le sonreía y no pudo hablar hasta que la morena se agachó para hacerle sexo oral.

—¿Pero qué demonios es esto?

—Te lo dije, es mejor no resistirse y disfrutar hasta que llegue el momento, así es como hacen todos ellos. Es un descanso breve que les doy, además sirve para que me relajo un poco. No todo es castigo.

—¿Castigo de qué?

—Bébete otra cerveza y olvidalo. Que falta muy poco para que esto termine y mis muchachos vengan.

Ya no pudo hablar. Pero se quedó pensando a que se refería... por tres segundo nada más.

El placer era demasiado e hizo lo que cualquiera que tuviera sangre en las venas haría. Después de la morena, se unió a una pareja que lo hacía en en la mesa. Luego a una cadena humana donde cada quien se encargaba del que tuviera enfrente, hombre o mujer, daba lo mismo. Al ritmo de la música los cuerpos se unían y desunían.

Hasta que la música paró y las luces se apagaron. Alguien gritó: ya vienen, ya vienen. Y lo que era una orgía se convirtió en una masacre. Jorge solo podía ver las sombras y escuchar los alaridos, el ruido que hacían los cuerpos al caer, la sangre cayendo a chorros. Unos demonios alados se encargaban de mutilar con sus garras a la gente que intentaba escapar. Se agachó y se arrastró por el piso inundado de vísceras y miembros amputados de tajo. Pudo llegar a la barra y se escondió del otro lado, agachado escuchaba con horror los gritos de todos. Hasta que se dio cuenta que estaba a un lado del barman.

—¿Qué es esto, dónde estoy?—le gritó.

—Estas en el infierno amigo y aquí es donde se castiga a los suicidas — y se agachó para verlo directo a los ojos— y así será por toda la eternidad.

—!Yo no me he suicidado! Es cierto lo he pensado, lo he deseado, pero no me he...

Y entonces pudo ver con claridad dentro de su mente. Caminaba hasta llegar a la estación del metro, esperaba a la orilla del andén a que llegara el próximo y cuando lo tuvo enfrente se lanzó al vacío haciéndolo pedazos. Había encontrado los huevos para hacerlo.

—Aunque no todo es castigo como ves —escuchó.

Pero para él solo quedaron grabadas las palabras que se repetían una y otra vez: Así será, por toda la eternidad...  

Sin Salida.



El dolor lo volvió a despertar, ésta vez no habían pasado más de sesenta minutos y ya necesitaba otra dosis ¿Qué hora era? Las luces apagadas significaban que era de madrugada en el hospital. En la cama de a lado, un enfermo roncaba a todo pulmón. Alargó el brazo para presionar el botón para llamar a la enfermera. Se la tenía que dar, la convencería para que le adelantara la morfina. Por un segundo se le olvidó el dolor al sentir que alguien lo agarró de la muñeca y se la bajó de golpe.

La oscuridad le impedía ver quién estaba a su lado. Primero pensó que había sido su hermana Teresa, pero ella tenía más de un mes que no lo visitaba ¿A esa hora, quién? Le pasaron por la mente varias personas, incluso gente que ya había muerto, y fue cuando supuso que por fin la hora que tanto había añorado había llegado.

—¿Has venido por mi? ¿Eres la muerte?

No le contestó nadie, pero le soltaron de inmediato. Forzó la vista para buscar a quién quiera que estuviera en su cuarto, sus piernas empezaron a temblarle de los nervios.

—¿Quién está ahí?

Solo silencio. Una sombra apareció de pronto y se colocó a sus pies.

—¿Me llevarás contigo?

—A donde vayas, irás solo. Yo soy un conducto al fin de tu sufrimiento, nada más —se escuchó la voz de una mujer.

—¿Y será dificil?

—Lo será más para mi que para tí, te lo aseguro.

—¿Por qué lo dices?

—Por que ahora que lo pienso, debería dejar que te sigas retorciendo de dolor. No mereces el alivio que te daré.

Una punzada que le recorrió todo el cuerpo le recordó exactamente a lo que se refería, necesitaba la morfina o la muerte, lo que fuera, pero en ese momento.

—!Llévame, ya! —gritó el desdichado. Pero más que nada lo hacía para que alguien acudiera en su auxilio.

—No es necesario que grites, nadie te escuchará, todos duermen. Ya me he encargado de ello.

—¡Piedad!

—Todo mundo sabe la clase de hombre que has sido, de las atrocidades que has cometido ¿Dime, tuviste piedad de alguna de las mujeres que violaste y torturaste hasta la muerte?

—No, todas esas perras se lo merecían. Tenía que matarlas. Bueno, todas menos una. A ella le perdoné la vida.

—¿Supiste que esa mujer se embarazó y tuvo una hija, producto de tu ataque?

—No lo sabía, ni me interesa. Ahora lo único que quiero es morir ¿Me tenderás la mano y me matarás de una vez por todas?

—No soy la muerte.

—Acaba conmigo pronto.

—Lo haré despacio, al menos lo disfrutaré.

Ella le quitó una almohada y se la colocó en la cara, y presionó. Al principio hubo una especie de resistencia que poco a poco fue cediendo, hasta que al fin el cuerpo decrépito dejó de sacudirse.

Una sonrisa se formó en el rostro de la mujer y dejó escapar una risita.

—Ojalá te pudras en el infierno, padre —dijo, mientras abandonaba la habitación.  

miércoles, marzo 11, 2009

El mensaje.


Le costó un trabajo colosal abrir los ojos para percatarse de que el cuarto estaba  oscuro. Volteó a su derecha y el reloj electrónico marcaba las 8:30 A.M. Había dejado las cortinas cerradas y el sol que siempre lo despertaba no pudo hacerlo por esta vez. Odiaba tanto el sonido de la alarma que nunca la programaba, en algún rincón del closet estaban los pedazos de otros relojes para atestiguarlo. Por enésima ocasión se le había hecho tarde para ir al trabajo, pero lo tomó con calma. Un terrible dolor de cabeza como si se la estuvieran taladrando, le recordó que la noche anterior se había ido de farra con sus amigos. En un rato hablaría a su trabajo e inventaría alguna excusa, aunque no se le ocurría nada para esta ocasión. Se iba a poner de pie cuando se dio cuenta de que no estaba solo en la cama. De reojo la vio. Estaba de espaldas, desnuda. La sábana blanca contrastaba con la piel canela de sus nalgas.

No podía creer que tuviera tanta suerte. No recordaba cómo había ido a parar ahí esa mujer y si la noche anterior hubo sexo. La chica estaba presente, él estaba desnudo, era lo único que importaba. No iba a perder la oportunidad de tener acción después de tantos meses de abstinencia. Se acercó un poco para despertarla, cuando el timbre de la puerta sonó. Al infierno, no voy a contestar, pensó. Pero seguían insistiendo. Sus dedos apenas rozaron el pelo de la chica, como si temiera despertarla antes de tiempo. Se amarró una toalla alrededor de la cintura y con el rostro desencajado del coraje salió a ver quién lo interrumpía cuando iba a echarse el polvo de su vida. Se asomó por la mirilla de la puerta. 

—Lo que me faltaba —dijo entre dientes. 

Un muchacho, rubio, de rostro casi angelical, con una Biblia en la mano tocaba con insistencia. 

—Me lleva el demonio — masculló y abrió la puerta de golpe.

El muchacho no dejaba de sonreírle y de mirarlo como si escudriñara en lo más recóndito de sus pensamientos  y eso, a él, empezaba a incomodarle.

—¿Se puede saber cuál es la insistencia? —dijo bastante molesto.

—Disculpe si lo desperté, pero es que le tengo un importante mensaje de nuestro señor Jesucristo —contestó el muchacho.

—Mire, aquí en esta casa somos católicos, no aceptamos propaganda de sectas y además no tengo tiempo ni ganas de escuchar ningún mensaje de nadie, así que gracias y nunca regrese — dijo y cerró la puerta de golpe.

El timbre volvió a sonar, esta vez con más insistencia. Esta vez abrió de manera violenta.

—Me lleva la chingada ¿pues qué no entiendes carajo? —gritó. El chico ni se inmutó, seguía mirándolo de esa manera.

—Se trata de su salvación, aún es tiempo que se arrepienta de todos sus pecados. Lo que está haciendo en estos momentos puede esperar, el mensaje que le traigo es de vital importancia para usted —le contestó.   

Esa mirada tierna comenzaba a desesperarlo, odiaba esa mirada. 

—Regresa mañana ¿si? Te prometo que con gusto te escucharé —mintió con todas sus ganas e intentó sonreírle y sonar amable. 

Jaló la puerta poco a poco mientras el chico iba asomándose por el hueco que quedaba entre la puerta y la pared hasta que se cerró por completo. Esperaba que esta vez se hubiera ido y no volviera a molestarlo, se imaginaba que la muchacha ya estaría despierta por tanto ruido y a lo mejor se vestía para irse y eso era algo que no iba a dejar que sucediera.

Se asomó rápido a la recámara y ella seguía ahí acostada, ahora con la sábana hasta los tobillos. A punto de quitarse la toalla ya listo para el ataque, el timbre volvió a sonar. Esta vez ya no se dirigió a la puerta, fue al ropero donde escondía una pistola. Le voy a poner el susto de su vida  a este cabroncito de mierda, pensó.

Corrió a la puerta, en el camino se le cayó la toalla dejando su erección al descubierto. No le importó, abrió la puerta de par en par. Nada, se había ido. 

En el suelo le habían dejado una Biblia, con un mensaje.

PARA SALVARSE, LEA EL SALMO 23 EN VOZ ALTA, ES SU ÚLTIMA OPORTUNIDAD.

¿Pero que coño se trae esta cabrón con mi salvación?, se dijo. Cerró la puerta y mientras lo hacía se le hizo bastante extraño que la calle estuviera desierta. Un viento frío se coló por debajo de la puerta y fue como un cubetazo de agua del ártico. Su erección se convirtió en algo peor que un mal chiste. El sol parecía ocultarse, como un eclipse programado para él y la ocasión. De pronto tuvo la urgencia de leer el dichoso Salmo, pero la Biblia se le resbaló de las manos.

—Me lleva el demonio —alcanzó a decir.

—Así es y no me gusta que me hagan esperar en la cama —dijeron a sus espaldas.

miércoles, julio 23, 2008

Ángel de mi guarda.



—Ángel de mi guarda —dijo el niño, luego hizo una pausa. En ese momento se le había olvidado la oración que su madre le enseñó— Dulce compañía… ¿qué sigue?, pensó.
—No me desampares —se escuchó debajo de la cama.
—Ah, si. No me desampares ni de noche ni de día —esta vez la voz del niño se quebró casi al final, estaba a punto de llorar.
—No llores, es inútil ¿puedes acabar ya? —insistió la voz.
—Quédate conmigo… —continuó el niño, su llanto empezó a ser más fuerte. Se limpió las lágrimas con la sábana.
—Hasta que… —la voz le ayudó, apurándolo.
—Hasta que me entregues en los brazos de Jesús y de María —terminó el pequeño.
Se hizo un silencio, el niño fue dejando de sollozar poco a poco, hasta que por fin se calmó. Miró con cuidado en ambos lados de la cama y se asomó debajo ¿Se había ido?
—Ahora si nos vamos —se escuchó.
Una mano cadavérica sujetó al niño del brazo y lo jaló hacia la oscuridad.