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domingo, marzo 18, 2007

Sánchez. Capítulo VI.

No tardó en llenarse la iglesia de policías, gente curiosa, feligreses y periodistas. La noticia del asesinato del Padre Vicente se supo de inmediato. Sanchez se encontraba frente al cadáver con el rostro inexpresivo de siempre, no estaba horrorizado como la mayoría, pues a comparación de los últimos asesinatos este no había sido tan cruento.
El Padre Vicente se encontraba desnudo, amordazado y amarrado a su silla, un crucifijo le atravesaba la cabeza desde el ojo hasta la nuca, su otro ojo lo tenía abierto, su rostro era el retrato vivo del terror.
Su oficina no era muy grande pero tenía un librero del tamaño de la pared, todos los estantes estaban llenos de libros viejos y rollos de papel. Sobre su escritorio tenía la Biblia que estaba salpicada de sangre, estaban también en el escritorio otros dos libros, uno que se titulaba “Ritos de Exorcismo” y otro titulado “Sectas Satánicas en México”.
La computadora desapareció, en el lugar no localizaron ninguna huella de pelea, nadie vio ni escuchó nada raro.
— ¿Por qué no me sorprende nada de esto?— se dijo así mismo.
— ¿Pero qué nadie esta a salvo en esta ciudad?— escuchó decir detrás de él.
Era Jiménez que recién llegaba a la escena del crimen y que veía el cuerpo del Padre con un gesto de asco.
—Vine lo más pronto posible Teniente, el tráfico está de locos a esta hora, dígame ¿Tenemos algo?—
—Pues no mucho Jiménez, ninguna huella visible, el forense analizará los rastros de sangre y estamos buscando rastros de cabello o de piel en las uñas del Padre— dijo Sánchez, que en ese momento reparaba en algo.
—Dígame Jiménez ¿Cómo se hizo esa herida en la mano?
— ¿Cuál?—dijo Jiménez llevándose la mano hacia la cara. ¿Ésta? No me di cuenta en que momento me la hice, quizá con la puerta del coche.
Era una herida como de 2 centímetros, que se veía hinchada pero que no sangraba.
— ¿No sé en que andaba el Padre, pero como que su lectura no va con lo que predica no creé?— cambió de inmediato la conversación
—Exorcismos y sectas satánicas, creo que andaba tras algún demonio, ¿Cree que tenga relación con los demás asesinatos?—dijo llevándose la mano herida hacia atrás de su cuerpo.
—Pues, por lo pronto conocía a la última victima y por lo que me dijiste anoche desde hace bastante tiempo, además él encontró el cuerpo. Quien lo haya matado sabia que vendría a verlo y a que hora lo visitaría, se adelantó a mi por lo menos 30 minutos— dijo Sánchez con tono de enojo.
—Regresemos a la central ¿Tienes los informes de las fibras y el disco duro de la segunda victima?
—Creo que lo de las fibras tardará por lo menos 5 días y el disco duro lo tengo en mi auto—contestó Jiménez que no dejaba de mirar la cara de horror del sacerdote.
—El Procurador debe estar metido en problemas, ahora que le dirá a la prensa, mujeres desconocidas mueren a diario pero no todos los días matan a un cura, y de esa manera menos—dijo Jiménez sin quitarle la mirada al cadáver.
—Ahora vayamos a la central, necesito analizar ese disco duro, que me manden esos libros después que los analicen y que le curen esa herida, lo veo en mi oficinal— dijo Sanchez.
Sánchez salió apurado de la Iglesia, como si algo lo estuviera persiguiendo. Subió a su auto y esta vez arrancó a la primera. El caso se estaba poniendo cada vez más difícil. ¿Por qué mataron al Padre?

lunes, noviembre 13, 2006

Sánchez. Capítulo V.


Jiménez paró de golpe frente a la jefatura, un edificio viejo de estilo colonial, en la entrada estaba colocada la clásica estatua de Benito Juárez con una placa que contenía la trillada frase,”Entre las naciones como entre las personas, el derecho al respeto ajeno es la paz”.
—Pues aquí lo dejo Teniente, voy a buscar la computadora y luego al laboratorio a llevar esas fibras, lo veo más tarde —dijo poniéndose sus lentes oscuros.
—Gracias, yo tengo que ver esos resultados y luego ir a ver al cura ¿Mi auto lo trajeron para acá? —dijo cerrando la puerta.
—No se te olvide la lista de los médicos.
—Claro que no, su auto debe de estar en el estacionamiento de la planta baja — dijo Jiménez, luego arrancó a toda velocidad.
Sánchez entró en la Jefatura, como siempre mucha gente en el lugar, una larga fila en el departamento de robos y otra más, por desgracia, en la de delitos sexuales, sabía que ni el 10% de esos delitos se iba a resolver y un nudo se le hizo en la garganta.
—Espero que mi caso no sea de los desafortunados —pensó, mientras subía los escalones que lo llevarían a su oficina.
Al final de la escalera, estaban las oficinas de los detectives del departamento de homicidios, las oficinas administrativas y las del Procurador de Justicia de la ciudad. Caminó hacia la suya cerca del final del pasillo, estaba a punto de abrir la puerta cuando oyó un grito a sus espaldas.
— ¡Sánchez! ¡Lo quiero ver en mi oficina, pero ya! Era el procurador Gallardo que lo llamaba. Ya se imaginaba para qué lo quería y por qué sonaba tan enojado.
Sánchez dio vuelta y se apresuró, apenas cruzó la puerta sintió una fuerte tensión en el ambiente.
—Sánchez, cierre esa puerta —dijo el procurador con tono serio— . Lo he visto en la mañana en las noticias y por lo que pude ver el asunto es grave ¿verdad?
—Pues la cosa esta así, Señor Procurador, tenemos un asesino en serie, lo más seguro es que vuelva a asesinar. Anoche me topé con él y la verdad no sé como sigo vivo, creo que quiere jugar conmigo, pienso que me dio por muerto.
—Si, es verdad, supe que lo hirieron y me alegra verlo bien —dijo el Procurador que en ese momento descolgaba su teléfono.
—Pero necesito dar un informe a la prensa que me esta presionando y no sé que carajos les voy a informar —dijo el Procurador con el auricular en la mano, mientras marcaba.
—Dígales que la investigación sigue su curso, la vigilancia será reforzada y que la gente esté alerta, se debe evitar salir sola por las noches, sobre todo las mujeres. Es lo único que se me ocurre por ahora, lo que se ha estado diciendo, como quiera no tengo nada concreto aún — dijo Sánchez pensativo.
—¿Si bueno? ¿La redacción de TV Azteca?, habla el procurador, es con respecto a los últimos acontecimientos.
Sánchez no se quedó a ver que el procurador terminara la llamada, se levantó y con señas se despidió de él, necesitaba llegar a su oficina y echarle un ojo a los resultados de las autopsias.
Sobre el escritorio se encontraban dos carpetas gruesas color beige, con sólo mirarlas Sánchez se dio cuenta que esto le tomaría bastante tiempo, por lo que se paró a buscar un café. Ya no escuchó al procurador, para colmo la cafetera no calentaba bien.
“¡Esto sabe a mierda!”, dijo y lo volvió a echar a la jarra.
Ya de regreso a su escritorio abrió la primera carpeta, Martha Arellano Cruz, soltera de 25 años decapitada, pezones y clítoris cercenados, posible arma un bisturí. Causa de muerte: hemorragia masiva. Había sido decapitada después de muerta, por lo que el asesino esperó bastante tiempo antes de que se desangrara por completo disfrutando su sufrimiento, ningún rastro de violación, ni de que haya peleado por su vida, lo más probable era que conocía al agresor o la tomó por sorpresa, durmiendo.
Se quedó viendo las fotografías del lugar de los hechos, manchas de sangre y fluidos por toda la cama. Los acercamientos de la cabeza putrefacta hallada después sin la lengua y con los orificios donde deberían estar sus ojos ahora se encontraban llenos de lo que parecía ser pus o gusanos. Se sentía asqueado y a la vez impotente por no poder atrapar al psicópata responsable de estos ataques, y lo peor de todo, sabía que mataría otra vez.
Sánchez revisó el caso de la segunda victima, la misma situación, ninguna evidencia, ningún móvil, ninguna relación aparente entre las victimas, no se conocían, una vivía al norte de la ciudad y la otra en el oeste, en lo único en que se parecían era que las dos eran solteras, sin hijos y vivían solas, en eso se parecían también a la tercera victima.
Sánchez recordó el asunto de las computadoras, la tercera victima tenía una, así como la segunda, la primera no tenia en su casa pero en su trabajo perdía mucho tiempo en ella y sea lo que fuera lo que hubiera en los discos el asesino estaba tratando de deshacerse de ellos. Sánchez se sentía cerca del criminal, sólo había que revisar el disco duro de la computadora de la segunda victima y entonces lo tendría.
Sanchez dejó las fotos de los brazos y las piernas desmembrados de la segunda victima sobre su escritorio y se dispuso a salir. “Tengo que ir a ver a ese cura”, se dijo.
Bajó casi volando las escaleras y se dirigió al estacionamiento que se encontraba en el sótano del edificio, Por algún motivo el alumbrado fallaba, algunas lámparas parpadeaban y otras no encendían.
—¡Y ahora donde carajos quedó mi auto! —gritó.
Escuchó el eco de su grito rebotar en el lugar, había más silencio que en un cementerio. Caminó hacia la parte trasera en busca del auto, sus pasos se escuchaban por todo el estacionamiento, pero de pronto escuchó más pasos detrás de él. Volteó, pero no vio a nadie.
—¿Hay alguien ahí? — volvió a gritar.
Siguió caminando, ahora un poco más rápido, hasta que pudo ver su auto al fondo. Detrás de él, alguien se acercaba. Buscó las llaves dentro de los bolsillos del pantalón, las sacó de inmediato y corrió hacia su auto sin voltear. Abrió la puerta y cerró con fuerza. El motor no arrancó enseguida, al siguiente intento, el motor encendió dando un rugido que retumbó en todo el lugar. Encendió las luces y el lugar se iluminó casi por completo.
Miraba atento para ver quien lo seguía, pero no vio a nadie. Puso a andar su auto y se dirigió a la salida. Por el espejo retrovisor le pareció ver una sombra y frenó de golpe, su corazón le latía a mil por hora. Salió del auto y desenfundó su pistola.
— ¡Alto ahí o le vuelo la cabeza! —gritó —apuntó a la oscuridad, pero de nuevo no halló a nadie. Sólo alcanzaba a escuchar sus propios latidos y el ruido del motor.
Se quedó parado por un momento, respiraba con dificultad. Hasta que pudo recuperar el aliento guardó el arma.
“Debo de estar quedando loco”, pensó cuando subía al auto y arrancaba de nuevo.
Mientras, en la oscuridad se deslizaba una sombra dentro de otro auto y después de un rato también abandonó el lugar.
El camino hacia la iglesia no era muy largo, pero con el tráfico de la ciudad por lo menos tardaría quince minutos. Encendió la radio y buscó alguna estación que le agradara, después de sintonizar dos estaciones, una de música clásica y otra de música electrónica, decidió apagarla mejor. Abrió la guantera y sacó una cinta con una etiqueta que decía “METAL DE LOS OCHENTAS” y lo puso a tocar.
“¡Esta si es música!”, dijo y le subió el volumen.
La Iglesia del Sagrado Corazón, le traía malos recuerdos, aún recordaba que de niño y aún a principios de su adolescencia, su madre lo obligaba asistir a misa. Como aborrecía la confesión, pero lo que más odiaba era el lugar en si, la iglesia era viejísima, a la hora que fuera, lucía muy oscura. Al final cerca del altar se hallaba un féretro de cristal, donde yacía un Cristo de tamaño natural, ensangrentado, con una corona de espinas real que durante las fiestas del patrono de la ciudad sacaban para pasearlo por las calles. La gente se arremolinaba para poder besarlo o tocarlo, gente venía de lugares muy lejanos para poder tener esa dicha, para obtener un milagro.
El Padre Vicente tenía en esa iglesia, por lo menos treinta años y tampoco le traía buenos recuerdos, de aspecto rudo y carácter fuerte el sacerdote era respetado por toda la ciudad. Tenía fama de muy caritativo, de ser un trabajador incansable. Era muy querido y solicitado. Sobre todo por las mujeres que lo encontraban atractivo. A pesar de sus sesenta años lucía fuerte y eso se lo debía al gusto por el ejercicio. Pero siempre le tuvo miedo y nunca le perdonó el que lo obligara a besar al Cristo ensangrentado, que parecía tan real que todavía se le aparecía en sus pesadillas.
Se encontraba en medio de toda esa gente que lo empujaba y apretaba, sentía que se asfixiaba, gritaba pidiendo ayuda; volteaba a ver hacia el Cristo que lo miraba y luego le tendía su mano ensangrentada, pero las personas lo seguían apretando hasta que no podía más y lo soltaba. Despertaba gritando o llorando.
“Era como besar a un muerto”, le contó alguna vez a su madre.
Por fin llegó a la iglesia y se estacionó cerca del enorme atrio. La puerta de madera era grandísima, reforzada con adornos de hierro. A Sánchez le parecía más bien que era la entrada de una prisión medieval. Dio un paso hacia adentro y de inmediato se oscureció. Miles de velas a los pies de las imágenes sagradas del lugar, eran la única iluminación. El olor a viejo le llenó las fosas nasales y no evitó estornudar.
Sin querer apagó unas velas que apenas si iluminaban a San Judas Tadeo y el eco de su estornudo se escuchó hasta el ultimo rincón. Recordó los días que iba a pedirle que lo ayudara a encontrar al asesino de su padre, aunque después le agradeció que no lo hubiera hecho. Casi al fondo, unas señoras vestidas de negro hacían fila para confesarse y hasta el final estaba la puerta que conducía a las oficinas del Padre Vicente.
Al lado de la puerta se hallaba sobre un altar, el féretro del Cristo que tanto miedo le daba en su niñez. Las escaleras estaban forradas con alfombra color rojo. En cada esquina había un florero, con tantas flores que mezcladas con el olor a humedad podían olerse hasta la entrada. Dos grandes velas eléctricas iluminaban el rostro ensangrentado, sintió como se erizaba el pelo de su nuca.
Caminó hasta la oficina, llamó tres veces y esperó a que le contestaran, no escuchó ninguna respuesta. Volvió a llamar, esta vez con mayor fuerza.
—Padre, soy el Teniente Sanchez, vengo a hablar con usted— gritó.
Un silencio sepulcral inundó la iglesia, todos voltearon a ver a Sánchez que tenía el puño levantado para volver a tocar la puerta.
—¿Alguien sabe si se encuentra el Padre Vicente? —le dijo a la gente que lo miraba con temor.
Pero nadie contestó, sólo una mujer asintió con la cabeza por lo que volvió a tocar, otra vez no obtuvo respuesta. Se alejó un poco y con todas sus fuerzas pateó la puerta para abrirla. El Padre Vicente si se encontraba en su oficina, pero no estaba vivo.

domingo, mayo 21, 2006

Sánchez. Capítulo IV.

Sánchez abrió los ojos, una fuerte luz lo iluminaba, se encontró con la cara de Jiménez que lo veía consternado.
— ¿En donde estamos?—preguntó con voz cansada.
— En el Hospital General—oyó decir a lo lejos.
— ¿Qué me pasó? ¿Por qué estoy aquí?—
—Va a estar bien Teniente, sólo fue el golpe—sonrió Jiménez que le daba una palmada en la mano ¡Pero qué susto me dio!
Sánchez quiso levantarse pero una punzada en la nuca lo detuvo— ¿Pero qué demonios sucedió?—insultó a lo bajo sobándose la nuca.
—Es mejor que descanse Teniente, mañana lo pondré al tanto— se despidió Jiménez que cerraba la puerta.
Tras de él, entró una enfermera que con cara sonriente sostenía una enorme jeringa.
—Le voy a inyectar un tranquilizante para que descanse—le dijo. Que sueñe con los angelitos.
No supo cuanto tiempo transcurrió. Para él ni cinco minutos, abrió los ojos.
—Ese tranquilizante no me hizo nada—pensó.
El cuarto estaba en la oscuridad total y había un silencio tan grande que podría oír la respiración de una hormiga, la cama la sentía como si fuera un témpano de hielo. Se quiso levantar pero no le respondía ninguna parte de su cuerpo, de pronto escuchó pasos que venían lejos y que poco a poco se hacían más fuertes. De pronto los pasos se detuvieron, la manija de la puerta se movía y esta se abrió como en cámara lenta. No podía ver quien era la persona pero si podía sentir su mirada. Podía escuchar su respiración agitada. En ese momento empezó a acercarse y fue al fin que pudo verlo. Una persona alta vestida como doctor y con tapaboca se le acercaba. En la mano derecha tenia un bisturí. Quiso gritar y preguntar quién era pero parecía que estaba congelado. Iba a abrir la boca cuando la persona lo atacó. Sintió como le cortaban de un tajo el vientre. Aún así no podía ni gritar ni moverse. Recibió otro corte en el cuello y un chorro de sangre salió disparado de su yugular, esta vez gritó con todas sus fuerzas ¡Que alguien me ayude!
— ¡Teniente, despierte! — le gritaba Jiménez.
—Es sólo una pesadilla— le habló quedo tratando de calmarlo.
—Cálmese y vístase, lo invito a desayunar tenemos mucho de que hablar— y salió de la habitación.
Sánchez se incorporó con lentitud. Estaba empapado en sudor y la cabeza le daba vueltas. No aguantó el mareo y se puso a vomitar. “¡mierda! pero que mal me siento”, se dijo así mismo, pero aún así se levantó y caminó tambaleándose hacia la percha donde colgaba su ropa. Dejó caer la bata a sus pies quedando desnudo cuando se abrió de improviso la puerta.
—Disculpe usted Teniente, no esperaba verlo levantado—dijo la enfermera apenada que enseguida volteó la cara.
—No, no, no hay cuidado—tartamudeó Sánchez aún más apenado subiéndose rápido los boxers.
—Ya me siento mejor y la verdad no puedo esperar más, tengo muchas cosas que hacer—siguió diciendo Sánchez colocándose el pantalón.
—Pero aún no ha firmado su alta el Doctor Estrada—aclaró la enfermera.
—Pues le agradezco mucho su preocupación señorita pero yo me largo, muchas gracias por todo— respondió Sánchez vistiéndose, le guiñó un ojo y cerró la puerta.
Jiménez lo esperaba dentro del auto a la entrada del hospital, en cuanto lo vio le tocó el claxon, Sánchez le hizo una seña de que ya lo había visto y se dirigió hacia él.
—OK, dime todo lo que sabes—interrogó Sánchez dejando caer todo su peso en el asiento.
—Claro que si Teniente, no coma ansias, en el camino le digo—musitó poniendo en marcha el auto y salía a vuelta de rueda de aquél lugar.
— ¿A dónde quiere ir a desayunar, Teniente?—preguntó encendiéndose un cigarrillo.
—A donde sea, no me importa, de todas maneras me siento mareado no creo poder comer nada, pero no me la sigas haciendo de emoción y dime de una vez por todas que carajos sucedió—replicó un poco desesperado.
Jiménez le dio un buen jalón al cigarro y después de sacar todo el humo por fin le dijo.
—Pues en realidad no sé qué decirle Teniente; no sabemos que fue lo que sucedió en realidad; usted tardó demasiado en salir que no supe que hacer; le grité pero no me respondió y cuando me decidí entrar lo encontré tirado en un charco de sangre, por un momento pensé que estaba muerto.
— ¿Pero quién me atacó?
—No encontré a nadie en la habitación, cometimos un grande error, no reparamos en que ese edificio tiene escaleras de emergencia por si hay un incendio, su atacante huyó por la ventana—confesó Jiménez mientras veía el retrovisor.
—Parece ser que el que lo atacó sólo entró a despedazar una computadora—reveló un tanto extrañado.
— ¿Una computadora?—preguntó Sánchez aún más confundido sobándose la cabeza.
—Se llevó el disco duro, lo demás lo hizo añicos—reveló Jiménez cuando se estacionaba frente a un puesto de tacos y tortas.
— ¿Seguro que no quiere nada teniente?—volvió a preguntar bajándose del auto.
—No, pero te acompaño con un café—contestó.
Los dos se dirigieron hasta el fondo del local, era muy pequeño pero limpio, las mesas y sillas eran de plástico, en las paredes colgaban fotos de jugadores de fútbol algo maltratadas.
—Mire teniente, el Cabrito Arellano—exclamó Jiménez emocionado al reconocer a su ídolo, Sánchez ni se inmutó. Se sentó e hizo señas a la mesera, que enseguida se acercó.
—Por favor un café bien cargado—ordenó Sánchez.
—Y para mí una torta de chorizo, también bien cargada y su respectiva Coca Light, para la dieta—bromeó Jiménez.
—Enseguida se los traigo— dijo la mesera que no paraba de sonreír.
—Bueno Jiménez, dime ¿Encontraron alguna pista en la escena del crimen?— preguntó volteando a ver a la mesera cuando se alejaba.
—No, ninguna, tampoco en el departamento de la víctima —contestó Jiménez que tampoco dejaba de ver a la mesera, quien para su mala suerte en ese momento los volteaba a ver.
— ¡Vaya, nos ha visto! —suspiró Jiménez muerto de la pena.
— ¿Y qué sabes de la hermana de la segunda víctima, ya te comunicaste a Francia? —inquirió Sánchez que le regresaba la mirada a Jiménez como si nada.
—Pues hasta ahora no hay noticias de ella, parece que se la tragó la tierra—ahora Jiménez fijaba su vista en las fotos de fútbol.
—Por cierto me dijo el forense que mandó el resultado de las autopsias, deben estar en su escritorio en este momento— añadió.
—Averiguamos también que la última víctima tampoco tiene familia, era huérfana, se crió en un orfanato en el estado de Guerrero.
—Pues te apuras a desayunar y nos vamos a la jefatura, además tenemos que ir a ver al cura, necesito hacerle algunas preguntas.
— ¿Sabes si se revisó la casa de la segunda victima? —indagó Sánchez con cara de que se le había olvidado algo importante…
—Pues se registró la casa, se buscaron huellas digitales sin encontrar nada raro, lo más extraño fue lo que hallé cerca de la entrada cuando estuve listo para abandonar el lugar, encontré unas fibras de color rojo, parecen de alguna alfombra, busqué en todo el departamento y no encontré nada de ese color — respondió Jiménez que veía a la mesera cuando regresaba con sus bebidas.
—Y dime Jiménez ¿de casualidad recuerdas haber visto alguna computadora en el departamento?— inquirió Sánchez antes de darle un buen sorbo a su café y agradecía a la mesera con una sonrisa.
Ésta vez ninguno de los dos volteó a verla y ninguno se percató que ella si los miraba.
— ¿Sabe Teniente? Ahora que lo menciona, si hay una computadora pero no estaba a la vista, estaba empacada dentro del closet— reveló Jiménez que ahora buscaba con la mirada su torta que no llegaba.
—Pues manda a buscar esa computadora, me parece que podemos encontrar algo interesante ahí, estoy seguro que las fibras las dejó alguien que fue a buscar esa computadora y no la encontró, estoy seguro que quiso deshacerse de ella como sucedió con la última víctima, también necesito que mandes a examinar esas fibras, me parece que estamos cerca de ese mal nacido—ordenó Sánchez que daba otro sorbo a su café.
— ¡Por fin mi torta!— prorrumpió Jiménez que la veía venir como si fuera la última del planeta.
—Pues ojalá y sea pronto por que lo más seguro es que vuelva a asesinar— dijo Jiménez que mordía la torta casi hasta la mitad, ¡ummm! …

sábado, abril 15, 2006

Sánchez. Capítulo III.

Se detuvo justo en frente de dos patrullas que bloqueaban la calle oscura donde se hallaba el cuerpo. El lugar estaba repleto de periodistas y gente curiosa. Se estacionó detrás de una patrulla. Aún no se había bajado de su auto cuando, una avalancha de reporteros lo rodeó.
—Teniente Sánchez ¿Es verdad que el reciente asesinato tiene que ver con el de las dos mujeres asesinadas de manera brutal?—preguntó una reportera que por poco le pica un ojo con su micrófono.
—No señorita, no es verdad—masculló Sánchez esquivando más micrófonos y cerraba la puerta de su auto.
— ¿Por qué no quieren que se sepan sus nombres? La gente de la ciudad tiene el derecho de saber—preguntó desde atrás un reportero.
—Señores ya les dije mil veces que no queremos que se entorpezcan las investigaciones. No haremos declaraciones que sólo contribuyan a que el miedo se apodere de esta ciudad, que de por si vive ya angustiada por la ola de asaltos y secuestros—contestó Sánchez ahora de mal humor.
—Pero, debemos prevenir a la ciudadanía ¿no cree?—preguntó otra señorita desde atrás.
—Por favor, háganse a un lado, necesito pasar—gruñó Sánchez, que echaba humo de coraje.
Sánchez se abrió camino casi a empujones. Adelante estaba Jiménez, de pie junto al cuerpo tomaba fotos. No fue hasta que estuvo a su lado que éste se percató de su llegada.
—Disculpe Teniente, no me había dado cuenta que ya estaba aquí.
—No hay cuidado Jiménez, esos idiotas de la prensa me detuvieron, pero… veamos el cuerpo.
Jiménez destapó el cuerpo que estaba a sus pies.
—¡Dios Santo! ¡Pero qué demonios ha pasado aquí! ¡Esto es…!—Sánchez no terminó la última palabra, lo que tenía ante sus ojos no podía ser real.
En el piso se encontraba el cuerpo de otra mujer. Desnuda, con el tórax abierto. En la mano izquierda le colocaron su corazón. Colgado del cuello se encontraba su intestino.
—Eso no es todo, tiene que ver esto—señaló Jiménez—, al mismo tiempo que le abría la boca. Le han desprendido toda la dentadura, diente por diente.
— ¡Pero qué clase de asesino!—murmuró Sánchez.
—Dime Jiménez, ¿Tenemos testigos?
—No, ninguno.
—Y… ¿Quién encontró el cuerpo?—preguntó Sánchez encendiéndose un cigarrillo.
—Fue el padre Vicente él quien dio parte a la policía. Se veía muy contrariado. Dijo conocerla desde pequeña.
— ¿El Padre Vicente? ¿Ya lo interrogaron?—preguntó Sánchez sacando el humo del cigarro por la nariz.
—El Padre Vicente se negó a declarar, pero dijo que si necesitaban su declaración estaría toda la mañana en el despacho de la parroquia—contestó Jiménez y le alcanzó una hoja donde anotó el horario de labores del Padre.
— ¿Pero por qué lo dejaron ir?—preguntó Sánchez un tanto contrariado.
—Por favor Sánchez, se trata de un sacerdote, después de lo que ha visto esta noche no quise entretenerlo más ¿No creerás que tiene algo que ver con…?
—¡Claro que no! Pero tiene que explicarme que rayos hacia por aquí tan tarde ¿No crees?
Sánchez se dio un respiro. Se acomodó el pelo, luego como si hubiera recargado baterías continuó con la investigación.
— ¿Ya identificaron a la victima?—preguntó Sánchez volviendo la mirada hacia el cuerpo.
—Se llamaba María Candelaria Sosa Hernández. Tenía veintisiete años, soltera. Vivía en un edificio de departamentos a sólo dos cuadras de aquí.
— ¿Ya avisaron a su familia?— preguntaba Sánchez que miraba a la muchacha con gesto de preocupación.
—No, hasta ahora no hemos dado con ningún familiar, pero estamos investigando—contestó Jiménez—, apoyando su mano en la espalda de Sánchez como queriendo reconfortarlo.
—¿Ya saben la hora del deceso?—preguntó Sánchez agachándose a inspeccionar el cuerpo.
—No tiene más de dos horas muerta—decretó el forense que tomaba fotos de los intestinos enredados en el cuello de la muchacha.
— ¿Tenemos el arma homicida?— preguntó Sánchez abriendo una vez más la boca de la mujer y echaba un vistazo.
—Ningún rastro teniente—volvió a decir el médico quien ahora tomaba fotos del corazón.
—Lo que si puedo asegurar que se trata del mismo tipo de arma que los otros asesinatos. Una de bastante filo quizás un bisturí. Lo que nos indica que el asesino podría ser un cirujano con un conocimiento muy amplio de anatomía humana, pero en esta ciudad debe de haber miles, sin contar a los pasantes de medicina—concluyó.
—Este debe ser de los mejores, hace su trabajo con una limpieza y rapidez insólita— murmuró Sánchez que se levantaba.
—Investiga los nombres de los mejores médicos cirujanos de la ciudad, quizá tengamos que entrevistarlos.
— ¿Jiménez, dices que la muchacha vivía cerca de aquí?—
—Así es teniente, en el edificio de allá— apuntó Jiménez señalando hacia adelante.
—Quiero que me acompañes a su departamento— ordenó Sánchez y luego se dirigió a los demás.
—¡Que busquen por todos lados! Debe de haber alguna huella, no puede ser que no deje ningún rastro, alguna vez tiene que equivocarse, ¡vamos muchachos! Quiero que no descansen hasta que me den una buena noticia.
Caminaron hasta el edificio de departamentos, la puerta de la entrada se encontraba caída de lo podrida que estaba. A la izquierda se encontraban las escaleras que conducían a los pisos superiores. El lugar estaba casi a oscuras. Un foco que apenas iluminaba, colgaba del techo lleno de telarañas. Debajo de las escaleras se encontraban bolsas acumuladas llenas de basura y se podían ver ratas y cucarachas en las mismas. El olor era tan penetrante que Sánchez tuvo que cubrirse la nariz.
— ¿Quién puede vivir en una pocilga como ésta?— preguntó Jiménez.
— ¿Sabes en que número vivía?— inquirió Sánchez intentando ver los números que apenas se distinguían en las puertas grasientas.
—Es en el tercer piso, numero 377—respondió Jiménez, que sacudía el pie como queriendo quitarse algo que tenia en la suela de sus zapatos.
—Subamos entonces—apuró a decir Sánchez sacando su linterna para darse un poco más de luz.
El segundo piso se veía un poco más limpio pero el olor a podrido seguía siendo el mismo. Al final del pasillo se encontraba un departamento abierto donde se escuchaba música de los Tigres del Norte. Gritos de hombres intentando cantar (que por el tono de su voz podía adivinarse que se encontraban ebrios) y además el ruido de las botellas y vasos que chocaban a la hora de brindar.
—No se que sea peor, si la música o el olor— repeló Jiménez.
Pero Sánchez no lo escuchó. Él seguía subiendo las escaleras como si en realidad supiera en donde se encontraba el departamento. Al llegar al tercer piso los dos se quedaron viendo.
— ¿Izquierda o derecha?— preguntó Sánchez.
—Pues la puerta de enfrente dice 407, debe estar a la izquierda— dijo Jiménez y se dirigió hacia la izquierda
—Debe ser la última de allá— señaló Sanchez apurado.
Los dos sacaron sus armas y se dirigieron hacia la última puerta que era de color negra, estaban a un paso cuando oyeron un ruido que venia desde el otro lado del pasillo, los dos se quedaron quietos pero ya no escucharon nada.
—Abre la puerta Jiménez, date prisa—susurró Sánchez desesperado.
—Acabo de darme cuenta que no es este el departamento, éste es el número 437— confesó Jiménez un poco apenado.
—Entonces el que buscamos es el último del otro lado, donde se escuchó el ruido— vociferó Sánchez apresurando el paso hacia el otro lado del pasillo.
Jiménez lo seguía cuando de pronto, Sánchez se detuvo de golpe.
—¿Qué pasa? ¿Por qué se detiene Teniente?—
—La puerta se encuentra abierta—murmuró Sánchez en voz baja. Creo que alguien está ahí, sígueme sin hacer ruido.
Se acercaron poco a poco a la entrada del departamento. El lugar estaba en la oscuridad total. El cuarto estaba en silencio. Jiménez se puso a un lado de la puerta y Sánchez del otro. Se quedaron quietos para ver si podían escuchar algo.
—Espérame aquí—ordenó Sánchez ingresando pistola y linterna en mano.
Delante de él se encontraba un pequeño pasillo. Al fondo una puerta que conducía a la recámara, a la derecha un librero con una televisión y equipo de sonido con una silla mecedora enfrente. A su izquierda estaba el comedor y la cocina. Avanzaba con cuidado. Alumbró hacia la cocina. En el lavabo había un cerro de trastes sucios y olía a rancio. No había ninguna salida ni ventana por ese lado, siguió hacia la recámara y abrió la puerta poco a poco…

domingo, marzo 05, 2006

Sánchez. Capítulo II.

Eran las dos de la mañana cuando el teniente Sánchez oyó sonar su teléfono celular. Por muchas noches, temió recibir esa llamada, estaba dentro de sus pesadillas. Gritos espeluznantes de mujeres gritando por ayuda.
Atraviesa un bosque a oscuras, no puede ver más allá del alcance de sus manos. A lo lejos gritan su nombre. Cada vez con más fuerza y más cerca. Conforme avanza se hunde en un liquido espeso y caliente. Con cada paso se hunde más y más. El líquido empieza a meterse a su boca, nariz y oídos. Siente el sabor amargo de la sangre en su garganta. Intenta nadar pero es inútil, se ahoga sin poder evitarlo. Despierta bañado en sudor, algunas veces se descubre llorando, otras veces sus propios gritos lo sacan de las profundidades de su sueño.
— ¿Si diga?
— ¡Teniente Sánchez! ¡Tiene que venir! ¡Ha ocurrido otra vez!—se escuchó del otro lado de la línea.
— ¿Dónde ha ocurrido?—preguntó Sanchez—que buscaba la hora en su despertador.
—En la calle 16 cerca de la Iglesia del Sagrado Corazón—era Jiménez, su compañero investigador.
— ¡Voy para allá! Pero dígame Jiménez ¿Cómo saben que es el mismo?
—Teniente, no quiero hablar de esto por teléfono. No creo que exista otro asesino como éste. Es más, no creo que pueda volver a dormir sin tener pesadillas. Venga pronto y prepárese, éste ha sido el peor—y colgó.
Sánchez se quedó acostado por un momento. Trató de convencerse así mismo que no es más que un sueño. Pero estaba equivocado. No era otra de sus pesadillas. Tras colgarse su placa, tomó su pistola que tenía bajo la almohada y se vistió.
José de Jesús Sánchez, hombre mediano de treinta y cuatro años, moreno de cabello rizado y negro, de mirada seria y triste, nació en la ciudad de Teziutlán estado de Puebla, de familia muy humilde. Su padre emigró con toda la familia a la ciudad de México en busca de una mejor vida para sus hijos y esposa, murió asesinado por resistirse a un asalto a la salida de su trabajo.
Sánchez y su madre que lo esperaban a una esquina de su trabajo lo vieron todo. No pudo defenderse. Uno de los asaltantes lo tomó por la espalda, el otro hundió su cuchillo tantas veces que se bañó con su sangre. El dinero no pudieron arrancárselo de sus manos que se aferraron tanto a los pocos billetes que tenía, que fue difícil para los forenses después enderezar sus dedos a su posición natural.
Desde ese día juró que no descansaría hasta encontrar a los asesinos y vengarse, pero no sucedió así. Su madre lo convenció para que estudiara y fuera alguien de provecho. Se dio cuenta que la única manera para sobrevivir en la ciudad era estudiando. Se inscribió en la academia de policía. Desde ahí pensó que algún día se encontraría con los asesinos de su padre y los encarcelaría, algo que no pudo cumplir. En cambio, encarceló a muchos más, se convirtió en el mejor policía investigador del país. Cuando se encontraban con algún crimen difícil de resolver, siempre era a él al que llamaban. Su madre murió sintiéndose orgullosa de su hijo, por lo que con tanto esfuerzo logró, pero se quedó con las ganas de ver a su hijo casado y de ser abuela.
En el camino hacia la escena del crimen, Sánchez hacía un recuento de los asesinatos. El primero fue el de una mujer de veinticinco años. La encontraron en su apartamento. Desnuda, sin cabeza, atada de pies y manos. No fue violada pero le cortaron los pezones y mutilaron sus órganos sexuales. El arma probable, un bisturí. En el lugar no se encontraron huellas dactilares ni signos de pelea. En resumen, ningún rastro, sólo sangre, mucha sangre. Las investigaciones arrojaron la siguiente información: la chica se llamaba Martha Arellano Cruz. No estaba casada ni tenía hijos. En su trabajo nadie supo decir si tenía novio, ni que tuviera parientes en la ciudad. No tenía amigos y según los testimonios de sus compañeros de trabajo, a pesar de ser una mujer atractiva tenía un “no sé qué” que ahuyentaba a los hombres.
—Era mejor no acercarse a ella. Estaba siempre tan ocupada, clavada en su computadora— dijo su compañero—, que se sentaba en el cubículo próximo. Cosa que resultaba bastante rara para su jefe.
El gerente de aquella oficina de seguros declaró que ella siempre estaba atrasada en su trabajo, por lo que sospechaba que se pasaba horas perdiendo el tiempo navegando en la red o en las salas de Chat. Una práctica que no podía erradicar dentro de la empresa, pero de eso nadie estaba seguro.
La cabeza de la infortunada mujer fue hallada después envuelta en una toalla, sin lengua y sin ojos. Fueron unos niños los que la encontraron tan sólo a una calle de donde vivía. En un principio pensaron que era un animal muerto dentro de un basurero.
Sus vecinos tampoco ayudaron mucho, todos declararon que sólo la veían salir y regresar de su trabajo. Nadie la visitaba. La noche del crimen nadie oyó ni vio nada. En su departamento todo estaba en orden ni faltaba nada. Era un crimen perfecto no había ni por donde empezar.
—En cuanto reciba el informe del forense se pondría a investigar más a fondo—pensó. Pero luego vino el segundo asesinato, dos días después.
Ésta vez fue otra mujer. De casi sesenta años, soltera, maestra de profesión, aunque llevaba diez años de jubilarse. Fue encontrada en un basurero dentro de una bolsa. Su cuerpo desnudo se encontró cortado en pedazos. Los brazos, piernas y cabeza fueron separadas del tronco. No hubiera sido posible identificarla de no ser por el anillo de graduación que portaba.
Al igual que Martha, Josefa Martínez del Valle, no era casada ni tenía descendencia, vivía sola en la ciudad. Su vecina contó que nadie la visitaba, excepto su hermana, la cual vivía en Francia, pero que sólo lo hacía cada verano. Jiménez estuvo intentando contactarla sin éxito. Los números telefónicos que se encontraron eran de un hotel y el otro de una casa donde la hermana vivió y ahora nadie sabía de ella, sólo esperaban que en la embajada de México en Francia tuviera más suerte.
— ¿Quién pudo haber hecho esto?—. Se repetía Sánchez una y otra vez. En sus diez años de servicio no había vivido nada así. Éste era sin duda el peor caso.

Sánchez. Capítulo I.

Era una noche oscura, demasiado oscura. Se respiraba un fuerte olor a tierra mojada. Recién había llovido, un fuerte viento comenzaba a soplar. María caminaba sola hacia su casa. A pesar de lo que se leía en los diarios y se escuchaba en la radio no le importó abandonar la avenida principal para tomar un atajo por aquella calle desierta. Tenía prisa por llegar.
—¿Asesino serial en la ciudad? Eso sólo pasa en las películas—pensó. Ya no saben que decir en las noticias ¿No caminar sola por las calles? ¡Por favor!
Ella resolvió ir sola por aquella calle para llegar más rápido a su departamento. A lo lejos podía verse la vieja iglesia donde asistía todos los domingos. Recordó los sermones del Padre Vicente. Los últimos estuvieron cargados de una pasión desbordada. “El Apocalipsis estaba próximo” gritó a todo pulmón. Todos se quedaron viendo unos a otros confundidos. Borró todas esas imágenes y en su lugar apareció ella misma, tomando un baño caliente para después irse a su cama. El día había sido muy agotador. Sólo deseaba descansar.
— ¡Pobres mujeres!—pensó.
Nadie sabía como se llamaban las víctimas, la policía como siempre, ocultaba la información.
—Asesinatos siempre han existido en ésta ciudad, —se dijo así misma—pero hablar de que andaba un asesino en serie suelto en la ciudad le parecía un chiste de mal gusto.
Caminó más de prisa. Cuando saltaba los charcos de agua se veía reflejada en ellos. A lo lejos pudo ver las estrellas que intentaban rasgar las nubes negras con su brillo.
Estaba a tres pasos de la esquina cuando, de pronto, sintió un fuerte golpe en la cabeza. Un chorro caliente de sangre escurrió hacia sus ojos y boca. Volteó hacia atrás pero no pudo ver quien la atacaba. Quiso correr pero pisó mal y resbaló. El piso estaba muy mojado. Entonces gritó pidiendo ayuda, aunque sabia que nadie la podía oír.
— ¡Dios, Ayuda!
Se encontraba boca arriba, indefensa, cegada por la sangre. A merced de quien la estuviera atacando. Quiso ponerse de pie, pero una fuerte patada en la cara la regresó al suelo. Se arrastró como pudo tratando de alejarse. Se puso de pie apoyándose en una pared pintarrajeada de propaganda política.
Estaba desorientada, no sabía hacia donde correr. Entonces fue cuando sintió una punzada en la boca del estómago que poco a poco subió hasta su pecho. Un rayo iluminó el cielo en ese momento. El ruido del trueno opacó al de la carne que se desgarraba. Sintió un dolor insoportable. Estuvo a punto de desmayarse.
Apartó de sus ojos la sangre que le escurría. Entonces pudo ver a su agresor que en una mano sostenía un bisturí y en la otra lo que parecían ser sus intestinos. Escuchó la risa de su atacante. Era una risa infantil pero a la vez diabólica. Vio que su gesto era de satisfacción.
Pero la obra del asesino aún no estaba terminada. Faltaban unos cuantos detalles nada más. Abrió una pequeña maleta. El brillo de la luna se refleja en el metal.
Los charcos a su alrededor ya no eran de agua, ni reflejaban a las estrellas. Sangre corría entre las piedras. El único sonido de la noche era los aullidos de los perros. Anunciaban la llegada de la muerte.