domingo, mayo 27, 2007

La última cita



El quiosco de aquél parque estaba vacío. Cuando sentía que ya no podía más con las presiones del trabajo, siempre iba ahí a relajarse. Se sentó a tomar aire y a pensar un poco cuando un ruido lo sobresaltó, era el sonido de su teléfono celular. Lo dejó sonar varias veces hasta que por fin contestó. No supo por qué, pero sintió un poco de miedo. Estaba desconcertado pues no reconocía el número desde donde le llamaban.
—Si, diga —dijo con voz temerosa.
—Si quiere volver a ver a su esposa con vida, tiene que hacer lo siguiente —dijo una voz femenina al otro lado de la línea.
— ¿Es esto una broma?
—Esto es más serio de lo que usted cree—le dijo la voz.
— ¿Qué ha hecho con ella? No se atreva a hacerle algún daño o se arrepentirá. ¿Qué es lo que quiere?
—No quiero nada. Sólo quiero que me devuelva la vida, si es que eso es posible.
— ¿De qué me está hablando? ¿Nos Conocemos?
— ¿Ya no se acuerda de mi? ¿Es que tan rápido se olvida de sus pacientes?
Como psiquiatra en el Hospital de San Andrés había atendido a cientos de pacientes en los últimos años, en esos momentos no tenía ni la más mínima idea de quien se trataba.
— ¿Qué es lo que le hice? Si fue paciente mía debe saber que no existe ni una mancha en toda mi carrera.
—Cállese y escuche, lo espero en el Hotel Avenida, habitación 315. Sólo quiero que me escuche por última vez y entonces se podrá ir con su esposa y seguir su vida.
Tardó varios minutos en reaccionar. Pensó en hablar con la policía, pero no le pareció sensato. Tendría que ir y arreglar ese asunto. Su esposa podría encontrarse en un grave peligro.
¿De dónde sacó la fuerza y la valentía? No lo sabía, pero ahí estaba. Jadeando se acercó a la puerta y esta se abrió antes de que la tocara. La habitación se encontraba a oscuras, no podía ver nada.
—Cierre la puerta y siéntese en la silla de la entrada—dijo una mujer, que supuso se encontraba al fondo de la habitación.
Obediente, cerró la puerta quedándose a ciegas. Aún así sentía la mirada de aquella mujer, su voz se le hizo conocida, pero no recordaba a ninguna de sus pacientes.
— ¿Me va a decir que es lo que quiere ya de una vez? ¿Dónde está mi esposa?
—Su esposa estará aquí, no se preocupe. Cuando acabemos con este asunto la podrá ver, le doy mi palabra.
La voz ésta vez le sonó más familiar, pero seguía sin reconocerla.
—Soy todo oídos—le dijo.
—Hace diez años, cruzaba por una fuerte depresión. Tenía por lo menos un mes acudiendo diario a las citas. No sé si ese día estaba de mal humor, cansado o de plano harto de sus pacientes. A pesar de estar casi una hora escuchándome, su mente estaba en otro lado. Cuando terminé de hablar usted se quedó diez minutos sin decir nada. Cuando se dio cuenta que ya no seguía hablando…
En ese momento supo de quién se trataba. Era Mónica Ramírez, tenía en ese entonces quince años, sufría de un trastorno bipolar. Durante las sesiones que tuvo con ella se percató que muchas cosas que le decía eran parte de su imaginación. Inventaba cosas demasiado torcidas para la mente de una chica de su edad; él ya tenía experiencia en esos casos, le recetó unos tranquilizantes. Sus padres le habían dicho que estaba progresando, muy pronto se irían al extranjero…
— ¿Se da cuenta que en estos momentos no me pone atención? Precisamente por eso sucedieron las cosas, por que no sabe escuchar —dijo enojada.
—Discúlpame, ahora lo recuerdo, eres aquella chica tan triste, hija de Pedro Ramírez, pero dime Mónica, ¿Por qué piensas que yo eché a perder tu vida?
—No sólo echó a perder mi vida. Acabó con la de mis hermanos y con la de mis padres. Desde entonces no puedo descansar en paz. Usted no sabe por lo que he pasado todos estos años, viéndolos morir una y otra vez — gritaba.
— ¿Pero de qué me estás hablando? ¿Es otra de tus alucinaciones?
—La última noche que lo fui a ver, le platiqué como lo había hecho todas las veces que estuve en su consultorio, que las voces en mi cabeza me ordenaban a hacer cosas malas. Me decían que matara a mis hermanitos y a mis padres. Que si no los mataba, ellos me matarían a mí. Pero usted no me escuchó, le pedí un último consejo y ¿Qué fue lo que me contestó? — Mónica hablaba con la voz cada vez más quebrada por la furia.
—Ahora recuerdo, lo que digo a la mayoría de mis pacientes, “escucha tu voz interior y hazle caso”—dijo con toda la culpa impresa en sus palabras.
—Si me hubiera escuchado, nadie hubiera muerto, no me hubiera cortado las venas ¡No estaría muerta! —dijo esta vez llorando.
— ¿Qué? ¿Muerta? Tú no estás muerta, nadie está muerto, ¡Basta ya!— gritó.
En ese momento sintió que se le helaba la sangre, lo abandonó la fuerza y quedó inconciente.
Cuando por fin despertó. lo primero que vio fue a su esposa que lo miraba a los ojos.
— ¿Estás bien? ¿Para qué me querías ver aquí? ¿Qué fue lo que te pasó?— le dijo.
—Yo no te cité aquí, pensé que te tenían secuestrada—le dijo consternado.
Después de contarle lo sucedido, regresaron a su casa. Llamó a los familiares de la chica que le confirmaron lo que ya sabía. Mónica, había matado a sus padres y hermanos para después suicidarse, hacía ya diez años.
Ese día tiró a la basura el título de médico y huyó de su hogar, desde entonces vaga por las calles, buscándola. Quiere darle la paz que en vida no le pudo dar…

miércoles, mayo 23, 2007

Nuevos cuentos publicados.

Empezó el año bien con la publicación del especial de aniversario de Forjadores.net . Me publicaron por votación un cuento al que le tengo mucho cariño por que es de los primeros que escribi a petición de mi hija Esmeralda, "Inocencia". Deben checar la ilustración que me hizo mi buen amigo Sergio.

También en la tercera edición de Forjadores aparecen dos cuentos coescritos. "Encuentros" con un excelente escritor, Gonzalo Geller de Argentina. Y otro escrito con mi "hermano virtual" Hugo Juárez Hernández, "El monolito".

Disfrutenlos que yo me divertí mucho escribiéndolos.

jueves, abril 12, 2007

Cuento Publicado.

Se me había olvidado comentar que fui publicado en la Antología #2 de Forjadores con el cuento "Veni, Vidi, Vinci" , un cuento de futbol intergaláctico. Como siempre el PDF está de lujo y los cuentos están excelentes.

domingo, marzo 18, 2007

Sánchez. Capítulo VI.

No tardó en llenarse la iglesia de policías, gente curiosa, feligreses y periodistas. La noticia del asesinato del Padre Vicente se supo de inmediato. Sanchez se encontraba frente al cadáver con el rostro inexpresivo de siempre, no estaba horrorizado como la mayoría, pues a comparación de los últimos asesinatos este no había sido tan cruento.
El Padre Vicente se encontraba desnudo, amordazado y amarrado a su silla, un crucifijo le atravesaba la cabeza desde el ojo hasta la nuca, su otro ojo lo tenía abierto, su rostro era el retrato vivo del terror.
Su oficina no era muy grande pero tenía un librero del tamaño de la pared, todos los estantes estaban llenos de libros viejos y rollos de papel. Sobre su escritorio tenía la Biblia que estaba salpicada de sangre, estaban también en el escritorio otros dos libros, uno que se titulaba “Ritos de Exorcismo” y otro titulado “Sectas Satánicas en México”.
La computadora desapareció, en el lugar no localizaron ninguna huella de pelea, nadie vio ni escuchó nada raro.
— ¿Por qué no me sorprende nada de esto?— se dijo así mismo.
— ¿Pero qué nadie esta a salvo en esta ciudad?— escuchó decir detrás de él.
Era Jiménez que recién llegaba a la escena del crimen y que veía el cuerpo del Padre con un gesto de asco.
—Vine lo más pronto posible Teniente, el tráfico está de locos a esta hora, dígame ¿Tenemos algo?—
—Pues no mucho Jiménez, ninguna huella visible, el forense analizará los rastros de sangre y estamos buscando rastros de cabello o de piel en las uñas del Padre— dijo Sánchez, que en ese momento reparaba en algo.
—Dígame Jiménez ¿Cómo se hizo esa herida en la mano?
— ¿Cuál?—dijo Jiménez llevándose la mano hacia la cara. ¿Ésta? No me di cuenta en que momento me la hice, quizá con la puerta del coche.
Era una herida como de 2 centímetros, que se veía hinchada pero que no sangraba.
— ¿No sé en que andaba el Padre, pero como que su lectura no va con lo que predica no creé?— cambió de inmediato la conversación
—Exorcismos y sectas satánicas, creo que andaba tras algún demonio, ¿Cree que tenga relación con los demás asesinatos?—dijo llevándose la mano herida hacia atrás de su cuerpo.
—Pues, por lo pronto conocía a la última victima y por lo que me dijiste anoche desde hace bastante tiempo, además él encontró el cuerpo. Quien lo haya matado sabia que vendría a verlo y a que hora lo visitaría, se adelantó a mi por lo menos 30 minutos— dijo Sánchez con tono de enojo.
—Regresemos a la central ¿Tienes los informes de las fibras y el disco duro de la segunda victima?
—Creo que lo de las fibras tardará por lo menos 5 días y el disco duro lo tengo en mi auto—contestó Jiménez que no dejaba de mirar la cara de horror del sacerdote.
—El Procurador debe estar metido en problemas, ahora que le dirá a la prensa, mujeres desconocidas mueren a diario pero no todos los días matan a un cura, y de esa manera menos—dijo Jiménez sin quitarle la mirada al cadáver.
—Ahora vayamos a la central, necesito analizar ese disco duro, que me manden esos libros después que los analicen y que le curen esa herida, lo veo en mi oficinal— dijo Sanchez.
Sánchez salió apurado de la Iglesia, como si algo lo estuviera persiguiendo. Subió a su auto y esta vez arrancó a la primera. El caso se estaba poniendo cada vez más difícil. ¿Por qué mataron al Padre?

domingo, febrero 18, 2007

La Espera.


Cuando despertó en medio de aquella habitación, envuelto por una agobiante oscuridad, no podía explicar la angustia que le carcomía las entrañas. Le era imposible recordar cómo y cuándo llegó a ese lugar ¿Me habré quedado ciego?, pensó por un momento. Empezó a tantear el terreno, tratando de ubicarse. Llovía, las gotas caían sobre el techo metálico haciendo un ruido infernal. Había un olor desconocido e insoportable como si cientos de cadáveres hubieran sido apilados por siglos en ese lugar. Alcanzó a ver una pequeña rendija por donde se colaba un fino halo de luz. Caminó hacia ella, hipnotizado por su brillantez, como un insecto atraído por el destello de una lámpara. Se acercó gateando hacia la rendija para poder ver hacia afuera. Había un camino de tierra que se alargaba a la distancia y se perdía en el horizonte; las nubes grises se apretujaban entre sí quejándose con horribles estruendos. Un poco más allá, un paradero con una larga fila de gente esperando con el lodo hasta los tobillos. En sus caras mojadas sólo podía verse resignación y tristeza.
Una voz lo sobresaltó.
—¿Hace mucho que esperas?
La voz provenía del fondo de la habitación. Forzó la vista para ver quién era, pero no lo pudo identificar, era sólo una silueta deforme. Quizá ni siquiera estaba en el lugar y era un engaño cruel de su imaginación.
—No sé, no lo recuerdo, pero pareciera que llevo años aquí—contestó por simple inercia—. Luego volvió asomarse por la rendija.
—¿Es en serio? Yo tan sólo he estado unos días y ya quiero irme. Es insoportable la duda, esta negrura inmisericorde, el desfile de despojos humanos, ese maldito olor—dijo el extraño.
—Entonces eres real.
—Tan real como tú. Como todos los que ves allá, marchando como reses al matadero.
—¿ Y... adónde van?
—Por la cara de la gente no creo que sea un lugar mejor que éste. He visto que llega un transporte, alguien grita tu nombre y luego se marchan cuando estan llenos. Si no te mencionan, esperas que salga el viaje siguiente.Y así todo el tiempo.
— ¿Haz visto que salga alguien de aquí?
Hace un rato vi salir a dos que se ahorcaron. Uno de ellos se llamaba Judas por lo que pude escuchar.
—¿Pero cómo, por qué llegamos aquí?
—Ojalá lo supiera. Lo único que he descubierto es que estoy muerto y que debo tomar el siguiente viaje. No me importa adonde me lleve.
¿Muerto? , este hombre se ha vuelto loco, pensó.
—¿Cómo sabré que me llaman si no recuerdo mi nombre?
—Supongo que tendremos todas las respuestas cuando llegue el momento.
Al terminar de hablar oyó que su compañero de celda se puso de pie y caminó hacia la entrada, aproximándose a él.
—Me han llamado ¿Lo oíste?
Fue en ese momento, cuando lo tuvo cerca, que se percató que le faltaba la mitad de la cara. El hombre se detuvo, luego lo miró con el único ojo que le quedaba. La sangre, oscura y viscosa goteaba por su mejilla, sin llegar a caer, nunca, por toda la eternidad, parecía haberse detenido allí, como un signo de muerte en la muerte.
—No temas, al final fue decisión tuya estar aquí—le dijo al oído. Luego deslizó una barra de metal que atravesaba la puerta y salió al exterior.
Se quedó solo, observaba por la rendija como la gente subía a otro transporte. Todos en silencio ascendían cuando eran nombrados. Se imaginó el día que fuera su turno.
A veces palpaba su nuca, allí donde se había pegado un tiro, porque eso era lo que pensaba que había pasado, aunque no estaba muy seguro… no estaba seguro de nada. ¿Quién soy?, se preguntaba hasta el cansancio.
Cuando lograba quedarse dormido, un sueño recurrente lo volvía a despertar. En él podía ver a dos personas que parecían uniformadas, un uniforme que no conocía, quemaban su cadáver. De todas maneras, si no habían dicho su nombre, lo más seguro era que ya lo hubieran dejado ahí para siempre. No abandonaría ese lugar, no le importaba quedarse ahí, toda la eternidad. Temía más al lugar a donde se iban todos.
Escuchó más ruidos, gente que hablaba. Cada vez llegaban más y más personas a esa podrida habitación. Algunos se quedaban un rato e intentaban hacerle plática, pero mejor optó por refugiarse en un rincón. Al final siempre se quedaba solo, esperando por algo que no sabía si algún día se cumpliría. Cada hora que pasaba, para él era una tortura que se repetía sin parar, una especie de infierno personal confeccionado a su medida ¿Para qué desperté?, se decía una y otra vez.
Afuera, los camiones atestados de suicidas, salían cada vez con más frecuencia. Pero él permanecía ahí, enclaustrado, sin poder ir a ningún lugar. Ya no podía precisar cuanto tiempo había pasado, ni cuantas personas habían desfilado por esa sala de espera.
Un día, uno cualquiera, uno más, alguien gritó su nombre. Hacía mucho que no lo escuchaba, pero al oírlo lo reconoció y sintió un gran orgullo. Supo por fin quien era, cual había sido su misión en la vida. Dudó por un momento si salir o no, pero se armó de valor.
Se asomó por aquel agujero que había sido la ventana al exterior de ese infierno, el único sitio donde podía respirar sin sentir el hedor de su prisión. La carretera estaba vacía y en el parador reinaba un silencio mortal; no sabía cuánto tiempo había permanecido en ese estado: podrían haber sido años, como segundos, unos segundos dilatados por la duda. No tuvo más remedio que tocar la barra de acero y deslizarla hacia arriba para abrir la puerta. Sintió el frío de la lluvia interminable, el lodo que le llenaba los zapatos, por fin, después de esa larga incertidumbre, sabría su destino.
Se sorprendió cuando al ingresar al autobús tres personas lo saludaban mientras extendían el brazo derecho, pero al verlos, los reconoció de inmediato.
—¿Goebbels? ¿Borman? ¿Eva?
—Mi Fuhrer...
Una gran sonrisa se le dibujó en el rostro.
— ¿Dónde vamos?
Los tres se encogieron de hombros...

Cuenta regresiva.



Ernesto Colina, miró por última vez a su próximo blanco. Aquel rostro lleno de cicatrices y de mirada cruel, era Manuel Espinola, asesino a sueldo y culpable de varios ataques terroristas.
Tenía que volver al mes de Enero del año 2006, fecha que según informes de la Policía del Tiempo, Espinola había conocido a Fernando Guevara, jefe del Cártel de Medellín, con quien estrechó lazos para despues convertirse en su principal sicario.
Matarlo significaba salvar muchas vidas inocentes. El mundo todavía no se reponía del fatal ataque en Pekín, donde habían muerto más de quince mil personas. En base a estudios, su muerte no afectaría al curso de la historia.
─Esta es una foto de aquella época─dijo el Jefe Shield, al mismo tiempo que se la entregaba en la mano.
─No se parece en nada a como es ahora─suspiró ─, ¿alguna información donde pueda localizarlo?
─Trabajaba en el restaurante “Hermanos Wong” en Los Angeles, California.
Al escuchar esto Ernesto, se sorprendió. Su madre vivió en esa ciudad en ese año, después sería deportada por tercera vez a México. Shield se dio cuenta de eso y antes de que Ernesto le dijera algo, le advirtió.
─Ni se te ocurra tratar de visitarla. Sabes muy bien las reglas.
─No se preocupe, Jefe.
─¿Qué hay de Guevara?
─Desafortunadamente, no puedes tocarlo. Sólo debes evitar que conozca a Espinola.
─Entiendo. Salgo de inmediato.
Guardó la fotografía en uno de los bolsillos de su chamarra y subió a la máquina. Cerró los ojos y esperó el conteo regresivo. Cinco, cuatro, tres, dos, uno...
Apareció en un callejón a tan sólo dos cuadras de donde trabajaba Espinola. Cargó su arma. Un solo tiro sería suficiente para hecerlo desaparecer.
Esperó frente al restaurante hasta que lo vio salir apresurado del lugar. Lo siguió a una distancia prudente para evitar sospechas. Eran las siete de la noche, faltaba una hora aproximadamente para que se diera la reunión ¿A dónde va con tanta prisa?
Ernestó, descubrió cual era el motivo por el cual iba tan rápido. Estaba siguiendo a una mujer. Ella dobló en una calle, Espinola corrió detrás. Ernesto los siguió, aunque algo en su interior le dijo que lo mejor era no intervenir, esperaría a que saliera de ahí para matarlo.
La mujer empezó a gritar pidiendo auxilio. Varias personas se detuvieron, pero siguieron su camino como si no hubieran visto nada. Ernesto no pudo evitarlo, caminó hacia donde provenían los chillidos de la mujer. Espinola la estaba violando. Se acercó hasta donde lo pudiera matar sin hacerle daño a la muchacha. Gritó.
─¡Espinola, te vas a morir perro desgraciado!
Disparó. Todo lo que sucedió después le pareció que ocurría en cámara lenta, en una fatídica cuenta regresiva. Mientras la bala surcaba el aire, pudo ver primero la cara de terror del violador al sentir próxima a la muerte, enseguida el rostro de su madre bañado en lágrimas. Al último, su cuerpo desvaneciéndose en el aire.

miércoles, enero 31, 2007

Cuentos Publicados.

El año pasado terminó con la publicación de dos relatos breves para un especial de Navidad del portal Forjadores. "Santa viene a casa" y "Nochebuena". Se pueden leer en linea o bajar el especial en PDF. Hay muy buenos relatos.

Y empezamos el año con un minirelato "Puzzle" publicado en Efímero #103 de Ediciones Efímeras del buen escritor Santiago Eximeno, la verdad todo un honor aparecer a su lado. Es mi escritor favorito en español. Todo un reto, ya que los minirelatos no son mi fuerte.

Espero este año mejorar como escritor y quizá ganar algún concurso.

miércoles, diciembre 13, 2006

Minirelato publicado.

Se me olvidaba comentar que me publicaron en Axxón un minirelato. La serie se llamó 100 x 100 y era escribir acerca de monstruos. El mio es el número 39 y se titula "Noche de bodas". Lo pueden encontrar aquí . De paso leen los demás noventa y nueve relatos, todos excelentes.

miércoles, noviembre 15, 2006

Misericordia.


Se escuchan los primeros cantos, fuertes, pero que parecen acariciar al oído. Cada rincón de la gran capilla, se llena de la hermosa melodía. Enseguida, la voz del "castrati" se alza con tal maestría que conmueve -algunos hasta las lágrimas- , a toda la asistencia.”Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia, conforme a la multitud de tus piedades borra mis rebeldías".
Luego, los altos, barítonos y bajos se unen formando un sonido polifónico, hipnotizante, armonizando en perfecta sincronía. Cuando David, escribió los versos del Salmo cincuenta y uno, jamás imaginó de que algún día serían interpretados con tanta excelsitud. El sacristán apaga la primera vela. Poco a poco, el lugar quedará a oscuras.
Es Miércoles Santo , mejor conocido como "De tinieblas". La misa es oficiada por Su Santidad el Papa Clemente XIV; la sublime representación es "Misere" de Gregorio Allegri. No cualquier mortal puede tener el privilegio de escuchar tan bella obra. Sus partituras, son celosamente guardadas en los archivos vaticanos, así ha sido por más de un siglo. Si alguien quiere escucharla, tiene que esperar que sea Semana Santa y viajar a Roma. No hay otra manera. Quien se atreviera a difundirlas, corría el riesgo de ser excomulgado.
En primera fila se encuentran sentados totalmente absortos, un joven y su padre. Han hecho un largo viaje para presenciar y vivir ese momento.
Más velas se apagan, el padre mira hacia arriba, la majestuosidad de las obras de Miguel Ángel y los cantos compuestos por Allegri parecen fusionarse en cada compás. A un lado, su hijo luce ensimismado ante la belleza auditiva. Con la barbilla pegada al pecho, parece rezar sus plegarias al Señor. No voltea a mirar a su padre, él lo deja de observar para seguir deleitándose con las voces. Otra vela más se extingue, queda una sola. Es el momento del clímax. Su Santidad, se postra ante el crucifijo. El maestro de capilla, dirige a los cantores para que vayan más lento y quedo. Se apaga la última vela y entonces todo es oscuridad. Se escuchan los retumbidos de las bancas. Todos golpean con los misales para simular el temblor de tierra. La misa ha terminado. Es una verdadera lástima que seamos tan pocos los que tienen la dicha, piensa el padre. Si la iglesia no fuera tan cerrada en ese aspecto.
-¿Te ha gustado hijo?
-Es la pieza musical más bella que he escuchado ¿Sabes quién la escribió?
-Gregorio Allegri, hace más de un siglo.
-Pues han sido los diez minutos más grandiosos que se han escrito.
-Tan grandes que la iglesia ha prohibido difundir la obra.
-¿Quieres decir que no todos conocen el "Miserere"?
-Así es hijo, somos privilegiados.
-Pues, muy pronto se acabará el secreto.
-¿Qué dices?
-No te preocupes. Ya lo verás.
Por la noche, ya instalados en su hotel, el joven se encontraba sobre su cama, a la luz de las velas, escribiendo con gran concentración. A su padre no le pareció nada raro, debe estar trabajando en una nueva obra, pensó. Su hijo, a pesar de su corta edad, tenía ya tres operas escritas. Era un verdadero prodigio. Después de darle las buenas noches, se acostó a dormir.
-¡Padre, despierta!
-¿Qué pasa?
-Disculpa que te haya levantado, pero hay algo que tengo que mostrarte.
-¿Qué es tan importante, para que me levantes a mitad de la noche?
-Su hijo le puso en las manos, un papel hecho rollo.
-¿Qué es esto?
-Vamos, revísalo. Te va a gustar.
Su padre, con los ojos casi cerrados, empezó a leer. Eran unas partituras. Estaba acostumbrado a la magnífica forma de escribir de su hijo, pero esta vez, quedó anonadado Era la pieza completa de el "Miserere", con sus nueve voces, con los tiempos y arreglos indicados con gran precisión, incluyendo todas las armonizaciones.
-Hijo, esto es casi perfecto.
-Lo sé. Me faltan corregir varias partes, pero necesito que me lleves a escucharlo de nuevo.
-El Viernes Santo habrá otra presentación, podemos asistir, pero debes ser cuidadoso. Si llegaran a descubrirte, estaremos en graves aprietos.
-No te preocupes, tengo un plan.
-Bueno, a dormir. Mañana hay que buscar a tu nuevo maestro.
El día de Viernes Santo se volvieron a presentar a la capilla. El joven llevaba oculto en su sombrero la copia que revisaría. Cuando la obra empezó a ejecutarse, lo puso en sus manos como si estuviera orando, en realidad corregía sus escritos. En efecto, había unos cuantos errores. Hace los cambios necesarios y al finalizar la misa, lo entrega a su padre, quien lo abraza orgulloso. La felicidad no le cabía en el pecho.
Pasaron semanas. el joven empieza a hacerse famoso en Roma por ser un virtuoso a su corta edad. Una tarde, ofreció un concierto ante una gran concurrencia. Interpretó el "Miserere" mientras tocaba el clave. La gente boquiabierta no creían lo que estaban escuchando. Dentro del público, se encontraba "el castrati" Christofori, que lo había cantado en la Capilla Sixtina y estaba más sorprendido que cualquiera en la sala.
Dos días más tarde, continuaron su viaje hacia el sur hasta llegar a Nápoles. Dio varios conciertos más donde deleitó con su música a propios y extraños, y luego, semanas más tarde, regresaron a Roma.
El Papa Clemente XIV fue notificado de la presencia del joven. Ya estaba enterado de su interpretación del "Miserere", por lo que lo hizo llamar para recibirlo en audiencia.
Cuando padre e hijo, recibieron la noticia, se imaginaron lo peor. Sabían que iban a pagar muy caro el atrevimiento. No hablaron en todo el trayecto hacia el Vaticano. Con caras largas, entraron al salón de audiencias donde ya los esperaban.
-¿Con que éste es el joven virtuoso que tuvo la osadía de robarse el Miserere? -dijo el Papa con tono severo.
-Así es su Santidad, he sido yo -se hincó el joven en señal de respeto.
-¿Sabes cuál es el castigo para ese acto, jovencito?
-Si, y lo tengo muy merecido, por lo que lo acepto humildemente. Pero lo hice por una causa noble, yo sólo quería que tan hermosa pieza estuviera al alcance de todas la personas, no lo hice para me beneficio.
-Se había mantenido el secreto por más de un siglo ¿Cómo es que un jovenzuelo como usted pudo robarse lo que con tanto celo ocultábamos?
-No quiero pecar de soberbia, pero en realidad fue muy fácil.
-¿Fácil? Exijo que se explique, joven.
-El Miércoles de Tinieblas, mientras se cantaba la pieza, la fui memorizando. Cuando volví a mi habitación la pasé a papel, después sólo tuve que hacerle unas cuantas correcciones, el Viernes Santo, que la volví a escuchar.
-¿Cuál es su nombre jovencito?
-Wolfang Amadeus Mozart.
El Papa se quedó pensativo por un momento. Su rostro severo fue desapareciendo para que luego se le formara una enorme sonrisa.
-Mire joven Mozart, usted ha cometido un grave pecado al robarse algo que le pertenece a la Santa Iglesia Católica, pero no deja de admirarme su increíble talento y virtuosismo del que tanto se habla en Roma. Por ésta ocasión, y por que actuó de buen corazón, perdonaré su osadía con la condición de que usted se ocupe de difundir la obra por todo el mundo.
-Así lo haré, Santo Padre.
-Y no sólo eso. Además lo ordenaré caballero.
El padre de Mozart que miraba la escena no pudo contener las lágrimas de la emoción. Sabía que su hijo estaba escribiendo una página importante en la historia. Y no estaba equivocado. Aunque sería más recordado por sus propias obras, también por ser la única persona que tuvo misericordia del "Miserere" de Gregorio Allegri.

Cuento Finalista.


Estoy muy contento. Fui elegido finalista en el concurso "Historias de la Historia" Constantí 2006 en España. El cuento será publicado en una antología por "Silva Editorial", con los demás finalistas. La verdad me siento como si hubiera sido el ganador. El relato estuvo inspirado en un zapping publicado en Axxón por Marcelo Santos. El relato se titula "Misericordia".

lunes, noviembre 13, 2006

Sánchez. Capítulo V.


Jiménez paró de golpe frente a la jefatura, un edificio viejo de estilo colonial, en la entrada estaba colocada la clásica estatua de Benito Juárez con una placa que contenía la trillada frase,”Entre las naciones como entre las personas, el derecho al respeto ajeno es la paz”.
—Pues aquí lo dejo Teniente, voy a buscar la computadora y luego al laboratorio a llevar esas fibras, lo veo más tarde —dijo poniéndose sus lentes oscuros.
—Gracias, yo tengo que ver esos resultados y luego ir a ver al cura ¿Mi auto lo trajeron para acá? —dijo cerrando la puerta.
—No se te olvide la lista de los médicos.
—Claro que no, su auto debe de estar en el estacionamiento de la planta baja — dijo Jiménez, luego arrancó a toda velocidad.
Sánchez entró en la Jefatura, como siempre mucha gente en el lugar, una larga fila en el departamento de robos y otra más, por desgracia, en la de delitos sexuales, sabía que ni el 10% de esos delitos se iba a resolver y un nudo se le hizo en la garganta.
—Espero que mi caso no sea de los desafortunados —pensó, mientras subía los escalones que lo llevarían a su oficina.
Al final de la escalera, estaban las oficinas de los detectives del departamento de homicidios, las oficinas administrativas y las del Procurador de Justicia de la ciudad. Caminó hacia la suya cerca del final del pasillo, estaba a punto de abrir la puerta cuando oyó un grito a sus espaldas.
— ¡Sánchez! ¡Lo quiero ver en mi oficina, pero ya! Era el procurador Gallardo que lo llamaba. Ya se imaginaba para qué lo quería y por qué sonaba tan enojado.
Sánchez dio vuelta y se apresuró, apenas cruzó la puerta sintió una fuerte tensión en el ambiente.
—Sánchez, cierre esa puerta —dijo el procurador con tono serio— . Lo he visto en la mañana en las noticias y por lo que pude ver el asunto es grave ¿verdad?
—Pues la cosa esta así, Señor Procurador, tenemos un asesino en serie, lo más seguro es que vuelva a asesinar. Anoche me topé con él y la verdad no sé como sigo vivo, creo que quiere jugar conmigo, pienso que me dio por muerto.
—Si, es verdad, supe que lo hirieron y me alegra verlo bien —dijo el Procurador que en ese momento descolgaba su teléfono.
—Pero necesito dar un informe a la prensa que me esta presionando y no sé que carajos les voy a informar —dijo el Procurador con el auricular en la mano, mientras marcaba.
—Dígales que la investigación sigue su curso, la vigilancia será reforzada y que la gente esté alerta, se debe evitar salir sola por las noches, sobre todo las mujeres. Es lo único que se me ocurre por ahora, lo que se ha estado diciendo, como quiera no tengo nada concreto aún — dijo Sánchez pensativo.
—¿Si bueno? ¿La redacción de TV Azteca?, habla el procurador, es con respecto a los últimos acontecimientos.
Sánchez no se quedó a ver que el procurador terminara la llamada, se levantó y con señas se despidió de él, necesitaba llegar a su oficina y echarle un ojo a los resultados de las autopsias.
Sobre el escritorio se encontraban dos carpetas gruesas color beige, con sólo mirarlas Sánchez se dio cuenta que esto le tomaría bastante tiempo, por lo que se paró a buscar un café. Ya no escuchó al procurador, para colmo la cafetera no calentaba bien.
“¡Esto sabe a mierda!”, dijo y lo volvió a echar a la jarra.
Ya de regreso a su escritorio abrió la primera carpeta, Martha Arellano Cruz, soltera de 25 años decapitada, pezones y clítoris cercenados, posible arma un bisturí. Causa de muerte: hemorragia masiva. Había sido decapitada después de muerta, por lo que el asesino esperó bastante tiempo antes de que se desangrara por completo disfrutando su sufrimiento, ningún rastro de violación, ni de que haya peleado por su vida, lo más probable era que conocía al agresor o la tomó por sorpresa, durmiendo.
Se quedó viendo las fotografías del lugar de los hechos, manchas de sangre y fluidos por toda la cama. Los acercamientos de la cabeza putrefacta hallada después sin la lengua y con los orificios donde deberían estar sus ojos ahora se encontraban llenos de lo que parecía ser pus o gusanos. Se sentía asqueado y a la vez impotente por no poder atrapar al psicópata responsable de estos ataques, y lo peor de todo, sabía que mataría otra vez.
Sánchez revisó el caso de la segunda victima, la misma situación, ninguna evidencia, ningún móvil, ninguna relación aparente entre las victimas, no se conocían, una vivía al norte de la ciudad y la otra en el oeste, en lo único en que se parecían era que las dos eran solteras, sin hijos y vivían solas, en eso se parecían también a la tercera victima.
Sánchez recordó el asunto de las computadoras, la tercera victima tenía una, así como la segunda, la primera no tenia en su casa pero en su trabajo perdía mucho tiempo en ella y sea lo que fuera lo que hubiera en los discos el asesino estaba tratando de deshacerse de ellos. Sánchez se sentía cerca del criminal, sólo había que revisar el disco duro de la computadora de la segunda victima y entonces lo tendría.
Sanchez dejó las fotos de los brazos y las piernas desmembrados de la segunda victima sobre su escritorio y se dispuso a salir. “Tengo que ir a ver a ese cura”, se dijo.
Bajó casi volando las escaleras y se dirigió al estacionamiento que se encontraba en el sótano del edificio, Por algún motivo el alumbrado fallaba, algunas lámparas parpadeaban y otras no encendían.
—¡Y ahora donde carajos quedó mi auto! —gritó.
Escuchó el eco de su grito rebotar en el lugar, había más silencio que en un cementerio. Caminó hacia la parte trasera en busca del auto, sus pasos se escuchaban por todo el estacionamiento, pero de pronto escuchó más pasos detrás de él. Volteó, pero no vio a nadie.
—¿Hay alguien ahí? — volvió a gritar.
Siguió caminando, ahora un poco más rápido, hasta que pudo ver su auto al fondo. Detrás de él, alguien se acercaba. Buscó las llaves dentro de los bolsillos del pantalón, las sacó de inmediato y corrió hacia su auto sin voltear. Abrió la puerta y cerró con fuerza. El motor no arrancó enseguida, al siguiente intento, el motor encendió dando un rugido que retumbó en todo el lugar. Encendió las luces y el lugar se iluminó casi por completo.
Miraba atento para ver quien lo seguía, pero no vio a nadie. Puso a andar su auto y se dirigió a la salida. Por el espejo retrovisor le pareció ver una sombra y frenó de golpe, su corazón le latía a mil por hora. Salió del auto y desenfundó su pistola.
— ¡Alto ahí o le vuelo la cabeza! —gritó —apuntó a la oscuridad, pero de nuevo no halló a nadie. Sólo alcanzaba a escuchar sus propios latidos y el ruido del motor.
Se quedó parado por un momento, respiraba con dificultad. Hasta que pudo recuperar el aliento guardó el arma.
“Debo de estar quedando loco”, pensó cuando subía al auto y arrancaba de nuevo.
Mientras, en la oscuridad se deslizaba una sombra dentro de otro auto y después de un rato también abandonó el lugar.
El camino hacia la iglesia no era muy largo, pero con el tráfico de la ciudad por lo menos tardaría quince minutos. Encendió la radio y buscó alguna estación que le agradara, después de sintonizar dos estaciones, una de música clásica y otra de música electrónica, decidió apagarla mejor. Abrió la guantera y sacó una cinta con una etiqueta que decía “METAL DE LOS OCHENTAS” y lo puso a tocar.
“¡Esta si es música!”, dijo y le subió el volumen.
La Iglesia del Sagrado Corazón, le traía malos recuerdos, aún recordaba que de niño y aún a principios de su adolescencia, su madre lo obligaba asistir a misa. Como aborrecía la confesión, pero lo que más odiaba era el lugar en si, la iglesia era viejísima, a la hora que fuera, lucía muy oscura. Al final cerca del altar se hallaba un féretro de cristal, donde yacía un Cristo de tamaño natural, ensangrentado, con una corona de espinas real que durante las fiestas del patrono de la ciudad sacaban para pasearlo por las calles. La gente se arremolinaba para poder besarlo o tocarlo, gente venía de lugares muy lejanos para poder tener esa dicha, para obtener un milagro.
El Padre Vicente tenía en esa iglesia, por lo menos treinta años y tampoco le traía buenos recuerdos, de aspecto rudo y carácter fuerte el sacerdote era respetado por toda la ciudad. Tenía fama de muy caritativo, de ser un trabajador incansable. Era muy querido y solicitado. Sobre todo por las mujeres que lo encontraban atractivo. A pesar de sus sesenta años lucía fuerte y eso se lo debía al gusto por el ejercicio. Pero siempre le tuvo miedo y nunca le perdonó el que lo obligara a besar al Cristo ensangrentado, que parecía tan real que todavía se le aparecía en sus pesadillas.
Se encontraba en medio de toda esa gente que lo empujaba y apretaba, sentía que se asfixiaba, gritaba pidiendo ayuda; volteaba a ver hacia el Cristo que lo miraba y luego le tendía su mano ensangrentada, pero las personas lo seguían apretando hasta que no podía más y lo soltaba. Despertaba gritando o llorando.
“Era como besar a un muerto”, le contó alguna vez a su madre.
Por fin llegó a la iglesia y se estacionó cerca del enorme atrio. La puerta de madera era grandísima, reforzada con adornos de hierro. A Sánchez le parecía más bien que era la entrada de una prisión medieval. Dio un paso hacia adentro y de inmediato se oscureció. Miles de velas a los pies de las imágenes sagradas del lugar, eran la única iluminación. El olor a viejo le llenó las fosas nasales y no evitó estornudar.
Sin querer apagó unas velas que apenas si iluminaban a San Judas Tadeo y el eco de su estornudo se escuchó hasta el ultimo rincón. Recordó los días que iba a pedirle que lo ayudara a encontrar al asesino de su padre, aunque después le agradeció que no lo hubiera hecho. Casi al fondo, unas señoras vestidas de negro hacían fila para confesarse y hasta el final estaba la puerta que conducía a las oficinas del Padre Vicente.
Al lado de la puerta se hallaba sobre un altar, el féretro del Cristo que tanto miedo le daba en su niñez. Las escaleras estaban forradas con alfombra color rojo. En cada esquina había un florero, con tantas flores que mezcladas con el olor a humedad podían olerse hasta la entrada. Dos grandes velas eléctricas iluminaban el rostro ensangrentado, sintió como se erizaba el pelo de su nuca.
Caminó hasta la oficina, llamó tres veces y esperó a que le contestaran, no escuchó ninguna respuesta. Volvió a llamar, esta vez con mayor fuerza.
—Padre, soy el Teniente Sanchez, vengo a hablar con usted— gritó.
Un silencio sepulcral inundó la iglesia, todos voltearon a ver a Sánchez que tenía el puño levantado para volver a tocar la puerta.
—¿Alguien sabe si se encuentra el Padre Vicente? —le dijo a la gente que lo miraba con temor.
Pero nadie contestó, sólo una mujer asintió con la cabeza por lo que volvió a tocar, otra vez no obtuvo respuesta. Se alejó un poco y con todas sus fuerzas pateó la puerta para abrirla. El Padre Vicente si se encontraba en su oficina, pero no estaba vivo.

domingo, noviembre 05, 2006

La Criatura (Escrita a cuatro manos con mi hijo Erath Juárez Estrella)


Cuando le atravesó el corazón con sus propias manos, sintió el calor de su sangre que salió a borbotones. Bebió hasta que no quedó ni una sola gota . Se sentía embriagado de tanto beber que le dolía la cabeza.
***
Al salir de casa acompañado de Amanda, sentió una punzada en el corazón, fue una sensación de preocupación, de advertencia, que no tenia que salir para hacer ese viaje, pero al final, el deseo de pasar unos días con su novia, pudo más que esa sensación.
Era miércoles por la tarde, casi las cinco de la tarde, un día nublado y frío. Había tal soledad en la carretera, que podía oirse hasta el canto de las aves. No había nada interesante a los alrededores, solo kilómetros y más kilómetros de asfalto.
—¿Cuánto falta? —dijo Samuel.
—Ya falta poco —contestó Amanda— , aunque sabía que faltaban por lo menos cinco horas— tu sigue por este camino, yo te aviso cuando estemos cerca.
Después de un rato, Samuel vió en el camino algo que lo dejó intrigado. Era una camioneta que se había volcado, al lado de ella, habían dos cuerpos. Uno a simple vista sin vida y el otro con la ropa llena de sangre. La persona agitaba los brazos desesperado, como pidiendo auxilio. Samuel bajó lo más rápido que pudo para auxiliarlo. Al acercarse, se dio cuenta de que el cuerpo del hombre, parecía estar desgarrado y lleno de cicatrices en la cara. Sus uñas largas y filosas, tenían pedazos de carne colgándole. Samuel gritó, no podía creer lo que veía. Se quedó parado unos segundos sin saber que hacer, entonces la “criatura” reaccionó y le dio un zarpazo que le rasgó el pecho. La sangre emanó con fuerza, manchándole su playera. Como pudo, a rastras regresó al auto.
—¿Qué te pasó? —gritó Amanda.
Samuel no podía articular ni una palabra, trató de arrancar el coche, pero este no respondía. No podía creer, que después de todo lo que había recorrido, en el momento que más lo necesitaba, estaba descompuesto. Después de varios intentos infructuosos, el auto no encendió. Amanda gritaba desesperada.
—¡Cálmate! — gritó Samuel, pero ella no lo escuchaba.
El sonido que hacía la “criatura” con las uñas al rasgar la puerta, casi los deja sordos. Samuel comprendió entonces, que si lograba desprender la puerta, los mataría. Pero Amanda era lo que más le importaba en la vida, así que la defendería.
—¡Sal del auto! —gritó Samuel— ¡Corre!
Ella salió lo más rápido que pudo y se adentró en el bosque. Samuel confiaba en que encontraría el pueblo a donde se dirigían y buscaría ayuda. Mientras la observaba alejarse, la “criatura” arrancó la puerta. Samuel, supo que moriría, sólo era cuestión de segundos. Sintió como lo sacaban del automóvil y empezaban a cortarle el cuerpo. Le atravezaron el corazón. Lo único que pudo hacer, fue ver como bebían su sangre.
***
Por fin saciado, siguió los rastros que dejó Amanda. Corrió entre los árboles, perseguía el aroma de la muchacha. Los arbustos rasgaron su piel, pero no sentía dolor alguno. Ella estaba cerca, lo percibía en el aire. Cruzó un pequeño arroyo y halló unas huellas. Siguió hasta llegar a un claro en el bosque, donde estaba esperándolo.
—¿Por qué tardaste tanto? —dijo Amanda.
—No pensé que se defendiera tanto —sonrió burlón.
—A la próxima, tu me traes a la presa y yo la cazo —le susurró al oído y le lamió los restos de sangre salpicados en la mejilla.

Cuento Publicado.

En esta ocasión me publicaron "La cueva". Fue en el Portal de Forjadores junto a otros autores, en una muy bella antología que recomiendo a todos.

Lo pueden encontrar aqui: http://www.forjadores.net

domingo, octubre 01, 2006

Nuevo cuento publicado.

Me acaban de publicar un nuevo cuento. Se llama "Descepciones". Nuevamente en NGC3660.

Tengo un poco mas de un año escribiendo y me llena de alegría los logros que he alcanzado. Mi meta es seguir escribiendo, quizá en un futuro lejano, ganar un concurso. Por lo pronto a seguir aprendiendo.

Les dejo el link para que lean el cuento. Un poco de terror y CF en la época de los piratas. Un poco influenciado por "The mummy", espero lo disfruten.

Decepciones por Erath J.H.

domingo, septiembre 24, 2006

Niña de mis ojos.



I
Pascual respiró hondo después de recorrer y perderse en aquel laberinto de calles y un mar de gente. Por fin ante sus ojos, estaba el lugar donde mes con mes tenía su cita con la “Niña de sus ojos”. Esta vez no venía a pedirle su protección, si no a rogarle por su vida.
El peligroso barrio de Tepito. Muy pocos valientes se adentran en sus calles. Ahí, donde lo legal e ilegal convive día tras día, pero que en cada inicio de mes, se abre una tregua entre los cárteles de droga y las bandas armadas. Era un día muy concurrido, se celebraba la misa en honor a la Santa Muerte.
Pascual entró al lugar, caminando como si se dirigiera al patíbulo. Una nube de incienso y de fumarolas inundó sus fosas nasales. Percibe en el ambiente el olor característico de la marihuana. Desliza la mano dentro de su bolsillo y siente los cigarrillos que había preparado para la ocasión. Uno para él y otro para la Niña Blanca.
El ambiente era de fiesta. Había atole y comida para los asistentes. El mariachi no paraba de rasgar las cuerdas de la guitarra. Al fondo se encontraba el altar de la Señora atestado de regalos y ofrendas. Pascual se hincó delante de él y miró hacia las cuencas vacías de la protectora. Su maléfica sonrisa—que a cualquiera le inspiraría terror—, a él le parecía lo más hermoso del mundo. Su mandíbula entreabierta parecía decirle “Se bienvenido hijo mío”.
Muerte querida de mi corazón, no me desampares de tu protección, empezó a rezar Pascual.
Parecía estar en trance, con la mirada fija en la Santa Muerte. Se puso de pie y le colocó el cigarrillo de marihuana que con tanta devoción había preparado y lo encendió. Miró como danzaba el humo entre la cabellera de la peluca natural de la efigie. Sus pensamientos ahora se remontaban a la noche anterior, cuando había hecho su último trabajo.
II
Al tomar la fotografía de la que sería su siguiente blanco, estuvo a punto de echarse para atrás. Nunca había asesinado a una mujer y menos así de bella. Estuvo mirándola por largo rato. Su contratante, un señor bien vestido con remarcable sobrepeso, lo miraba ansioso esperando una respuesta. Era Pedro Méndez, comerciante de ropa china de contrabando y traficante de drogas.
—¿Qué pasó Pascual, la conoces?—preguntó sonriente.
—No, nunca la había visto.
—¿No quieres el trabajo?
—Mire Don, yo nunca me he detenido para matar a nadie, pero es que hasta ahora no me he quebrado a nadie así de buena—contestó.
—No te dejes llevar por las apariencias Pascualito. Esta mujer que parece un angelito, es el mismísimo demonio. Si te he encargado que seas tú quien la mate es por que sé que no te andas con miramientos. Supe que mataste a tu propio padre ¿O no es así?
—No me mencione a ese hijo de puta, ese pedazo de mierda se lo merecía—dijo molesto— ¿Qué le hizo este culito que la quiere matar?—añadió Pascual sin dejar de ver la fotografía.
—¿Desde cuándo te interesas en tus victimas?—dijo enojado su contratante— Si no quieres hacer el trabajo dímelo. Aunque estoy dispuesto a pagarte el doble de lo que cobras.
Pascual se quedó mirando a la muchacha unos segundos más, grabó en su mente cada detalle. Le regresó la fotografía al gordo que lo miraba con ansiedad. Se quedó callado y después con una gran sonrisa en los labios le dijo.
—Órale, sólo por que me cae bien gordito, dígame ¿Dónde encuentro a esa muñeca?
—A ella la encuentras trabajando en uno de los “table dance” de la Zona Rosa ¿Conoces el Bar “Katmandú”?
—No ni madres. Esos lugares los conozco sólo de pasadita. Veré cómo le hago. Necesito que me dé la mitad de la lana ahora. Esa morrita merece un trabajo especial. Por primera vez usaré pistola, pero necesito comprarme una—dijo Pascual.
A Don Pedro le pareció bastante extraño, pero no dijo nada. Sacó de su cartera y le dio un fajo de billetes de quinientos pesos. Pascual casi le arranca los billetes, salió corriendo como alma que lleva el diablo. Lo vio alejarse, estaba seguro que no le fallaría.
III
Pascual era conocido por nunca haber usado una bala para matar a sus victimas. Sólo le bastaban su cuchillo y las manos. Era rápido y certero como un águila. Prefería acuchillarlos en los pulmones y verlos morir poco a poco. “Nos vemos en el infierno” les susurraba al oído mientras agonizaban.
A pesar de no tener mucho tiempo en el oficio, su reputación como asesino a sueldo subía como la espuma. Gracias a que él mismo, eliminó a la poca competencia que tenía, ganó tantos clientes que muchas veces tenía que hacer más de dos trabajos por noche.
Asesinos de su clase eran pocos, de hecho pertenecía a una nueva generación de matones. Protectores de importantes capos de la droga. Él empezó a trabajar por su cuenta desde que acribillaron a su “jefe” durante un cateo policiaco.
***
El que fuera su patrón, o su “descubridor”, lo halló en medio de un charco de sangre mientras acuchillaba a un hombre que resultó ser su padre. Lo llevó a trabajar con él, le enseñó el difícil arte de matar. Pascual se convirtió en su guardaespaldas, aunque él lo veía más como a un padre que como a un patrón.
IV
Ya entrada la noche Pascual abordó el metro que lo llevaría al otro lado de la ciudad. El vagón, estaba semivacío. Una parejita al final y una monja que no lo dejaba de mirar eran los únicos viajeros. Se sentó cerca de la puerta. Sintió la pistola que llevaba ajustada bajo su axila. Conseguirla no fue ningún problema, se la compró a un ex policía que vivía cerca de su casa.
Tardaría por lo menos treinta minutos en llegar a su destino. Sacó el dije de oro con la figura de la Muerte que colgaba de su cuello y lo besó. Cerró los ojos e intentó dormirse por un rato, No dejes que falle mi niña, pensó.
Las imágenes de su padre golpeando a su madre y después abusando sexualmente de él se confunden con las escenas de sus crímenes. Caras de terror, cuerpos sangrantes, niños que lloran por sus padres. Veía siempre a la “Niña Blanca” llevándose a su madre de la mano. El intenta arrebatársela, pero la muerte la sujeta con fuerza, voltea mostrándole sus dientes blancos y con un movimiento rápido le lanza una mordida hacia el cuello.
Despertó gritando, bañado en sudor. La monja lo sujetaba de los hombros. Pascual, por un instante vio en ella el rostro de la Muerte burlándose de él.
— ¿Te encuentras bien hijo?—preguntó con aire alarmado, pero al ver la muerte de oro que brillaba en su pecho lo soltó de inmediato, santiguándose.
— ¡No me toque!—gritó Pascual con el rostro temeroso.
Empujó a la confundida religiosa que cayó de bruces al suelo del vagón. El metro se detuvo por completo. Pascual, corrió hacia las escaleras que desembocaban a la calle, no hizo caso de los gritos de la religiosa. Cuando estuvo lo más lejos posible de la estación, Pascual se detuvo a descansar. Por suerte se había bajado cerca de la parada.
Cruzó un parque abandonado. De reojo vio a varios jóvenes que se drogaban con solventes. Sólo la luz de la luna iluminaba el triste lugar. Vio unos columpios y resbaladillas llenos de óxido. No resistió las ganas de columpiarse por unos minutos. Sacó la pistola para afinar los últimos detalles. Que nunca hubiera matado con una pistola no significaba que no supiera usarla. Fue en ese momento, que decidió que sería su último trabajo. Se iría muy lejos e intentaría hacer una vida normal. Quizá y hasta formaría una familia.
V
Se bajó del columpio y emprendió el camino que le quedaba para llegar al tugurio. Sabía que iba ser difícil entrar por la puerta principal. Corriendo se internó en la parte posterior del bar y encontró la puerta de servicio.
“Muerte de mi corazón, dame la fuerza para aniquilar a mi enemigo, permíteme que éste sea mi último trabajo, te estaré agradecido por toda la eternidad”, dijo mientras empujaba la puerta.
Varias bailarinas semidesnudas se sorprendieron al verlo, otras lo ignoraron por completo. Frente a un espejo se encontraba su blanco. La fotografía que había visto no le hacía justicia, por un momento se quedó hipnotizado. Se acercó poco a poco hasta tenerla enfrente.
Ella lo miró directamente a los ojos. Se quedó sentada, resignada mientras se acercaba con pasos decididos.
—Te envía mi padre ¿Verdad?—le dijo.
—¿Tu padre? ¿Ese cerdo es tu padre?—Ya sabía que conmigo no se ensuciaría las manos, para eso tiene a sus matones.
—¿Cómo sabes que vengo a matarte?—interrumpió Pascual.
—Anoche en mis sueños se apareció la Muerte para advertírmelo.
Pascual se quedó quieto por unos segundos. Dudó, pero en ese instante ya no veía la cara de la mujer, si no la de su padre.
— ¿Qué esperas?—interrogó a bocajarro.
Los ojos de ella se abrieron al máximo cuando lo vio sacar el arma. Pascual le puso la pistola en la nuca y le voló los sesos.
El camerino se convirtió en un caos, mujeres desnudas corriendo por todos lados, gritos de pánico. La chica yacía con el rostro destrozado sobre el espejo salpicado de sangre.
Pascual no se movía, su mirada estaba clavada en la espalda de la chica, no podía creer lo que acababa de hacer. En la espalda de la muchacha el tatuaje de la Santa Muerte salpicada de sangre y pedazos de cráneo le sonreía burlón. Salió huyendo de ahí, aunque sabía muy bien que no habría lugar en el mundo donde esconderse de la Niña de sus ojos.
VI
Había violado un código no escrito, el de no matar a otro adorador de la Santa Muerte. Sólo le quedaba suplicar perdón, aunque sabía que no había vuelta de hoja, no le quedaba más que esperar su destino.
Tres cuadras más adelante, encontró un teléfono público. Sacó la tarjeta con el número del celular de Don Pedro, sus dedos temblaban, tuvo que intentarlo varias veces, por fin se escuchó del otro lado de la línea.
— ¿Sí, diga?
—El trabajo ya está hecho ¿Dónde lo veo para que pague lo que me debe?
— ¿No es muy tarde?
—No me queda mucho tiempo, me largo de la ciudad.
— ¿Mu… murió rápido?
—Dígame dónde nos vemos y le cuento lo que pasó, necesito hablar con usted ahora.
Don Pedro se quedó callado, después de varios segundos le dijo que lo esperara en la Plaza Garibaldi. Pascual paró un taxi y se dirigió hacia allá.
VII
Don Pedro tenía un nudo en la garganta, este asunto de su hija se le había ido de las manos. Cuando se enteró que estaba sumergida en las drogas hizo todo para ayudarla, pero ella ya no tenía remedio. Luego escuchó que se prostituía y bailaba desnuda en voz de uno de sus mejores amigos, fue la gota que colmó el vaso. Habló con ella, intentó hacerla razonar, pero ella fue muy clara cuando le dijo: “Sólo muerta me sacas de aquí”.
Ya estaba harto del asunto, le pagaría a Pascual e intentaría olvidar por siempre a su hija. Se vistió y salió en su auto hacía Garibaldi.
Cuando llegó Pascual ya lo esperaba sentado en una banca. Detrás de él, varios mariachis afinaban sus instrumentos. Don Pedro se acercó con cuidado con una bolsa de plástico en la mano.
— ¿Es el dinero?—le dijo Pascual.
—Tómalo y dime rápido para qué me querías con tanta urgencia.
— ¿Por qué no me dijo que era su hija? ¿Por qué mierda no me contó lo del tatuaje?
— ¿Cuál tatuaje?
—No se haga, usted lo sabía y no me lo advirtió—gritó Pascual.
—Te juro que no sé nada. Pascualito cálmate.
Don Pedro no tenía la menor idea a que se refería, sintió una fuerte punzada en su espalda y empezó a faltarle el aire. Su rostro empezó a amoratarse, sus ojos se nublaron, sintió varias punzadas más. Cayó al suelo retorciéndose en su propia sangre, vio alejarse a Pascual. El mariachi seguía tocando “El Rey”.
VIII
Pascual prendió su cigarro de marihuana, le dio un jalón profundo hasta sentir que se le llenaban los pulmones y se le quemaba la garganta, tosió un poco, se puso de pie y se acercó para decirle a la Niña al oído mientras la abrazaba.
—Perdóname…
La efigie de la Muerte empezó a moverse, levantó el brazo huesudo para abrazarlo con ternura, las cuencas vacías parecían mirarlo a los ojos. Se abrió su boca para decirle:
—No temas mi niño, estás perdonado.
La gente alrededor, al ver la escena, gritó presa del terror, la capilla se llenó de olor a pólvora. Charcos de sangre, alaridos y llanto.
Noticia de última hora: “Seis personas mueren ejecutadas de manera brutal y varios individuos más, se encuentran heridas en el barrio de Tepito de esta ciudad, tras un ajuste de cuentas en una capilla donde se rinde culto a la Santa Muerte. Un comando armado disparó a quemarropa a los asistentes, una de las victimas fue encontrada abrazada de la efigie de la llamada Niña Blanca. Como pueden ver en la imagen es un niño que no debe rebasar los trece años de edad, las autoridades siguen investigando. Pasando a otra noticia, se informa que…”

martes, agosto 15, 2006

Más cuentos publicados.

Me siento muy contento. Me acaban de publicar otros cuentos. Uno es "Los Elegidos" que ya publiqué en este blog, pero en una versión corregida y aumentada. Aparece en Alfa Eridiani en el número 3.

Otro es "Seol" escrito en colaboración con mis amigos y además magnificos escritores: Ricardo Germán Giorno, David Moñino y Eduardo Laens. Pueden leerlo en Axxón.

domingo, agosto 13, 2006

Boceto para ¿Puedo contarles algo?


Comparto con ustedes un bocetoa para la ilustración del relato ¿Puedo contarles algo?. Dibujados por mi buen amigo Sergio Monterrubio.

viernes, julio 28, 2006

Segundo cuento publicado.

Estoy muy contento por que me han publicado otro cuento. Este surgió del taller Forjadores y lo han publicado en NGC 3660. El cuento se llama: ¿Puedo contarles algo?

sábado, julio 22, 2006

Cuenta Saldada.


Dice la gente que queda algo de nuestra esencia en el lugar donde mueres. Dice que si lo haces de manera violenta se queda algo de tí impregnado en el ambiente.
Jorge no creía nada de eso. Al menos hasta ese momento. De cierta manera lo estaba esperando. Algo dentro de él se lo decía. Desde la noche que ella se fue. Aquella en la que dejó de iluminar su vida.
Antes, la llamaba todos los días por teléfono. Nunca tuvo el valor de hablarle en persona. Cuando ella le contestaba se quedaba mudo, sin saber que decir. A veces tomaba sus llamadas, otras veces colgaba de inmediato.
—¿Hay alguien ahí? ¿Eres tú maldito mudo? ¡Si me sigues molestando te reportaré con la policía!—le gritó varias veces.
El simple hecho de oír su voz lo llenaba de energía, aunque fuera un instante. Otros lo llamarían excitación, para él era una casi una experiencia religiosa. Convertía sus días grises en algo mejor. Era un rayo de luz entre tanta oscuridad.
Muchas veces la siguió sin que ella se diera cuenta. La perseguía desde la puerta de su casa hasta su trabajo. Siempre esperando con gran ilusión que volteara y lo descubriera. Pero eso nunca sucedió, ahora como lo lamentaba.
Iban al mismo gimnasio. El se aseguraba siempre de estar a la misma hora que ella. Hubo una vez que sin querer se tocaron, pero ni siquiera volteó a verlo. Para Jorge fue una caricia que por meses anhelaba. Enseguida experimentó una poderosa erección. Guardó ese instante dentro de su mente. Atesoró esa sensación por días.
El día de su cumpleaños le mandó un regalo: unos aretes en forma de estrella. Ella no supo quién se los enviaba, pero se los puso. Mientras la espiaba por una ventana, aprovechando la oscuridad de la noche, vio como se los probaba. Brillaban más que su juego de ropa interior. Ella se lo agradeció a la persona equivocada. Cuando le llamó por teléfono, el tipo se emocionó tanto que no le hizo ver que se trataba de un error. La engañó, pero ella jamás supo la verdad.
Pasaron varios meses hasta que tuvo el valor de volver a llamarle. Claro, desde el otro lado de la línea no reconoció quién le llamaba. Fingió ser el amigo que ella pensaba le había regalado los aretes. Le mintió de la misma manera que él lo había hecho el día de su cumpleaños. De alguna manera tuvo que convencerla a que acudiera a la cita.
Al principio, a ella le pareció un poco extraño que la hubiera citado cerca de la playa, pero al mismo tiempo le pareció romántico y sin dudarlo un instante aceptó. Esa noche habría luna llena. Lo tenía marcado en el calendario de su oficina del que desprendía todos los días un chiste para contárselo a sus amigos del gimnasio. Era la cita perfecta. Como en las telenovelas.
Jorge, la vio venir a lo lejos escondido detrás de unas rocas. Ella manejaba alegre su bicicleta blanca. Vestía una minifalda y blusa de color azul. Su color favorito. El se encontraba esperando el momento preciso para darle la sorpresa.
Ella se sentó en la arena aguardando el instante de estrechar en sus brazos a su enamorado. Su sombra se reflejaba en la arena y se perdía al tocar el agua. El golpeteo de las olas era el único sonido de la noche. Cuando vio a Jorge salir de su escondite, su rostro cambió de color y de expresión. Era una mezcla extraña, enojo y miedo.
Comenzó a gritar pidiendo ayuda. Él en realidad no quería hacerle daño. Si había alguien a quien más quería en este mundo era a ella. Pero lo cegó el horror. Vio en su cara el desprecio. Supo que ella nunca sería para él.
Fue cuando se agolparon en su cabeza todos los recuerdos. Parecía estar viviendo de nuevo las palizas que le propinaba su madre. Cuando lo avergonzaba delante de la gente. Siempre le dijo que ninguna mujer se fijaría en él. Que era un engendro del demonio. Fueron tan sólo unos cuantos segundos. Los suficientes como para ver el rostro de su madre en lugar del de su amada. La ira y el odio se apoderaron de él.
—¿No te das cuenta lo mucho que te quiero?—le dijo.
—No sé de que me está hablando—contestó confundida.
—¡No soy un bicho raro!
Jorge era para ella, un perfecto desconocido. No entendía ni una sola palabra de lo que le decía. Su mirada inyectada de sangre la había hecho estremecerse de miedo. Tenía que huir de ahí antes de que saliera lastimada.
Quiso correr pero él la tomó por el cuello y se lo apretó con fuerza. Ella luchó con todas sus fuerzas. Jorge empezó a golpearla por todo el cuerpo de manera brutal. Metió su cabeza dentro del agua. Ella pateó, se sacudió, intentó huir, pero no pudo. Él no se lo iba a permitir. No la soltó hasta que vio que ya no se movía. La dejó flotando. Siguió su cadáver con la vista hasta que se perdió a lo lejos.
Al otro día unos pescadores encontraron sus restos que se enredaron en sus redes. Pronto, todo el pueblo estaba enterado. Culparon de su muerte a un pobre pordiosero que dormía cerca de ahí. El dijo que esa noche había escuchado gritos, pero estaba tan borracho que no pudo acudir en su auxilio. Por supuesto nadie le creyó y lo metieron preso. Necesitaban un culpable para ese crimen tan atroz y él era el chivo expiatorio perfecto. Le dieron veinticinco años de cárcel que no alcanzó a cumplir. Un día amaneció muerto. Sus compañeros de celda lo asesinaron al enterarse de lo que había cometido. Cegaron la vida de un inocente, pero de inocentes están llenas las cárceles.
Se ha cumplido un año desde la fatídica cita. Jorge se encuentra ahí, en el mismo sitio donde ella aguardaba a el que amaba. En su lugar la muerte la sorprendió. Él se arrepiente de lo que hizo. Todas las noches acude al mismo sitio a esperarla. El sonido que producen las olas cala sus oídos.
Es ahora que Jorge empieza a creer en lo que la gente dice. Que en realidad los muertos vuelven. Lo entiende ahora que ve venir a su amada caminando sobre la espuma. Con los brazos abiertos, vestida de azul. La luna ilumina su rostro pintado de muerte. Sus ojos tienen ese brillo que congela la sangre. Viene a saldar una cuenta pendiente. Jorge sólo quiere pagar su deuda.