lunes, septiembre 17, 2007

El prisionero.



—¡Puta! —le grito.
Pero ella no entiende, se ríe como si fuera retardada. Voltea hacia el hombre que la espera junto a la cama y le dice algo que lo hace sonreír. Me deja atado a la silla, no sin antes darme de comer una sustancia verdosa que detesto. La escupo, pero hace que me la trague de nuevo. Vomito sobre su vestido. Se sorprende un poco, pero como siempre, se limpia y se retira. Lo único que sé, es que si estuviera desatado, le sacaría los ojos con la misma cuchara con la que me alimenta. Se aleja y mientras se acerca hacia el hombre deja caer su vestido. Se abalanza sobre él y se le monta encima. Después de un rato, los dos jadean, se retuercen hasta quedar dormidos.
Estoy asqueado de todo esto. Mi cuerpo empieza a entumecerse, le grito que la mataré si no me suelta y deja de atormentarme. Después de un rato se levanta, me desata y mientras yo la insulto, ella me carga en brazos y me recuesta sobre un colchón rodeado por barrotes de madera.
—Creo que ya no deberíamos hacerlo en presencia del bebé, Pascual, parece que no le gusta.

1 comentario:

Pablo Giordano dijo...

Está bueno, che. Me gustó.