Eran las once de la noche. Dos compadres, Cristóbal y Nemesio, bebían en el bar del pueblo. Habían jugado ya tres horas de dominó y tomado una botella de tequila. Afuera hacía tanto frío que empezó a nevar. Los enormes pinos que rodeaban al bar se mecían con frenesí y sus ramas que comenzaban a llenarse de nieve crujían al momento de chocar entre ellas. Fueron a tomar algo para entrar en calor, pero ya se habían pasado de copas.
—Compadre, creo que ahí le paramos, se está haciendo tarde y si no nos apuramos nos veremos atrapados en medio de la tormenta—dijo Nemesio.
—Está bien compadre, sólo nos echamos la última y nos vamos. Además con ésta partida se define quién paga la cuenta—dijo Cristóbal—llenando otro vaso de tequila hasta el tope.
Como todos sabemos la famosa frase “la última y nos vamos” equivale a tomar por lo menos tres tragos y jugar tres partidas más.
—Vamos compadre no sea caprichoso, que se nos hace tarde.
—Ya le dije que es la última.
Así continuaron jugando y bebiendo hasta que el dinero ya no les alcanzó para más. Ya se iban, cuando las puertas del bar se abrieron de par en par de un sólo golpe. En medio del lugar se encontraba una mujer con el rostro desencajado, como si hubiera visto al mismísimo diablo. Tenía el rostro pálido bañado en llanto.
— ¡Por favor que alguien me ayude! Mi auto se ha quedado atrapado en la nieve. ¡Mi hijo se quedó ahí y está esperándome!
Todos se quedaron callados y viéndose unos a otros como idiotas, pero nadie se movió de su lugar. Algunos voltearon a verla, pero como si nada estuviera pasando, volvieron a lo que estaban. La mujer seguía ahí parada sollozante, con la desesperación a flor de piel.
Ante la urgencia de la mujer y después de consultarlo en silencio con sólo mirarse, los compadres decidieron ayudarla.
— ¿Díganos donde quedó su auto señora?—dijo Cristóbal.
—Está casi llegando a la curva, como a un kilómetro de aquí—les dijo con lágrimas en los ojos.
—Pues si no nos apuramos su hijo se congelará, así que síganos lo más rápido que pueda—dijo Nemesio.
Afuera, la tormenta estaba peor de lo que se habían imaginado. Corrieron tan rápido como los dejó la nieve. Sus zapatos se hundían hasta las rodillas. La oscuridad de la noche dificultaba aún más su carrera. El nivel de la nieve crecía de manera inexplicable. Sus pies se sentían como si de pronto se hubieran convertido en plomo. El viento se sentía como si alguien les clavara agujas en la piel. Así siguieron por diez minutos sin parar. De vez en cuando, paraban para no dejar atrasada a la mujer. La señora continuaba detrás de ellos, parecía no cansarse. Su rostro lucía más pálido que cuando la vieron en la cantina. Cristóbal temió que la hipotermia estuviera haciendo estragos en la desdichada.
Cuando se dieron cuenta que la señora ya no los seguía, el auto se encontraba como a dos metros de ellos. Tenía el motor y las luces encendidas.
—Por fin compadre, espero que ese niño siga vivo—alcanzó a decir Nemesio, mientras trataba de recuperar la respiración.
— ¿Dónde se quedó la señora?—dijo Cristóbal.
No la vieron por ningún lado, se la había tragado la tierra. No sabían si regresar a buscarla o continuar. La vida del niño era lo más importante en ese momento por lo que decidieron seguir. El último metro les costó recorrerlo una eternidad. Se acercaron con mucho cuidado hacia la puerta del auto.
Lo que vieron después, dejó a Nemesio con el cabello canoso desde entonces. Envejeció en un instante. Su compadre Cristóbal, murió en el lugar víctima de un paro cardiaco. Nunca se supo si fue por la impresión o por el esfuerzo físico
La señora se encontraba dentro del auto. Pálida, las manos crispadas, aferrándose al volante. Un niño, lloraba en el asiento trasero pidiendo ayuda.
Desde esa noche, el rostro bañado en lágrimas de la señora, acompaña a Nemesio en todas sus pesadillas.
domingo, junio 25, 2006
sábado, junio 24, 2006
Camino a la Luz.

Era un día como cualquier otro. Parecía ser lo mismo de siempre. Todo en su lugar y nada fuera de lo normal. Mí escritorio, mí vieja lámpara y una montaña de apuntes que nunca había podido ordenar, estaban ahí, recordándome lo monótona que era mi vida.
Como casi siempre, me había quedado dormido sentado. Escribiendo lo que según yo, sería un informe completo de compras y ventas de la compañía. Tomé un trago de ese amargo café frió que había dejado desde el día anterior (o quizás más tiempo) y me dirigí a tomar un refrescante baño de agua helada. Abrí la regadera y dejé correr los chorros por todo mi cuerpo, poco a poco fui despertándome. Al terminar me observé en el enorme espejo que cubría la mitad de la pared y me llevé semejante sorpresa ¿Ese era yo?
Estaba claro que ya no era el mismo. Tenía mucho tiempo que no hacia ejercicio y esa tremenda papada era la mejor prueba de ello, ni que decir de mi abdómen. A pesar de eso, no podía quejarme de ser feo y gracias a que tenía personalidad me seguían varias compañeras de trabajo. Tuve algunas aventurillas con alguna de ellas, muy rápidas que apenas si las recuerdo. Pero ese día, no estaba seguro por qué, pero me sentía raro.
Me vestí como de rayo, le di de comer a mi gato que ya se veía muy flaco y salí a la cochera. Al subir al auto, algo me dijo que lo mejor era irme a pie ¿Qué tan lejos eran diez cuadras? Pero el tiempo era oro y tenía que dar un informe muy importante.
Di una vuelta entera, no encontraba dónde estacionarme y después de cinco minutos empecé a desesperarme, seguí la busqueda hasta que por fin, vi un lugar delante de mí. Sólo tenia que cruzar esa avenida, pero la luz roja me iba a ganar. Pisé a fondo el acelerador y no me fijé a los lados.
Sólo recuerdo ese chirrido que hacen las llantas al frenar. Gritos, el ruido que se provoca al romperse muchos cristales.
Ahora estoy aquí acostado, con toda esa gente que me mira como si fuera la atracción principal del circo. Creo que he tenido un accidente.
— ¡Llamen a una ambulancia! ¡Este hombre está muriendo!— gritó un agente de tránsito.
— ¡Hey! ¡Me siento bien! ¿Qué no ven que ya me levanté? No se preocupen, no fue nada. ¿Qué no pueden escucharme?
Me doy vuelta, veo a un hombre que trata con gran desesperación de revivir a alguien, pero ¿Qué ese no soy yo? ¡Dios mío! ¿He muerto? ¡Debo de seguir soñando!
—Ellos no pueden escucharte—oigo decir atrás de mi hombro.
— ¿Quién eres tu?—pregunto al hombre vestido de blanco que me mira con una dulzura y una gran sonrisa que no puedo describir.
—Soy tu guía hacia la luz—responde.
—¿Pero qué luz? ¿Significa que estoy muerto? Tengo que irme al trabajo—. Si esto no es una pesadilla, es lo más cercano a ello.
—Nada de eso hermano, todo esto en realidad sucede y créeme que te queda todavía mucho camino que recorrer, pero no temas que yo te guiaré hasta la luz. ahí te recibirá el creador de tu universo. Él tendrá que responder por ti, al creador de creadores—dice el hombre con ternura—. No intentes verlo por que su espíritu irradia luz que ciega al que no ha cumplido su misión. Espera a que él te conceda permiso de mirarlo y escucha lo que tenga que decirte, según tus actos, serás juzgado.
— No he hecho nada de lo que tenga que arrepentirme, no he hecho mal a nadie y siempre he dado limosna en la iglesia. Ya sé que tiene mucho tiempo que no voy ¿Es ese un pecado grave?—digo con un poco de miedo.
—Sígueme hermano, y no te separes de mí. Habrá fuerzas negativas que intentarán llevarte y yo tengo que impedirlo.
Lo tomo de la mano y con una lentitud pasmosa vamos alejándonos de aquel barullo. Poco a poco se van apagando las voces hasta que se pierden por completo. De pronto, una oscuridad total nos envuelve y empiezo a sentir frío y desconsuelo.
—Hermano, a pesar de lo que escuches, no hagas caso, no me sueltes. Si llegaras a zafarte te perderás en la oscuridad y no podré ayudarte—me dice aquél hombre al que ya empiezo a tenerle cariño sin saber el por qué.
En ese momento se escuchan ruidos espantosos que no puedo describir. Son gritos guturales que llegan directo a mis oídos y penetran mi consciencia.
— ¡Hey! ¿Recuerdas a Martha? ¿No quieres volver a jugar con sus senos? ¡Ven! A donde te diriges nunca tendrás lo que gozarás con nosotros.
Luego escucho una voz que me es conocida. — ¡Quédate aquí! ¡No sigas a ese hombre! ¡Te están engañando!—era mi propia voz.
De pronto, el hombre con el que voy, se detiene y abrazándome grita.
—Amados hermanos, dejen en paz a ésta alma. Ustedes eligieron la oscuridad ¡Dejen que el siga hacia la luz! ¡Por el amor de todos los creadores, aléjense y permitan que continuemos hacia nuestro destino!
Su voz no es de furia, ni violenta. Irradia amor y me hace sentir bien. No sé cómo, pero los ruidos infernales desaparecen. Ahora voy ascendiendo poco a poco con el hombre.
Pierdo la noción del tiempo. No puedo precisar cuánta distancia hemos recorrido. Entramos a un tunel que parece interminable. A lo lejos puedo ver un rayo de luz que poco a poco se hace más intenso. Conforme nos acercamos, se oyen cada vez más fuerte coros angelicales que nos reciben y alaban al creador. Hasta que por fin llegamos a nuestro destino ¡La luz!
Frente a mi se encuentra un paramédico, me apunta con una lámpara. La gente alrededor no para de murmurar. Algunos continúan rezando. Escucho latir mi corazón con fuerza.
—¡Este hombre no ha muerto, abran paso debemos llevarlo pronto al hospital!
Algunos de los presentes aplauden, otros lloran, una anciana se hinca y grita ¡Milagro! Cierro los ojos, respiro con dificultad, pero me siento mejor. Creo que arriba me han dado una nueva oportunidad.
viernes, junio 16, 2006
Crema batida y papas con salsa de tomate.
María la hija de cuatro años de Josefa se encontraba en la sala retozando con sus muñecas. Le encantaba pasarse las tardes echada en el suelo con sus juguetes favoritos. Le gustaba hacerlo al llegar de la escuela mientras su madre se encontraba preparando su comida favorita. Para ella, no había nada mejor para comer que las papas fritas. Las prefería más que a los postres, incluso si tenían crema batida. Ya empezaba a sentir el olor que llegaba desde la cocina, sintió como le rugían sus tripas. Escuchaba los cantos alegres de su madre al compás de la música de la radio.
Como todos los niños, son pocas cosas a las que le teme. Y no es que le encante el peligro, pero así hemos sido la mayoría en nuestra infancia. Por ejemplo, cuando se sube al carrusel y se baja cuando sigue en movimiento. Cuando asoma la cabeza fuera del auto. Cuando salta en su cama y cerca hay objetos que se pueden romper. Cuando corre por la orilla de la calle y hay camiones que pasan a toda velocidad.
Más bien, no sabe medir la peligrosidad de las cosas. Claro, hasta que sucede algo malo. Por ejemplo, no le tenía miedo al fuego hasta que un día se quemó al poner la mano en la estufa. No le temía a los contactos eléctricos hasta que un día sintió un sacudón al meter un dedo en ellos. Así aprendió a temerle a muchas cosas. Pero aún le faltaba tanto por ver y conocer.
Por eso cuando vio caminar a una enorme araña por la sala no le causó ningún temor. Al contrario, lo primero que quiso hacer: fue jugar con ella. Era negra y peluda con manchas anaranjadas. Una tarántula sudamericana, no era venenosa pero a cualquiera pondría a temblar. Seguramente se le habría escapado a algún vecino. Era casi del tamaño de las muñecas con las que jugaba. Las había visto por televisión en uno de tantos dibujos animados que veía por las tardes y le parecían simpáticas. Sobre todo una que era muy parlanchina, creo que se llamaba “Tecla” .
—Mamá, hay una araña en la sala—gritó María
—Estoy ocupada mi amor—le dijo su madre desde la cocina—¿Qué has dicho?
—¡Que hay una araña en la sala!—gritó más fuerte.
—No te preocupes, no hacen nada—dijo despreocupada Josefa.
—¿Puedo jugar con ella?
—No hija, déjala en paz.
—Es muy bonita mamá ¿Me das permiso?—insistió la niña.
—¡Ya te dije que no!—Pero María no la escuchó.
Se acercó a la tarántula para poder agarrarla. Lo hizo poco a poco para no espantarla. Ésta reaccionó al contacto de la niña parando sus patas delanteras. María insistió y el insecto se lanzó sobre ella como si quisiera defenderse.
—Mamá ¿Las arañas son malas?
—No Mari, si no la molestas no te hará daño.
—Pues ésta, es muy mala. No me deja jugar con ella.
—Ya casi están listas tus papas fritas—le avisó su madre que se encontraba muy contenta.
—Ahora voy—gritó la niña.
La niña ya no quería jugar. Estaba empezando a molestarse. Nunca se había visto rechazada por nada ni por nadie. Estaba acostumbrada a que tan sólo pedir las cosas conseguía lo que quisiera. Si a la primera no lo lograba, algunas lágrimas y gritos le ayudaban en la labor de convencimiento. Le lanzó uno de sus juguetes, pero falló por más de un metro. Le echó una servilleta encima pero alcanzó a escabullirse. No tuvo más remedio que tratar de asirla otra vez con las manos. Esta vez por fin pudo atraparla. Pero tan pronto la sostuvo, ésta empezó a trepar por sus brazos hasta llegar a su cabeza. Manoteó y sacudió su pelo hasta que la hizo caer. Ahora si estaba molesta de verdad. Nadie se metía con su pelo.
—Mamá, la araña ya me hizo enojar ¿Puedo pegarle?—gritó María.
—No hijita, pobre animal ¿Por qué no la lanzas por la ventana y te vienes a comer?—dijo la madre, sin sospechar el tamaño real de la araña.
—No se deja atrapar—dijo triste María.
—Déjala que se vaya sola entonces. Ya están listas tus papas. Ya las puse en la mesa. Acuérdate de lavarte tus manos—dijo Josefa bailando su canción favorita.
María corría por toda la casa detrás de la tarántula. Se metió debajo de un librero. María se agachó para espantarla. El animal salió disparado hacia ella. De no ser por que reaccionó a tiempo se le hubiera subido a la cara.
Estuvo siguiéndola por varios minutos de mueble en mueble. De habitación en habitación. Hasta que por fin la acorraló en una de las esquinas de la recámara de sus padres. De reojo, vio encima del tocador una enorme navaja de afeitar.
No recordaba que le hubieran prohibido usarla alguna vez. De hecho vio a su padre usándola por la mañana. Sin dejar de ver al bicho que la había sacado de sus casillas fue caminando hacia atrás para tomar la filosa navaja. Estaba un poco pesada pero podía con ella. La tarántula seguía quieta en el rincón. Agarró con ambas manos la navaja y la hundió en la panza del animal. Un líquido cremoso salió de la herida y embarró los bordes. No dejó de apretar hasta que la tarántula dejó de retorcerse. El líquido siguió saliendo llenando la hoja reluciente.
Al ver lo que quedó untado en el filo se acordó de otra de sus comidas favoritas. La crema batida. Como disfrutaba echarla sobre las frutas y pasteles que le servía su mamá. Ahora acababa de descubrir de dónde sacaban el delicioso líquido que tanto le agradaba.
Empezó a lamer la “crema”. Tenía un sabor raro, pero no le era desagradable. Relamió la navaja para dejarla limpia por completo. Pasó su lengua por el lado más filoso. Vio que la crema cambiaba de color. Ahora parecía salsa de tomate. “Que divertido” pensó María. Primero crema batida y ahora la salsita que tanto le encantaba. Dio más lamidas. La salsa no dejaba de salir.
—Mamá, ya no necesitas ponerle salsa de tomate a mis papas—gritó.
Como todos los niños, son pocas cosas a las que le teme. Y no es que le encante el peligro, pero así hemos sido la mayoría en nuestra infancia. Por ejemplo, cuando se sube al carrusel y se baja cuando sigue en movimiento. Cuando asoma la cabeza fuera del auto. Cuando salta en su cama y cerca hay objetos que se pueden romper. Cuando corre por la orilla de la calle y hay camiones que pasan a toda velocidad.
Más bien, no sabe medir la peligrosidad de las cosas. Claro, hasta que sucede algo malo. Por ejemplo, no le tenía miedo al fuego hasta que un día se quemó al poner la mano en la estufa. No le temía a los contactos eléctricos hasta que un día sintió un sacudón al meter un dedo en ellos. Así aprendió a temerle a muchas cosas. Pero aún le faltaba tanto por ver y conocer.
Por eso cuando vio caminar a una enorme araña por la sala no le causó ningún temor. Al contrario, lo primero que quiso hacer: fue jugar con ella. Era negra y peluda con manchas anaranjadas. Una tarántula sudamericana, no era venenosa pero a cualquiera pondría a temblar. Seguramente se le habría escapado a algún vecino. Era casi del tamaño de las muñecas con las que jugaba. Las había visto por televisión en uno de tantos dibujos animados que veía por las tardes y le parecían simpáticas. Sobre todo una que era muy parlanchina, creo que se llamaba “Tecla” .
—Mamá, hay una araña en la sala—gritó María
—Estoy ocupada mi amor—le dijo su madre desde la cocina—¿Qué has dicho?
—¡Que hay una araña en la sala!—gritó más fuerte.
—No te preocupes, no hacen nada—dijo despreocupada Josefa.
—¿Puedo jugar con ella?
—No hija, déjala en paz.
—Es muy bonita mamá ¿Me das permiso?—insistió la niña.
—¡Ya te dije que no!—Pero María no la escuchó.
Se acercó a la tarántula para poder agarrarla. Lo hizo poco a poco para no espantarla. Ésta reaccionó al contacto de la niña parando sus patas delanteras. María insistió y el insecto se lanzó sobre ella como si quisiera defenderse.
—Mamá ¿Las arañas son malas?
—No Mari, si no la molestas no te hará daño.
—Pues ésta, es muy mala. No me deja jugar con ella.
—Ya casi están listas tus papas fritas—le avisó su madre que se encontraba muy contenta.
—Ahora voy—gritó la niña.
La niña ya no quería jugar. Estaba empezando a molestarse. Nunca se había visto rechazada por nada ni por nadie. Estaba acostumbrada a que tan sólo pedir las cosas conseguía lo que quisiera. Si a la primera no lo lograba, algunas lágrimas y gritos le ayudaban en la labor de convencimiento. Le lanzó uno de sus juguetes, pero falló por más de un metro. Le echó una servilleta encima pero alcanzó a escabullirse. No tuvo más remedio que tratar de asirla otra vez con las manos. Esta vez por fin pudo atraparla. Pero tan pronto la sostuvo, ésta empezó a trepar por sus brazos hasta llegar a su cabeza. Manoteó y sacudió su pelo hasta que la hizo caer. Ahora si estaba molesta de verdad. Nadie se metía con su pelo.
—Mamá, la araña ya me hizo enojar ¿Puedo pegarle?—gritó María.
—No hijita, pobre animal ¿Por qué no la lanzas por la ventana y te vienes a comer?—dijo la madre, sin sospechar el tamaño real de la araña.
—No se deja atrapar—dijo triste María.
—Déjala que se vaya sola entonces. Ya están listas tus papas. Ya las puse en la mesa. Acuérdate de lavarte tus manos—dijo Josefa bailando su canción favorita.
María corría por toda la casa detrás de la tarántula. Se metió debajo de un librero. María se agachó para espantarla. El animal salió disparado hacia ella. De no ser por que reaccionó a tiempo se le hubiera subido a la cara.
Estuvo siguiéndola por varios minutos de mueble en mueble. De habitación en habitación. Hasta que por fin la acorraló en una de las esquinas de la recámara de sus padres. De reojo, vio encima del tocador una enorme navaja de afeitar.
No recordaba que le hubieran prohibido usarla alguna vez. De hecho vio a su padre usándola por la mañana. Sin dejar de ver al bicho que la había sacado de sus casillas fue caminando hacia atrás para tomar la filosa navaja. Estaba un poco pesada pero podía con ella. La tarántula seguía quieta en el rincón. Agarró con ambas manos la navaja y la hundió en la panza del animal. Un líquido cremoso salió de la herida y embarró los bordes. No dejó de apretar hasta que la tarántula dejó de retorcerse. El líquido siguió saliendo llenando la hoja reluciente.
Al ver lo que quedó untado en el filo se acordó de otra de sus comidas favoritas. La crema batida. Como disfrutaba echarla sobre las frutas y pasteles que le servía su mamá. Ahora acababa de descubrir de dónde sacaban el delicioso líquido que tanto le agradaba.
Empezó a lamer la “crema”. Tenía un sabor raro, pero no le era desagradable. Relamió la navaja para dejarla limpia por completo. Pasó su lengua por el lado más filoso. Vio que la crema cambiaba de color. Ahora parecía salsa de tomate. “Que divertido” pensó María. Primero crema batida y ahora la salsita que tanto le encantaba. Dio más lamidas. La salsa no dejaba de salir.
—Mamá, ya no necesitas ponerle salsa de tomate a mis papas—gritó.
viernes, mayo 26, 2006
El guante olvidado.
La consternación de Pedro era por demás obvia. Sudaba a cántaros. El pulso lo tenía aceleradísimo. Cómo pudo cometer ese error tan grave. Lo tenía todo bien planeado. Había estudiado a Perla días enteros. Sabía todos sus movimientos, las entradas y salidas a su casa. A que hora se bañaba, que ropa se pondría. Todo, la conocía más que así mismo.
Tenía que pagarle. Se lo advirtió. Aún no podía creer que anduviera por ahí, como si no hubiera pasado nada. Pero había llegado la hora de cobrarse todas las humillaciones. Aún recuerda cuando delante de mucha gente le gritó que no era más que un gusano, que dejara de molestarla. Cuando le envió un precioso ramo de flores y ella sin siquiera olerlas, las tiró al basurero.
Esa noche aprovechó que había dejado una ventana abierta para escabullirse en su recámara. Se escondió en la oscuridad de su departamento a esperarla, no tardaría mucho tiempo. Faltaba poco para que llegara de su trabajo. Mientras tanto contaba cada segundo. Escudriñaba cada rincón de aquél impecable cuarto decorado a la italiana. Se puso unos guantes de látex con mucho cuidado. Sacó el cuchillo que había afilado toda la tarde y se acomodó dentro del closet en espera que ella acudiera a su cita con la muerte.
Ella llegó puntual, a la hora de siempre, como había previsto Pedro. Ella se tomaría un baño antes de acostarse como era su costumbre. Disfrutaría de verla por última vez. Abrió un poco la puerta para poderla espiar.
Perla se desnudó con mucho cuidado, como en cámara lenta. Primero la blusa roja de seda, la falda negra, el sostén rojo que hacía juego con la brevísima tanga de satín. Pedro, escondido admiró por última vez aquellos senos por los que había perdido la cabeza. No soportó más, ahora la odiaba y tenía que morir.
Se abalanzó sobre la mujer que se vio sorprendida. Desnuda e indefensa ante el filoso y frío cuchillo de su atacante. Le asestó veintisiete golpes. Los últimos diez por la espalda cuando quiso huir. Cuando vio tendida a su presa sobre el piso, se quitó un guante para acariciar con fuerza y desesperación los pechos de la pobre fémina cuyos pezones sanguinolentos apuntaban hacia el techo.
Después de saciar su sed de sangre y de lujuria entró al baño a lavarse. Se quitó la ropa empapada y sacó una nueva muda de ropa. La mojada la guardó en una bolsa de plástico que más tarde tiraría a la basura. Se vistió de nuevo lo más rápido posible y abandonó el lugar dirigiéndose a la estación del tren. Fue cuando se dio cuenta. Había olvidado un guante ¿O se le cayó cuando manoseó lascivamente a su victima? ¿Se cayó cuando volvió a salir por la ventana? Ya no recordaba.
Tenía que regresar por él. Sabía que tarde o temprano la policía encontraría huellas digitales donde hubiera tocado su mano desnuda (los pechos de la infortunada para empezar). Se puso a temblar de la desesperación. De sólo de pensar que tendría que volver al sitio del crimen a borrar toda la evidencia y encontrarse con el cadáver de nuevo. Lo más seguro era que estuviera en medio de un gran charco de sangre. Dejaría más huellas.
Mientras volvía al sitio del crimen pasaban por su mente cada gesto, los rictus de dolor. El sonido de la carne cada vez que se hundía su cuchillo. Los gritos de súplica. Estos pensamientos lo calmaron por un momento. El dulce sabor de la venganza no era tan malo después de todo. Sólo tendría que recoger el guante, borrar sus rastros y regresar a la estación.
Se deslizó de nuevo por la ventana. Se puso el guante que le quedaba y entró a la recámara. No encontró ni el guante ni el cadáver. Volteó a su derecha y en el reflejo del espejo se encontraba Perla. Su cuerpo lleno de heridas. Bañada en sangre.
—¿Olvidaste algo?—le dijo con una sonrisa grotesca.Al otro día los encontraron. A él con los ojos en blanco, el rostro pálido. Se había tragado su propia lengua. Nadie supo lo que en realidad pasó esa noche. Había dos cadáveres, cada uno sosteniendo un guante.
Tenía que pagarle. Se lo advirtió. Aún no podía creer que anduviera por ahí, como si no hubiera pasado nada. Pero había llegado la hora de cobrarse todas las humillaciones. Aún recuerda cuando delante de mucha gente le gritó que no era más que un gusano, que dejara de molestarla. Cuando le envió un precioso ramo de flores y ella sin siquiera olerlas, las tiró al basurero.
Esa noche aprovechó que había dejado una ventana abierta para escabullirse en su recámara. Se escondió en la oscuridad de su departamento a esperarla, no tardaría mucho tiempo. Faltaba poco para que llegara de su trabajo. Mientras tanto contaba cada segundo. Escudriñaba cada rincón de aquél impecable cuarto decorado a la italiana. Se puso unos guantes de látex con mucho cuidado. Sacó el cuchillo que había afilado toda la tarde y se acomodó dentro del closet en espera que ella acudiera a su cita con la muerte.
Ella llegó puntual, a la hora de siempre, como había previsto Pedro. Ella se tomaría un baño antes de acostarse como era su costumbre. Disfrutaría de verla por última vez. Abrió un poco la puerta para poderla espiar.
Perla se desnudó con mucho cuidado, como en cámara lenta. Primero la blusa roja de seda, la falda negra, el sostén rojo que hacía juego con la brevísima tanga de satín. Pedro, escondido admiró por última vez aquellos senos por los que había perdido la cabeza. No soportó más, ahora la odiaba y tenía que morir.
Se abalanzó sobre la mujer que se vio sorprendida. Desnuda e indefensa ante el filoso y frío cuchillo de su atacante. Le asestó veintisiete golpes. Los últimos diez por la espalda cuando quiso huir. Cuando vio tendida a su presa sobre el piso, se quitó un guante para acariciar con fuerza y desesperación los pechos de la pobre fémina cuyos pezones sanguinolentos apuntaban hacia el techo.
Después de saciar su sed de sangre y de lujuria entró al baño a lavarse. Se quitó la ropa empapada y sacó una nueva muda de ropa. La mojada la guardó en una bolsa de plástico que más tarde tiraría a la basura. Se vistió de nuevo lo más rápido posible y abandonó el lugar dirigiéndose a la estación del tren. Fue cuando se dio cuenta. Había olvidado un guante ¿O se le cayó cuando manoseó lascivamente a su victima? ¿Se cayó cuando volvió a salir por la ventana? Ya no recordaba.
Tenía que regresar por él. Sabía que tarde o temprano la policía encontraría huellas digitales donde hubiera tocado su mano desnuda (los pechos de la infortunada para empezar). Se puso a temblar de la desesperación. De sólo de pensar que tendría que volver al sitio del crimen a borrar toda la evidencia y encontrarse con el cadáver de nuevo. Lo más seguro era que estuviera en medio de un gran charco de sangre. Dejaría más huellas.
Mientras volvía al sitio del crimen pasaban por su mente cada gesto, los rictus de dolor. El sonido de la carne cada vez que se hundía su cuchillo. Los gritos de súplica. Estos pensamientos lo calmaron por un momento. El dulce sabor de la venganza no era tan malo después de todo. Sólo tendría que recoger el guante, borrar sus rastros y regresar a la estación.
Se deslizó de nuevo por la ventana. Se puso el guante que le quedaba y entró a la recámara. No encontró ni el guante ni el cadáver. Volteó a su derecha y en el reflejo del espejo se encontraba Perla. Su cuerpo lleno de heridas. Bañada en sangre.
—¿Olvidaste algo?—le dijo con una sonrisa grotesca.Al otro día los encontraron. A él con los ojos en blanco, el rostro pálido. Se había tragado su propia lengua. Nadie supo lo que en realidad pasó esa noche. Había dos cadáveres, cada uno sosteniendo un guante.
domingo, mayo 21, 2006
Sánchez. Capítulo IV.
Sánchez abrió los ojos, una fuerte luz lo iluminaba, se encontró con la cara de Jiménez que lo veía consternado.
— ¿En donde estamos?—preguntó con voz cansada.
— En el Hospital General—oyó decir a lo lejos.
— ¿Qué me pasó? ¿Por qué estoy aquí?—
—Va a estar bien Teniente, sólo fue el golpe—sonrió Jiménez que le daba una palmada en la mano ¡Pero qué susto me dio!
Sánchez quiso levantarse pero una punzada en la nuca lo detuvo— ¿Pero qué demonios sucedió?—insultó a lo bajo sobándose la nuca.
—Es mejor que descanse Teniente, mañana lo pondré al tanto— se despidió Jiménez que cerraba la puerta.
Tras de él, entró una enfermera que con cara sonriente sostenía una enorme jeringa.
—Le voy a inyectar un tranquilizante para que descanse—le dijo. Que sueñe con los angelitos.
No supo cuanto tiempo transcurrió. Para él ni cinco minutos, abrió los ojos.
—Ese tranquilizante no me hizo nada—pensó.
El cuarto estaba en la oscuridad total y había un silencio tan grande que podría oír la respiración de una hormiga, la cama la sentía como si fuera un témpano de hielo. Se quiso levantar pero no le respondía ninguna parte de su cuerpo, de pronto escuchó pasos que venían lejos y que poco a poco se hacían más fuertes. De pronto los pasos se detuvieron, la manija de la puerta se movía y esta se abrió como en cámara lenta. No podía ver quien era la persona pero si podía sentir su mirada. Podía escuchar su respiración agitada. En ese momento empezó a acercarse y fue al fin que pudo verlo. Una persona alta vestida como doctor y con tapaboca se le acercaba. En la mano derecha tenia un bisturí. Quiso gritar y preguntar quién era pero parecía que estaba congelado. Iba a abrir la boca cuando la persona lo atacó. Sintió como le cortaban de un tajo el vientre. Aún así no podía ni gritar ni moverse. Recibió otro corte en el cuello y un chorro de sangre salió disparado de su yugular, esta vez gritó con todas sus fuerzas ¡Que alguien me ayude!
— ¡Teniente, despierte! — le gritaba Jiménez.
—Es sólo una pesadilla— le habló quedo tratando de calmarlo.
—Cálmese y vístase, lo invito a desayunar tenemos mucho de que hablar— y salió de la habitación.
Sánchez se incorporó con lentitud. Estaba empapado en sudor y la cabeza le daba vueltas. No aguantó el mareo y se puso a vomitar. “¡mierda! pero que mal me siento”, se dijo así mismo, pero aún así se levantó y caminó tambaleándose hacia la percha donde colgaba su ropa. Dejó caer la bata a sus pies quedando desnudo cuando se abrió de improviso la puerta.
—Disculpe usted Teniente, no esperaba verlo levantado—dijo la enfermera apenada que enseguida volteó la cara.
—No, no, no hay cuidado—tartamudeó Sánchez aún más apenado subiéndose rápido los boxers.
—Ya me siento mejor y la verdad no puedo esperar más, tengo muchas cosas que hacer—siguió diciendo Sánchez colocándose el pantalón.
—Pero aún no ha firmado su alta el Doctor Estrada—aclaró la enfermera.
—Pues le agradezco mucho su preocupación señorita pero yo me largo, muchas gracias por todo— respondió Sánchez vistiéndose, le guiñó un ojo y cerró la puerta.
Jiménez lo esperaba dentro del auto a la entrada del hospital, en cuanto lo vio le tocó el claxon, Sánchez le hizo una seña de que ya lo había visto y se dirigió hacia él.
—OK, dime todo lo que sabes—interrogó Sánchez dejando caer todo su peso en el asiento.
—Claro que si Teniente, no coma ansias, en el camino le digo—musitó poniendo en marcha el auto y salía a vuelta de rueda de aquél lugar.
— ¿A dónde quiere ir a desayunar, Teniente?—preguntó encendiéndose un cigarrillo.
—A donde sea, no me importa, de todas maneras me siento mareado no creo poder comer nada, pero no me la sigas haciendo de emoción y dime de una vez por todas que carajos sucedió—replicó un poco desesperado.
Jiménez le dio un buen jalón al cigarro y después de sacar todo el humo por fin le dijo.
—Pues en realidad no sé qué decirle Teniente; no sabemos que fue lo que sucedió en realidad; usted tardó demasiado en salir que no supe que hacer; le grité pero no me respondió y cuando me decidí entrar lo encontré tirado en un charco de sangre, por un momento pensé que estaba muerto.
— ¿Pero quién me atacó?
—No encontré a nadie en la habitación, cometimos un grande error, no reparamos en que ese edificio tiene escaleras de emergencia por si hay un incendio, su atacante huyó por la ventana—confesó Jiménez mientras veía el retrovisor.
—Parece ser que el que lo atacó sólo entró a despedazar una computadora—reveló un tanto extrañado.
— ¿Una computadora?—preguntó Sánchez aún más confundido sobándose la cabeza.
—Se llevó el disco duro, lo demás lo hizo añicos—reveló Jiménez cuando se estacionaba frente a un puesto de tacos y tortas.
— ¿Seguro que no quiere nada teniente?—volvió a preguntar bajándose del auto.
—No, pero te acompaño con un café—contestó.
Los dos se dirigieron hasta el fondo del local, era muy pequeño pero limpio, las mesas y sillas eran de plástico, en las paredes colgaban fotos de jugadores de fútbol algo maltratadas.
—Mire teniente, el Cabrito Arellano—exclamó Jiménez emocionado al reconocer a su ídolo, Sánchez ni se inmutó. Se sentó e hizo señas a la mesera, que enseguida se acercó.
—Por favor un café bien cargado—ordenó Sánchez.
—Y para mí una torta de chorizo, también bien cargada y su respectiva Coca Light, para la dieta—bromeó Jiménez.
—Enseguida se los traigo— dijo la mesera que no paraba de sonreír.
—Bueno Jiménez, dime ¿Encontraron alguna pista en la escena del crimen?— preguntó volteando a ver a la mesera cuando se alejaba.
—No, ninguna, tampoco en el departamento de la víctima —contestó Jiménez que tampoco dejaba de ver a la mesera, quien para su mala suerte en ese momento los volteaba a ver.
— ¡Vaya, nos ha visto! —suspiró Jiménez muerto de la pena.
— ¿Y qué sabes de la hermana de la segunda víctima, ya te comunicaste a Francia? —inquirió Sánchez que le regresaba la mirada a Jiménez como si nada.
—Pues hasta ahora no hay noticias de ella, parece que se la tragó la tierra—ahora Jiménez fijaba su vista en las fotos de fútbol.
—Por cierto me dijo el forense que mandó el resultado de las autopsias, deben estar en su escritorio en este momento— añadió.
—Averiguamos también que la última víctima tampoco tiene familia, era huérfana, se crió en un orfanato en el estado de Guerrero.
—Pues te apuras a desayunar y nos vamos a la jefatura, además tenemos que ir a ver al cura, necesito hacerle algunas preguntas.
— ¿Sabes si se revisó la casa de la segunda victima? —indagó Sánchez con cara de que se le había olvidado algo importante…
—Pues se registró la casa, se buscaron huellas digitales sin encontrar nada raro, lo más extraño fue lo que hallé cerca de la entrada cuando estuve listo para abandonar el lugar, encontré unas fibras de color rojo, parecen de alguna alfombra, busqué en todo el departamento y no encontré nada de ese color — respondió Jiménez que veía a la mesera cuando regresaba con sus bebidas.
—Y dime Jiménez ¿de casualidad recuerdas haber visto alguna computadora en el departamento?— inquirió Sánchez antes de darle un buen sorbo a su café y agradecía a la mesera con una sonrisa.
Ésta vez ninguno de los dos volteó a verla y ninguno se percató que ella si los miraba.
— ¿Sabe Teniente? Ahora que lo menciona, si hay una computadora pero no estaba a la vista, estaba empacada dentro del closet— reveló Jiménez que ahora buscaba con la mirada su torta que no llegaba.
—Pues manda a buscar esa computadora, me parece que podemos encontrar algo interesante ahí, estoy seguro que las fibras las dejó alguien que fue a buscar esa computadora y no la encontró, estoy seguro que quiso deshacerse de ella como sucedió con la última víctima, también necesito que mandes a examinar esas fibras, me parece que estamos cerca de ese mal nacido—ordenó Sánchez que daba otro sorbo a su café.
— ¡Por fin mi torta!— prorrumpió Jiménez que la veía venir como si fuera la última del planeta.
—Pues ojalá y sea pronto por que lo más seguro es que vuelva a asesinar— dijo Jiménez que mordía la torta casi hasta la mitad, ¡ummm! …
— ¿En donde estamos?—preguntó con voz cansada.
— En el Hospital General—oyó decir a lo lejos.
— ¿Qué me pasó? ¿Por qué estoy aquí?—
—Va a estar bien Teniente, sólo fue el golpe—sonrió Jiménez que le daba una palmada en la mano ¡Pero qué susto me dio!
Sánchez quiso levantarse pero una punzada en la nuca lo detuvo— ¿Pero qué demonios sucedió?—insultó a lo bajo sobándose la nuca.
—Es mejor que descanse Teniente, mañana lo pondré al tanto— se despidió Jiménez que cerraba la puerta.
Tras de él, entró una enfermera que con cara sonriente sostenía una enorme jeringa.
—Le voy a inyectar un tranquilizante para que descanse—le dijo. Que sueñe con los angelitos.
No supo cuanto tiempo transcurrió. Para él ni cinco minutos, abrió los ojos.
—Ese tranquilizante no me hizo nada—pensó.
El cuarto estaba en la oscuridad total y había un silencio tan grande que podría oír la respiración de una hormiga, la cama la sentía como si fuera un témpano de hielo. Se quiso levantar pero no le respondía ninguna parte de su cuerpo, de pronto escuchó pasos que venían lejos y que poco a poco se hacían más fuertes. De pronto los pasos se detuvieron, la manija de la puerta se movía y esta se abrió como en cámara lenta. No podía ver quien era la persona pero si podía sentir su mirada. Podía escuchar su respiración agitada. En ese momento empezó a acercarse y fue al fin que pudo verlo. Una persona alta vestida como doctor y con tapaboca se le acercaba. En la mano derecha tenia un bisturí. Quiso gritar y preguntar quién era pero parecía que estaba congelado. Iba a abrir la boca cuando la persona lo atacó. Sintió como le cortaban de un tajo el vientre. Aún así no podía ni gritar ni moverse. Recibió otro corte en el cuello y un chorro de sangre salió disparado de su yugular, esta vez gritó con todas sus fuerzas ¡Que alguien me ayude!
— ¡Teniente, despierte! — le gritaba Jiménez.
—Es sólo una pesadilla— le habló quedo tratando de calmarlo.
—Cálmese y vístase, lo invito a desayunar tenemos mucho de que hablar— y salió de la habitación.
Sánchez se incorporó con lentitud. Estaba empapado en sudor y la cabeza le daba vueltas. No aguantó el mareo y se puso a vomitar. “¡mierda! pero que mal me siento”, se dijo así mismo, pero aún así se levantó y caminó tambaleándose hacia la percha donde colgaba su ropa. Dejó caer la bata a sus pies quedando desnudo cuando se abrió de improviso la puerta.
—Disculpe usted Teniente, no esperaba verlo levantado—dijo la enfermera apenada que enseguida volteó la cara.
—No, no, no hay cuidado—tartamudeó Sánchez aún más apenado subiéndose rápido los boxers.
—Ya me siento mejor y la verdad no puedo esperar más, tengo muchas cosas que hacer—siguió diciendo Sánchez colocándose el pantalón.
—Pero aún no ha firmado su alta el Doctor Estrada—aclaró la enfermera.
—Pues le agradezco mucho su preocupación señorita pero yo me largo, muchas gracias por todo— respondió Sánchez vistiéndose, le guiñó un ojo y cerró la puerta.
Jiménez lo esperaba dentro del auto a la entrada del hospital, en cuanto lo vio le tocó el claxon, Sánchez le hizo una seña de que ya lo había visto y se dirigió hacia él.
—OK, dime todo lo que sabes—interrogó Sánchez dejando caer todo su peso en el asiento.
—Claro que si Teniente, no coma ansias, en el camino le digo—musitó poniendo en marcha el auto y salía a vuelta de rueda de aquél lugar.
— ¿A dónde quiere ir a desayunar, Teniente?—preguntó encendiéndose un cigarrillo.
—A donde sea, no me importa, de todas maneras me siento mareado no creo poder comer nada, pero no me la sigas haciendo de emoción y dime de una vez por todas que carajos sucedió—replicó un poco desesperado.
Jiménez le dio un buen jalón al cigarro y después de sacar todo el humo por fin le dijo.
—Pues en realidad no sé qué decirle Teniente; no sabemos que fue lo que sucedió en realidad; usted tardó demasiado en salir que no supe que hacer; le grité pero no me respondió y cuando me decidí entrar lo encontré tirado en un charco de sangre, por un momento pensé que estaba muerto.
— ¿Pero quién me atacó?
—No encontré a nadie en la habitación, cometimos un grande error, no reparamos en que ese edificio tiene escaleras de emergencia por si hay un incendio, su atacante huyó por la ventana—confesó Jiménez mientras veía el retrovisor.
—Parece ser que el que lo atacó sólo entró a despedazar una computadora—reveló un tanto extrañado.
— ¿Una computadora?—preguntó Sánchez aún más confundido sobándose la cabeza.
—Se llevó el disco duro, lo demás lo hizo añicos—reveló Jiménez cuando se estacionaba frente a un puesto de tacos y tortas.
— ¿Seguro que no quiere nada teniente?—volvió a preguntar bajándose del auto.
—No, pero te acompaño con un café—contestó.
Los dos se dirigieron hasta el fondo del local, era muy pequeño pero limpio, las mesas y sillas eran de plástico, en las paredes colgaban fotos de jugadores de fútbol algo maltratadas.
—Mire teniente, el Cabrito Arellano—exclamó Jiménez emocionado al reconocer a su ídolo, Sánchez ni se inmutó. Se sentó e hizo señas a la mesera, que enseguida se acercó.
—Por favor un café bien cargado—ordenó Sánchez.
—Y para mí una torta de chorizo, también bien cargada y su respectiva Coca Light, para la dieta—bromeó Jiménez.
—Enseguida se los traigo— dijo la mesera que no paraba de sonreír.
—Bueno Jiménez, dime ¿Encontraron alguna pista en la escena del crimen?— preguntó volteando a ver a la mesera cuando se alejaba.
—No, ninguna, tampoco en el departamento de la víctima —contestó Jiménez que tampoco dejaba de ver a la mesera, quien para su mala suerte en ese momento los volteaba a ver.
— ¡Vaya, nos ha visto! —suspiró Jiménez muerto de la pena.
— ¿Y qué sabes de la hermana de la segunda víctima, ya te comunicaste a Francia? —inquirió Sánchez que le regresaba la mirada a Jiménez como si nada.
—Pues hasta ahora no hay noticias de ella, parece que se la tragó la tierra—ahora Jiménez fijaba su vista en las fotos de fútbol.
—Por cierto me dijo el forense que mandó el resultado de las autopsias, deben estar en su escritorio en este momento— añadió.
—Averiguamos también que la última víctima tampoco tiene familia, era huérfana, se crió en un orfanato en el estado de Guerrero.
—Pues te apuras a desayunar y nos vamos a la jefatura, además tenemos que ir a ver al cura, necesito hacerle algunas preguntas.
— ¿Sabes si se revisó la casa de la segunda victima? —indagó Sánchez con cara de que se le había olvidado algo importante…
—Pues se registró la casa, se buscaron huellas digitales sin encontrar nada raro, lo más extraño fue lo que hallé cerca de la entrada cuando estuve listo para abandonar el lugar, encontré unas fibras de color rojo, parecen de alguna alfombra, busqué en todo el departamento y no encontré nada de ese color — respondió Jiménez que veía a la mesera cuando regresaba con sus bebidas.
—Y dime Jiménez ¿de casualidad recuerdas haber visto alguna computadora en el departamento?— inquirió Sánchez antes de darle un buen sorbo a su café y agradecía a la mesera con una sonrisa.
Ésta vez ninguno de los dos volteó a verla y ninguno se percató que ella si los miraba.
— ¿Sabe Teniente? Ahora que lo menciona, si hay una computadora pero no estaba a la vista, estaba empacada dentro del closet— reveló Jiménez que ahora buscaba con la mirada su torta que no llegaba.
—Pues manda a buscar esa computadora, me parece que podemos encontrar algo interesante ahí, estoy seguro que las fibras las dejó alguien que fue a buscar esa computadora y no la encontró, estoy seguro que quiso deshacerse de ella como sucedió con la última víctima, también necesito que mandes a examinar esas fibras, me parece que estamos cerca de ese mal nacido—ordenó Sánchez que daba otro sorbo a su café.
— ¡Por fin mi torta!— prorrumpió Jiménez que la veía venir como si fuera la última del planeta.
—Pues ojalá y sea pronto por que lo más seguro es que vuelva a asesinar— dijo Jiménez que mordía la torta casi hasta la mitad, ¡ummm! …
domingo, mayo 14, 2006
El último brindis.

En un fino restaurante una pareja de amantes se encontraba en la última mesa. Platicaban indiferentes a los demás que ahí cenaban. Sus copas estaban vacías. No habían tocado la botella de vino tinto que se hallaba en la mesa.
—¿Cuántos años llevamos de vivir juntos? He perdido la cuenta.
—Han pasado más de cien años. Pero para mí ha sido muy poco.
—¿Recuerdas, cómo nos conocimos?
—Como olvidarlo. Tan pronto te vi, supe que sería tuya para siempre.
—En cambio yo. Pensé que sería la primera y última vez que te vería.
—¿Qué te hizo pensar eso? ¿Lo dices por el hábito que vestía?
—No creí que fueras a renunciar a él tan fácilmente.
—Pues te equivocaste conmigo.
—Es algo que no sé a quién agradecer. Si al de arriba o al de abajo.
Los dos soltaron la carcajada al mismo tiempo. Los demás los vieron por un segundo para después continuar en lo que estaban.
—¿Te arrepientes ahora?
—No, nunca lo haré.
—¿No te importó el que haya acabado con tus demás hermanas del convento?
—Así como no me dolió el que hayas matado a mis padres.
—No sabes como me hiere que me digas todo esto. Haces más difícil mi partida.
—¿Qué estás diciendo?
—Ha llegado el momento de despedirnos. Por eso es que te he traído hasta aquí esta noche. Debes conseguir un nuevo compañero.
—No puede ser cierto. No beberé tu sangre. No te cambiaré.
—Entiende, mi tiempo ya ha terminado.
Él se puso de pie. Mató a las parejas que se encontraban cenando. Al ver correr la sangre, ella no pudo evitar unirse al festín. Se encargó de los meseros y empleados del lugar que intentaban huir. Se convirtió en una auténtica carnicería humana. Sólo quedó un joven que no paraba de llorar. Llenaron sus copas de sangre.
—Brindemos por la última noche juntos—dijo él.
Bebieron hasta saciarse. Se fundieron en un abrazo. Sintió como palpitaba la yugular de su amado. Hundió sus filosos colmillos. Le arrancó la vida poco a poco. Cuando se quedó sola con el único sobreviviente, lo tomó de la mano para luego besarlo.
—Nos llevaremos muy bien, te lo aseguro…
Hombres de Blanco.

Despertó de pronto. No entendía por qué debía ponerse ese traje blanco, ni por qué debía esconder su cara tras esa máscara puntiaguda. Seguía a pie la procesión de jinetes encapuchados. La luz de sus antorchas iluminaba la noche sin estrellas. Escuchó que desde ese día, pertenecía a algo así como un concejo. Le llamaban el clan. Era su noche de iniciación. Cuando fuera el momento el gran sacerdote le daría instrucciones.
“Debo estar soñando”, pensó. Siguieron por un sinuoso camino. La caravana de pronto se detuvo. Varios jinetes desmontaron y empezaron a clavar unos maderos en forma de cruz y les prendieron fuego. A lo lejos se escuchaban cánticos y alabanzas. Eran voces de niños. No podía ver de dónde provenían pues le tapaban la vista los demás encapuchados. De pronto todos se abrieron para darle paso al sacerdote mayor que empuñaba una antorcha.
—¡Préndele fuego a su iglesia y mándalos al infierno!—gritó
Quiso despertar. Ya tenía suficiente con ese sueño. Pero no pudo. Avanzó entre aquellos hombres que se ocultaban tras ese ropaje. Podía leer en sus ojos un odio inconmensurable. Ahora no tenía voluntad sobre su cuerpo. Corrió hacia la pequeña casita de madera y lanzó la antorcha.
Todo se inundó de fuego. Adentro, gritos desgarradores. El llanto de los inocentes. El olor a carne quemada llenó sus fosas nasales. Escuchó una voz que le pedía regresar a la cuenta de tres. Uno, dos, tres.
Despertó. Una luz lo cegó por un momento. Frente a él, cámaras de TV y cientos de personas que no dejaban de mirarlo. Un hombre de barba y una mujer rubia con un micrófono lo veían con la boca abierta.
—Señoras y señores. Ustedes lo han visto y escuchado en éste su programa “Vidas pasadas”. El señor fue miembro del Ku Kux Klan en su vida anterior. Fue uno de los que asesinaron brutalmente a cuarenta y cinco niños de nuestra comunidad—dijo la mujer.
—Pero…yo…no sé de que hablan—dijo el hombre que miraba acercarse a él a la multitud.
La transmisión se interrumpió. El programa fue cancelado. Un hombre fue linchado.
domingo, abril 23, 2006
Primer cuento publicado.
Estoy muy contento. Mi primer cuento publicado resultó ser "Sin Invitación". El cuento lo presenté en el taller 7 tal como está en mi blog. Después de varios arreglos , el relato quedó listo. Lo han publicado en Axxón.
El relato lo pueden leer aquí: Sin invitación
El relato lo pueden leer aquí: Sin invitación
sábado, abril 15, 2006
Sánchez. Capítulo III.
Se detuvo justo en frente de dos patrullas que bloqueaban la calle oscura donde se hallaba el cuerpo. El lugar estaba repleto de periodistas y gente curiosa. Se estacionó detrás de una patrulla. Aún no se había bajado de su auto cuando, una avalancha de reporteros lo rodeó.
—Teniente Sánchez ¿Es verdad que el reciente asesinato tiene que ver con el de las dos mujeres asesinadas de manera brutal?—preguntó una reportera que por poco le pica un ojo con su micrófono.
—No señorita, no es verdad—masculló Sánchez esquivando más micrófonos y cerraba la puerta de su auto.
— ¿Por qué no quieren que se sepan sus nombres? La gente de la ciudad tiene el derecho de saber—preguntó desde atrás un reportero.
—Señores ya les dije mil veces que no queremos que se entorpezcan las investigaciones. No haremos declaraciones que sólo contribuyan a que el miedo se apodere de esta ciudad, que de por si vive ya angustiada por la ola de asaltos y secuestros—contestó Sánchez ahora de mal humor.
—Pero, debemos prevenir a la ciudadanía ¿no cree?—preguntó otra señorita desde atrás.
—Por favor, háganse a un lado, necesito pasar—gruñó Sánchez, que echaba humo de coraje.
Sánchez se abrió camino casi a empujones. Adelante estaba Jiménez, de pie junto al cuerpo tomaba fotos. No fue hasta que estuvo a su lado que éste se percató de su llegada.
—Disculpe Teniente, no me había dado cuenta que ya estaba aquí.
—No hay cuidado Jiménez, esos idiotas de la prensa me detuvieron, pero… veamos el cuerpo.
Jiménez destapó el cuerpo que estaba a sus pies.
—¡Dios Santo! ¡Pero qué demonios ha pasado aquí! ¡Esto es…!—Sánchez no terminó la última palabra, lo que tenía ante sus ojos no podía ser real.
En el piso se encontraba el cuerpo de otra mujer. Desnuda, con el tórax abierto. En la mano izquierda le colocaron su corazón. Colgado del cuello se encontraba su intestino.
—Eso no es todo, tiene que ver esto—señaló Jiménez—, al mismo tiempo que le abría la boca. Le han desprendido toda la dentadura, diente por diente.
— ¡Pero qué clase de asesino!—murmuró Sánchez.
—Dime Jiménez, ¿Tenemos testigos?
—No, ninguno.
—Y… ¿Quién encontró el cuerpo?—preguntó Sánchez encendiéndose un cigarrillo.
—Fue el padre Vicente él quien dio parte a la policía. Se veía muy contrariado. Dijo conocerla desde pequeña.
— ¿El Padre Vicente? ¿Ya lo interrogaron?—preguntó Sánchez sacando el humo del cigarro por la nariz.
—El Padre Vicente se negó a declarar, pero dijo que si necesitaban su declaración estaría toda la mañana en el despacho de la parroquia—contestó Jiménez y le alcanzó una hoja donde anotó el horario de labores del Padre.
— ¿Pero por qué lo dejaron ir?—preguntó Sánchez un tanto contrariado.
—Por favor Sánchez, se trata de un sacerdote, después de lo que ha visto esta noche no quise entretenerlo más ¿No creerás que tiene algo que ver con…?
—¡Claro que no! Pero tiene que explicarme que rayos hacia por aquí tan tarde ¿No crees?
Sánchez se dio un respiro. Se acomodó el pelo, luego como si hubiera recargado baterías continuó con la investigación.
— ¿Ya identificaron a la victima?—preguntó Sánchez volviendo la mirada hacia el cuerpo.
—Se llamaba María Candelaria Sosa Hernández. Tenía veintisiete años, soltera. Vivía en un edificio de departamentos a sólo dos cuadras de aquí.
— ¿Ya avisaron a su familia?— preguntaba Sánchez que miraba a la muchacha con gesto de preocupación.
—No, hasta ahora no hemos dado con ningún familiar, pero estamos investigando—contestó Jiménez—, apoyando su mano en la espalda de Sánchez como queriendo reconfortarlo.
—¿Ya saben la hora del deceso?—preguntó Sánchez agachándose a inspeccionar el cuerpo.
—No tiene más de dos horas muerta—decretó el forense que tomaba fotos de los intestinos enredados en el cuello de la muchacha.
— ¿Tenemos el arma homicida?— preguntó Sánchez abriendo una vez más la boca de la mujer y echaba un vistazo.
—Ningún rastro teniente—volvió a decir el médico quien ahora tomaba fotos del corazón.
—Lo que si puedo asegurar que se trata del mismo tipo de arma que los otros asesinatos. Una de bastante filo quizás un bisturí. Lo que nos indica que el asesino podría ser un cirujano con un conocimiento muy amplio de anatomía humana, pero en esta ciudad debe de haber miles, sin contar a los pasantes de medicina—concluyó.
—Este debe ser de los mejores, hace su trabajo con una limpieza y rapidez insólita— murmuró Sánchez que se levantaba.
—Investiga los nombres de los mejores médicos cirujanos de la ciudad, quizá tengamos que entrevistarlos.
— ¿Jiménez, dices que la muchacha vivía cerca de aquí?—
—Así es teniente, en el edificio de allá— apuntó Jiménez señalando hacia adelante.
—Quiero que me acompañes a su departamento— ordenó Sánchez y luego se dirigió a los demás.
—¡Que busquen por todos lados! Debe de haber alguna huella, no puede ser que no deje ningún rastro, alguna vez tiene que equivocarse, ¡vamos muchachos! Quiero que no descansen hasta que me den una buena noticia.
Caminaron hasta el edificio de departamentos, la puerta de la entrada se encontraba caída de lo podrida que estaba. A la izquierda se encontraban las escaleras que conducían a los pisos superiores. El lugar estaba casi a oscuras. Un foco que apenas iluminaba, colgaba del techo lleno de telarañas. Debajo de las escaleras se encontraban bolsas acumuladas llenas de basura y se podían ver ratas y cucarachas en las mismas. El olor era tan penetrante que Sánchez tuvo que cubrirse la nariz.
— ¿Quién puede vivir en una pocilga como ésta?— preguntó Jiménez.
— ¿Sabes en que número vivía?— inquirió Sánchez intentando ver los números que apenas se distinguían en las puertas grasientas.
—Es en el tercer piso, numero 377—respondió Jiménez, que sacudía el pie como queriendo quitarse algo que tenia en la suela de sus zapatos.
—Subamos entonces—apuró a decir Sánchez sacando su linterna para darse un poco más de luz.
El segundo piso se veía un poco más limpio pero el olor a podrido seguía siendo el mismo. Al final del pasillo se encontraba un departamento abierto donde se escuchaba música de los Tigres del Norte. Gritos de hombres intentando cantar (que por el tono de su voz podía adivinarse que se encontraban ebrios) y además el ruido de las botellas y vasos que chocaban a la hora de brindar.
—No se que sea peor, si la música o el olor— repeló Jiménez.
Pero Sánchez no lo escuchó. Él seguía subiendo las escaleras como si en realidad supiera en donde se encontraba el departamento. Al llegar al tercer piso los dos se quedaron viendo.
— ¿Izquierda o derecha?— preguntó Sánchez.
—Pues la puerta de enfrente dice 407, debe estar a la izquierda— dijo Jiménez y se dirigió hacia la izquierda
—Debe ser la última de allá— señaló Sanchez apurado.
Los dos sacaron sus armas y se dirigieron hacia la última puerta que era de color negra, estaban a un paso cuando oyeron un ruido que venia desde el otro lado del pasillo, los dos se quedaron quietos pero ya no escucharon nada.
—Abre la puerta Jiménez, date prisa—susurró Sánchez desesperado.
—Acabo de darme cuenta que no es este el departamento, éste es el número 437— confesó Jiménez un poco apenado.
—Entonces el que buscamos es el último del otro lado, donde se escuchó el ruido— vociferó Sánchez apresurando el paso hacia el otro lado del pasillo.
Jiménez lo seguía cuando de pronto, Sánchez se detuvo de golpe.
—¿Qué pasa? ¿Por qué se detiene Teniente?—
—La puerta se encuentra abierta—murmuró Sánchez en voz baja. Creo que alguien está ahí, sígueme sin hacer ruido.
Se acercaron poco a poco a la entrada del departamento. El lugar estaba en la oscuridad total. El cuarto estaba en silencio. Jiménez se puso a un lado de la puerta y Sánchez del otro. Se quedaron quietos para ver si podían escuchar algo.
—Espérame aquí—ordenó Sánchez ingresando pistola y linterna en mano.
Delante de él se encontraba un pequeño pasillo. Al fondo una puerta que conducía a la recámara, a la derecha un librero con una televisión y equipo de sonido con una silla mecedora enfrente. A su izquierda estaba el comedor y la cocina. Avanzaba con cuidado. Alumbró hacia la cocina. En el lavabo había un cerro de trastes sucios y olía a rancio. No había ninguna salida ni ventana por ese lado, siguió hacia la recámara y abrió la puerta poco a poco…
—Teniente Sánchez ¿Es verdad que el reciente asesinato tiene que ver con el de las dos mujeres asesinadas de manera brutal?—preguntó una reportera que por poco le pica un ojo con su micrófono.
—No señorita, no es verdad—masculló Sánchez esquivando más micrófonos y cerraba la puerta de su auto.
— ¿Por qué no quieren que se sepan sus nombres? La gente de la ciudad tiene el derecho de saber—preguntó desde atrás un reportero.
—Señores ya les dije mil veces que no queremos que se entorpezcan las investigaciones. No haremos declaraciones que sólo contribuyan a que el miedo se apodere de esta ciudad, que de por si vive ya angustiada por la ola de asaltos y secuestros—contestó Sánchez ahora de mal humor.
—Pero, debemos prevenir a la ciudadanía ¿no cree?—preguntó otra señorita desde atrás.
—Por favor, háganse a un lado, necesito pasar—gruñó Sánchez, que echaba humo de coraje.
Sánchez se abrió camino casi a empujones. Adelante estaba Jiménez, de pie junto al cuerpo tomaba fotos. No fue hasta que estuvo a su lado que éste se percató de su llegada.
—Disculpe Teniente, no me había dado cuenta que ya estaba aquí.
—No hay cuidado Jiménez, esos idiotas de la prensa me detuvieron, pero… veamos el cuerpo.
Jiménez destapó el cuerpo que estaba a sus pies.
—¡Dios Santo! ¡Pero qué demonios ha pasado aquí! ¡Esto es…!—Sánchez no terminó la última palabra, lo que tenía ante sus ojos no podía ser real.
En el piso se encontraba el cuerpo de otra mujer. Desnuda, con el tórax abierto. En la mano izquierda le colocaron su corazón. Colgado del cuello se encontraba su intestino.
—Eso no es todo, tiene que ver esto—señaló Jiménez—, al mismo tiempo que le abría la boca. Le han desprendido toda la dentadura, diente por diente.
— ¡Pero qué clase de asesino!—murmuró Sánchez.
—Dime Jiménez, ¿Tenemos testigos?
—No, ninguno.
—Y… ¿Quién encontró el cuerpo?—preguntó Sánchez encendiéndose un cigarrillo.
—Fue el padre Vicente él quien dio parte a la policía. Se veía muy contrariado. Dijo conocerla desde pequeña.
— ¿El Padre Vicente? ¿Ya lo interrogaron?—preguntó Sánchez sacando el humo del cigarro por la nariz.
—El Padre Vicente se negó a declarar, pero dijo que si necesitaban su declaración estaría toda la mañana en el despacho de la parroquia—contestó Jiménez y le alcanzó una hoja donde anotó el horario de labores del Padre.
— ¿Pero por qué lo dejaron ir?—preguntó Sánchez un tanto contrariado.
—Por favor Sánchez, se trata de un sacerdote, después de lo que ha visto esta noche no quise entretenerlo más ¿No creerás que tiene algo que ver con…?
—¡Claro que no! Pero tiene que explicarme que rayos hacia por aquí tan tarde ¿No crees?
Sánchez se dio un respiro. Se acomodó el pelo, luego como si hubiera recargado baterías continuó con la investigación.
— ¿Ya identificaron a la victima?—preguntó Sánchez volviendo la mirada hacia el cuerpo.
—Se llamaba María Candelaria Sosa Hernández. Tenía veintisiete años, soltera. Vivía en un edificio de departamentos a sólo dos cuadras de aquí.
— ¿Ya avisaron a su familia?— preguntaba Sánchez que miraba a la muchacha con gesto de preocupación.
—No, hasta ahora no hemos dado con ningún familiar, pero estamos investigando—contestó Jiménez—, apoyando su mano en la espalda de Sánchez como queriendo reconfortarlo.
—¿Ya saben la hora del deceso?—preguntó Sánchez agachándose a inspeccionar el cuerpo.
—No tiene más de dos horas muerta—decretó el forense que tomaba fotos de los intestinos enredados en el cuello de la muchacha.
— ¿Tenemos el arma homicida?— preguntó Sánchez abriendo una vez más la boca de la mujer y echaba un vistazo.
—Ningún rastro teniente—volvió a decir el médico quien ahora tomaba fotos del corazón.
—Lo que si puedo asegurar que se trata del mismo tipo de arma que los otros asesinatos. Una de bastante filo quizás un bisturí. Lo que nos indica que el asesino podría ser un cirujano con un conocimiento muy amplio de anatomía humana, pero en esta ciudad debe de haber miles, sin contar a los pasantes de medicina—concluyó.
—Este debe ser de los mejores, hace su trabajo con una limpieza y rapidez insólita— murmuró Sánchez que se levantaba.
—Investiga los nombres de los mejores médicos cirujanos de la ciudad, quizá tengamos que entrevistarlos.
— ¿Jiménez, dices que la muchacha vivía cerca de aquí?—
—Así es teniente, en el edificio de allá— apuntó Jiménez señalando hacia adelante.
—Quiero que me acompañes a su departamento— ordenó Sánchez y luego se dirigió a los demás.
—¡Que busquen por todos lados! Debe de haber alguna huella, no puede ser que no deje ningún rastro, alguna vez tiene que equivocarse, ¡vamos muchachos! Quiero que no descansen hasta que me den una buena noticia.
Caminaron hasta el edificio de departamentos, la puerta de la entrada se encontraba caída de lo podrida que estaba. A la izquierda se encontraban las escaleras que conducían a los pisos superiores. El lugar estaba casi a oscuras. Un foco que apenas iluminaba, colgaba del techo lleno de telarañas. Debajo de las escaleras se encontraban bolsas acumuladas llenas de basura y se podían ver ratas y cucarachas en las mismas. El olor era tan penetrante que Sánchez tuvo que cubrirse la nariz.
— ¿Quién puede vivir en una pocilga como ésta?— preguntó Jiménez.
— ¿Sabes en que número vivía?— inquirió Sánchez intentando ver los números que apenas se distinguían en las puertas grasientas.
—Es en el tercer piso, numero 377—respondió Jiménez, que sacudía el pie como queriendo quitarse algo que tenia en la suela de sus zapatos.
—Subamos entonces—apuró a decir Sánchez sacando su linterna para darse un poco más de luz.
El segundo piso se veía un poco más limpio pero el olor a podrido seguía siendo el mismo. Al final del pasillo se encontraba un departamento abierto donde se escuchaba música de los Tigres del Norte. Gritos de hombres intentando cantar (que por el tono de su voz podía adivinarse que se encontraban ebrios) y además el ruido de las botellas y vasos que chocaban a la hora de brindar.
—No se que sea peor, si la música o el olor— repeló Jiménez.
Pero Sánchez no lo escuchó. Él seguía subiendo las escaleras como si en realidad supiera en donde se encontraba el departamento. Al llegar al tercer piso los dos se quedaron viendo.
— ¿Izquierda o derecha?— preguntó Sánchez.
—Pues la puerta de enfrente dice 407, debe estar a la izquierda— dijo Jiménez y se dirigió hacia la izquierda
—Debe ser la última de allá— señaló Sanchez apurado.
Los dos sacaron sus armas y se dirigieron hacia la última puerta que era de color negra, estaban a un paso cuando oyeron un ruido que venia desde el otro lado del pasillo, los dos se quedaron quietos pero ya no escucharon nada.
—Abre la puerta Jiménez, date prisa—susurró Sánchez desesperado.
—Acabo de darme cuenta que no es este el departamento, éste es el número 437— confesó Jiménez un poco apenado.
—Entonces el que buscamos es el último del otro lado, donde se escuchó el ruido— vociferó Sánchez apresurando el paso hacia el otro lado del pasillo.
Jiménez lo seguía cuando de pronto, Sánchez se detuvo de golpe.
—¿Qué pasa? ¿Por qué se detiene Teniente?—
—La puerta se encuentra abierta—murmuró Sánchez en voz baja. Creo que alguien está ahí, sígueme sin hacer ruido.
Se acercaron poco a poco a la entrada del departamento. El lugar estaba en la oscuridad total. El cuarto estaba en silencio. Jiménez se puso a un lado de la puerta y Sánchez del otro. Se quedaron quietos para ver si podían escuchar algo.
—Espérame aquí—ordenó Sánchez ingresando pistola y linterna en mano.
Delante de él se encontraba un pequeño pasillo. Al fondo una puerta que conducía a la recámara, a la derecha un librero con una televisión y equipo de sonido con una silla mecedora enfrente. A su izquierda estaba el comedor y la cocina. Avanzaba con cuidado. Alumbró hacia la cocina. En el lavabo había un cerro de trastes sucios y olía a rancio. No había ninguna salida ni ventana por ese lado, siguió hacia la recámara y abrió la puerta poco a poco…
viernes, marzo 31, 2006
Nunca Más.

Te veo sentado junto a mí y aún no entiendo como fue que me fijé en ti. No somos el uno para el otro. No puedo creer que hayamos pasado tanto tiempo juntos y que no llegáramos a entendernos. Te sirvo tu copa de vino. No sospechas que será la última vez que nos veamos.
—¿Me puedes decir para qué me hiciste venir?
—Quería estar contigo. Hace varias semanas que no vienes a visitarme.
—Te he dicho mil veces que no siempre puedo venir.
—¿Sólo cuando quieres sexo?
—¿Otra vez? ¿Cuántas veces hemos discutido de lo mismo?
—Ya me cansé de esperarte. Creo que es mejor que dejemos de vernos.
—Sabes muy bien que no es tan fácil terminar la relación con mi esposa.
—No entiendo por qué sigues con ella, si de verdad la aborreces tanto como dices.
—Ya te he dicho que puedo quedarme en la calle si la dejo.
—Pues entonces olvídate de mí para siempre. No estoy dispuesta a seguir. Ya he desperdiciado muchos años de mi vida esperando.
—Sabes que no puedes dejarme. Si lo haces, pierdes todo lo que te he dado.
—No me importa. Ya no me asustas con eso.
—Cálmate mi amor, no hay necesidad de que nos peleemos. Déjame pensar, algo se me va a ocurrir.
—Es inútil. Ya tomé mi decisión. Ya no quiero verte. Tómate tu copa y lárgate.
—¡Pues me largo!
Lo veo tomar su copa de vino de golpe. Se levanta de la mesa. Da unos pasos y se desploma. Veo como se retuerce en el suelo de dolor. Disfruto cada estertor hasta que muere.
El último tren.

Había sido un día muy largo para Ezequiel. Después de una larga jornada de trabajo su recompensa sería pasarla con su esposa y sus hijos todo el fin de semana en un pequeño poblado al pie de las montañas. Ellos se habían adelantado un día antes.
Veía con desesperación su reloj. Faltaban diez minutos para que el tren saliera y el estaba atascado en el tráfico. No llegaría a tiempo.
Cuando llegó a la estación sólo pudo ver como se alejaban los últimos vagones. Tomó su celular y marcó al número de su mujer. No recibió respuesta. Lo más seguro era que su teléfono se hubiera quedado sin carga. Se sentó unos minutos y luego le vino una idea a la cabeza. ¿Y, si se iba en auto? Tardaría más horas pues el camino no era pavimentado, pero al menos estaría con ellos. Les daría una sorpresa.
Regresó a su auto y salió rumbo a la autopista. Como a las dos horas dobló en una desviación que lo conduciría a la montaña. El viaje sería largo y tedioso.
Se había hecho de noche. Para colmo estaba haciendo un frío muy intenso. Iba como a la mitad del trayecto cuando vio a una anciana que le hacía señas para que se detuviera. Disminuyó la velocidad hasta detenerse junto a la viejita.
—Joven ¿Sería tan amable de llevarme al pueblo de San Isidro?
—Claro abuelita, voy en esa dirección. Súbase, no se vaya a congelar.
—Es usted muy amable.
Viajaron en silencio la mayor parte del viaje. Incluso él volteó varias veces a verla pensando que se había quedado dormida. Así transcurrió el tiempo hasta que llegaron al pueblo.
—Ya casi llegamos. ¿La dejo en el centro?
—No es necesario. Yo aquí me bajo.
Ezequiel se detuvo. Estaban como a un kilómetro del pequeño poblado.
—Muchas gracias joven. Que la pase muy bien con su familia. Que bueno que no tomó ese tren.
—Un momento ¿Cómo sabe todo esto?
En un abrir y cerrar de ojos la anciana desapareció. Ezequiel se bajó a buscarla pero no logró localizarla. Se había esfumado.
Cuando llegó al pueblo se encontró con cientos de personas que lloraban. Escuchó el grito de una mujer que lo dejó paralizado. “Se ha descarrilado el tren, se han muerto todos”.
domingo, marzo 05, 2006
Sánchez. Capítulo II.
Eran las dos de la mañana cuando el teniente Sánchez oyó sonar su teléfono celular. Por muchas noches, temió recibir esa llamada, estaba dentro de sus pesadillas. Gritos espeluznantes de mujeres gritando por ayuda.
Atraviesa un bosque a oscuras, no puede ver más allá del alcance de sus manos. A lo lejos gritan su nombre. Cada vez con más fuerza y más cerca. Conforme avanza se hunde en un liquido espeso y caliente. Con cada paso se hunde más y más. El líquido empieza a meterse a su boca, nariz y oídos. Siente el sabor amargo de la sangre en su garganta. Intenta nadar pero es inútil, se ahoga sin poder evitarlo. Despierta bañado en sudor, algunas veces se descubre llorando, otras veces sus propios gritos lo sacan de las profundidades de su sueño.
— ¿Si diga?
— ¡Teniente Sánchez! ¡Tiene que venir! ¡Ha ocurrido otra vez!—se escuchó del otro lado de la línea.
— ¿Dónde ha ocurrido?—preguntó Sanchez—que buscaba la hora en su despertador.
—En la calle 16 cerca de la Iglesia del Sagrado Corazón—era Jiménez, su compañero investigador.
— ¡Voy para allá! Pero dígame Jiménez ¿Cómo saben que es el mismo?
—Teniente, no quiero hablar de esto por teléfono. No creo que exista otro asesino como éste. Es más, no creo que pueda volver a dormir sin tener pesadillas. Venga pronto y prepárese, éste ha sido el peor—y colgó.
Sánchez se quedó acostado por un momento. Trató de convencerse así mismo que no es más que un sueño. Pero estaba equivocado. No era otra de sus pesadillas. Tras colgarse su placa, tomó su pistola que tenía bajo la almohada y se vistió.
José de Jesús Sánchez, hombre mediano de treinta y cuatro años, moreno de cabello rizado y negro, de mirada seria y triste, nació en la ciudad de Teziutlán estado de Puebla, de familia muy humilde. Su padre emigró con toda la familia a la ciudad de México en busca de una mejor vida para sus hijos y esposa, murió asesinado por resistirse a un asalto a la salida de su trabajo.
Sánchez y su madre que lo esperaban a una esquina de su trabajo lo vieron todo. No pudo defenderse. Uno de los asaltantes lo tomó por la espalda, el otro hundió su cuchillo tantas veces que se bañó con su sangre. El dinero no pudieron arrancárselo de sus manos que se aferraron tanto a los pocos billetes que tenía, que fue difícil para los forenses después enderezar sus dedos a su posición natural.
Desde ese día juró que no descansaría hasta encontrar a los asesinos y vengarse, pero no sucedió así. Su madre lo convenció para que estudiara y fuera alguien de provecho. Se dio cuenta que la única manera para sobrevivir en la ciudad era estudiando. Se inscribió en la academia de policía. Desde ahí pensó que algún día se encontraría con los asesinos de su padre y los encarcelaría, algo que no pudo cumplir. En cambio, encarceló a muchos más, se convirtió en el mejor policía investigador del país. Cuando se encontraban con algún crimen difícil de resolver, siempre era a él al que llamaban. Su madre murió sintiéndose orgullosa de su hijo, por lo que con tanto esfuerzo logró, pero se quedó con las ganas de ver a su hijo casado y de ser abuela.
En el camino hacia la escena del crimen, Sánchez hacía un recuento de los asesinatos. El primero fue el de una mujer de veinticinco años. La encontraron en su apartamento. Desnuda, sin cabeza, atada de pies y manos. No fue violada pero le cortaron los pezones y mutilaron sus órganos sexuales. El arma probable, un bisturí. En el lugar no se encontraron huellas dactilares ni signos de pelea. En resumen, ningún rastro, sólo sangre, mucha sangre. Las investigaciones arrojaron la siguiente información: la chica se llamaba Martha Arellano Cruz. No estaba casada ni tenía hijos. En su trabajo nadie supo decir si tenía novio, ni que tuviera parientes en la ciudad. No tenía amigos y según los testimonios de sus compañeros de trabajo, a pesar de ser una mujer atractiva tenía un “no sé qué” que ahuyentaba a los hombres.
—Era mejor no acercarse a ella. Estaba siempre tan ocupada, clavada en su computadora— dijo su compañero—, que se sentaba en el cubículo próximo. Cosa que resultaba bastante rara para su jefe.
El gerente de aquella oficina de seguros declaró que ella siempre estaba atrasada en su trabajo, por lo que sospechaba que se pasaba horas perdiendo el tiempo navegando en la red o en las salas de Chat. Una práctica que no podía erradicar dentro de la empresa, pero de eso nadie estaba seguro.
La cabeza de la infortunada mujer fue hallada después envuelta en una toalla, sin lengua y sin ojos. Fueron unos niños los que la encontraron tan sólo a una calle de donde vivía. En un principio pensaron que era un animal muerto dentro de un basurero.
Sus vecinos tampoco ayudaron mucho, todos declararon que sólo la veían salir y regresar de su trabajo. Nadie la visitaba. La noche del crimen nadie oyó ni vio nada. En su departamento todo estaba en orden ni faltaba nada. Era un crimen perfecto no había ni por donde empezar.
—En cuanto reciba el informe del forense se pondría a investigar más a fondo—pensó. Pero luego vino el segundo asesinato, dos días después.
Ésta vez fue otra mujer. De casi sesenta años, soltera, maestra de profesión, aunque llevaba diez años de jubilarse. Fue encontrada en un basurero dentro de una bolsa. Su cuerpo desnudo se encontró cortado en pedazos. Los brazos, piernas y cabeza fueron separadas del tronco. No hubiera sido posible identificarla de no ser por el anillo de graduación que portaba.
Al igual que Martha, Josefa Martínez del Valle, no era casada ni tenía descendencia, vivía sola en la ciudad. Su vecina contó que nadie la visitaba, excepto su hermana, la cual vivía en Francia, pero que sólo lo hacía cada verano. Jiménez estuvo intentando contactarla sin éxito. Los números telefónicos que se encontraron eran de un hotel y el otro de una casa donde la hermana vivió y ahora nadie sabía de ella, sólo esperaban que en la embajada de México en Francia tuviera más suerte.
— ¿Quién pudo haber hecho esto?—. Se repetía Sánchez una y otra vez. En sus diez años de servicio no había vivido nada así. Éste era sin duda el peor caso.
Atraviesa un bosque a oscuras, no puede ver más allá del alcance de sus manos. A lo lejos gritan su nombre. Cada vez con más fuerza y más cerca. Conforme avanza se hunde en un liquido espeso y caliente. Con cada paso se hunde más y más. El líquido empieza a meterse a su boca, nariz y oídos. Siente el sabor amargo de la sangre en su garganta. Intenta nadar pero es inútil, se ahoga sin poder evitarlo. Despierta bañado en sudor, algunas veces se descubre llorando, otras veces sus propios gritos lo sacan de las profundidades de su sueño.
— ¿Si diga?
— ¡Teniente Sánchez! ¡Tiene que venir! ¡Ha ocurrido otra vez!—se escuchó del otro lado de la línea.
— ¿Dónde ha ocurrido?—preguntó Sanchez—que buscaba la hora en su despertador.
—En la calle 16 cerca de la Iglesia del Sagrado Corazón—era Jiménez, su compañero investigador.
— ¡Voy para allá! Pero dígame Jiménez ¿Cómo saben que es el mismo?
—Teniente, no quiero hablar de esto por teléfono. No creo que exista otro asesino como éste. Es más, no creo que pueda volver a dormir sin tener pesadillas. Venga pronto y prepárese, éste ha sido el peor—y colgó.
Sánchez se quedó acostado por un momento. Trató de convencerse así mismo que no es más que un sueño. Pero estaba equivocado. No era otra de sus pesadillas. Tras colgarse su placa, tomó su pistola que tenía bajo la almohada y se vistió.
José de Jesús Sánchez, hombre mediano de treinta y cuatro años, moreno de cabello rizado y negro, de mirada seria y triste, nació en la ciudad de Teziutlán estado de Puebla, de familia muy humilde. Su padre emigró con toda la familia a la ciudad de México en busca de una mejor vida para sus hijos y esposa, murió asesinado por resistirse a un asalto a la salida de su trabajo.
Sánchez y su madre que lo esperaban a una esquina de su trabajo lo vieron todo. No pudo defenderse. Uno de los asaltantes lo tomó por la espalda, el otro hundió su cuchillo tantas veces que se bañó con su sangre. El dinero no pudieron arrancárselo de sus manos que se aferraron tanto a los pocos billetes que tenía, que fue difícil para los forenses después enderezar sus dedos a su posición natural.
Desde ese día juró que no descansaría hasta encontrar a los asesinos y vengarse, pero no sucedió así. Su madre lo convenció para que estudiara y fuera alguien de provecho. Se dio cuenta que la única manera para sobrevivir en la ciudad era estudiando. Se inscribió en la academia de policía. Desde ahí pensó que algún día se encontraría con los asesinos de su padre y los encarcelaría, algo que no pudo cumplir. En cambio, encarceló a muchos más, se convirtió en el mejor policía investigador del país. Cuando se encontraban con algún crimen difícil de resolver, siempre era a él al que llamaban. Su madre murió sintiéndose orgullosa de su hijo, por lo que con tanto esfuerzo logró, pero se quedó con las ganas de ver a su hijo casado y de ser abuela.
En el camino hacia la escena del crimen, Sánchez hacía un recuento de los asesinatos. El primero fue el de una mujer de veinticinco años. La encontraron en su apartamento. Desnuda, sin cabeza, atada de pies y manos. No fue violada pero le cortaron los pezones y mutilaron sus órganos sexuales. El arma probable, un bisturí. En el lugar no se encontraron huellas dactilares ni signos de pelea. En resumen, ningún rastro, sólo sangre, mucha sangre. Las investigaciones arrojaron la siguiente información: la chica se llamaba Martha Arellano Cruz. No estaba casada ni tenía hijos. En su trabajo nadie supo decir si tenía novio, ni que tuviera parientes en la ciudad. No tenía amigos y según los testimonios de sus compañeros de trabajo, a pesar de ser una mujer atractiva tenía un “no sé qué” que ahuyentaba a los hombres.
—Era mejor no acercarse a ella. Estaba siempre tan ocupada, clavada en su computadora— dijo su compañero—, que se sentaba en el cubículo próximo. Cosa que resultaba bastante rara para su jefe.
El gerente de aquella oficina de seguros declaró que ella siempre estaba atrasada en su trabajo, por lo que sospechaba que se pasaba horas perdiendo el tiempo navegando en la red o en las salas de Chat. Una práctica que no podía erradicar dentro de la empresa, pero de eso nadie estaba seguro.
La cabeza de la infortunada mujer fue hallada después envuelta en una toalla, sin lengua y sin ojos. Fueron unos niños los que la encontraron tan sólo a una calle de donde vivía. En un principio pensaron que era un animal muerto dentro de un basurero.
Sus vecinos tampoco ayudaron mucho, todos declararon que sólo la veían salir y regresar de su trabajo. Nadie la visitaba. La noche del crimen nadie oyó ni vio nada. En su departamento todo estaba en orden ni faltaba nada. Era un crimen perfecto no había ni por donde empezar.
—En cuanto reciba el informe del forense se pondría a investigar más a fondo—pensó. Pero luego vino el segundo asesinato, dos días después.
Ésta vez fue otra mujer. De casi sesenta años, soltera, maestra de profesión, aunque llevaba diez años de jubilarse. Fue encontrada en un basurero dentro de una bolsa. Su cuerpo desnudo se encontró cortado en pedazos. Los brazos, piernas y cabeza fueron separadas del tronco. No hubiera sido posible identificarla de no ser por el anillo de graduación que portaba.
Al igual que Martha, Josefa Martínez del Valle, no era casada ni tenía descendencia, vivía sola en la ciudad. Su vecina contó que nadie la visitaba, excepto su hermana, la cual vivía en Francia, pero que sólo lo hacía cada verano. Jiménez estuvo intentando contactarla sin éxito. Los números telefónicos que se encontraron eran de un hotel y el otro de una casa donde la hermana vivió y ahora nadie sabía de ella, sólo esperaban que en la embajada de México en Francia tuviera más suerte.
— ¿Quién pudo haber hecho esto?—. Se repetía Sánchez una y otra vez. En sus diez años de servicio no había vivido nada así. Éste era sin duda el peor caso.
Sánchez. Capítulo I.
Era una noche oscura, demasiado oscura. Se respiraba un fuerte olor a tierra mojada. Recién había llovido, un fuerte viento comenzaba a soplar. María caminaba sola hacia su casa. A pesar de lo que se leía en los diarios y se escuchaba en la radio no le importó abandonar la avenida principal para tomar un atajo por aquella calle desierta. Tenía prisa por llegar.
—¿Asesino serial en la ciudad? Eso sólo pasa en las películas—pensó. Ya no saben que decir en las noticias ¿No caminar sola por las calles? ¡Por favor!
Ella resolvió ir sola por aquella calle para llegar más rápido a su departamento. A lo lejos podía verse la vieja iglesia donde asistía todos los domingos. Recordó los sermones del Padre Vicente. Los últimos estuvieron cargados de una pasión desbordada. “El Apocalipsis estaba próximo” gritó a todo pulmón. Todos se quedaron viendo unos a otros confundidos. Borró todas esas imágenes y en su lugar apareció ella misma, tomando un baño caliente para después irse a su cama. El día había sido muy agotador. Sólo deseaba descansar.
— ¡Pobres mujeres!—pensó.
Nadie sabía como se llamaban las víctimas, la policía como siempre, ocultaba la información.
—Asesinatos siempre han existido en ésta ciudad, —se dijo así misma—pero hablar de que andaba un asesino en serie suelto en la ciudad le parecía un chiste de mal gusto.
Caminó más de prisa. Cuando saltaba los charcos de agua se veía reflejada en ellos. A lo lejos pudo ver las estrellas que intentaban rasgar las nubes negras con su brillo.
Estaba a tres pasos de la esquina cuando, de pronto, sintió un fuerte golpe en la cabeza. Un chorro caliente de sangre escurrió hacia sus ojos y boca. Volteó hacia atrás pero no pudo ver quien la atacaba. Quiso correr pero pisó mal y resbaló. El piso estaba muy mojado. Entonces gritó pidiendo ayuda, aunque sabia que nadie la podía oír.
— ¡Dios, Ayuda!
Se encontraba boca arriba, indefensa, cegada por la sangre. A merced de quien la estuviera atacando. Quiso ponerse de pie, pero una fuerte patada en la cara la regresó al suelo. Se arrastró como pudo tratando de alejarse. Se puso de pie apoyándose en una pared pintarrajeada de propaganda política.
Estaba desorientada, no sabía hacia donde correr. Entonces fue cuando sintió una punzada en la boca del estómago que poco a poco subió hasta su pecho. Un rayo iluminó el cielo en ese momento. El ruido del trueno opacó al de la carne que se desgarraba. Sintió un dolor insoportable. Estuvo a punto de desmayarse.
Apartó de sus ojos la sangre que le escurría. Entonces pudo ver a su agresor que en una mano sostenía un bisturí y en la otra lo que parecían ser sus intestinos. Escuchó la risa de su atacante. Era una risa infantil pero a la vez diabólica. Vio que su gesto era de satisfacción.
Pero la obra del asesino aún no estaba terminada. Faltaban unos cuantos detalles nada más. Abrió una pequeña maleta. El brillo de la luna se refleja en el metal.
Los charcos a su alrededor ya no eran de agua, ni reflejaban a las estrellas. Sangre corría entre las piedras. El único sonido de la noche era los aullidos de los perros. Anunciaban la llegada de la muerte.
—¿Asesino serial en la ciudad? Eso sólo pasa en las películas—pensó. Ya no saben que decir en las noticias ¿No caminar sola por las calles? ¡Por favor!
Ella resolvió ir sola por aquella calle para llegar más rápido a su departamento. A lo lejos podía verse la vieja iglesia donde asistía todos los domingos. Recordó los sermones del Padre Vicente. Los últimos estuvieron cargados de una pasión desbordada. “El Apocalipsis estaba próximo” gritó a todo pulmón. Todos se quedaron viendo unos a otros confundidos. Borró todas esas imágenes y en su lugar apareció ella misma, tomando un baño caliente para después irse a su cama. El día había sido muy agotador. Sólo deseaba descansar.
— ¡Pobres mujeres!—pensó.
Nadie sabía como se llamaban las víctimas, la policía como siempre, ocultaba la información.
—Asesinatos siempre han existido en ésta ciudad, —se dijo así misma—pero hablar de que andaba un asesino en serie suelto en la ciudad le parecía un chiste de mal gusto.
Caminó más de prisa. Cuando saltaba los charcos de agua se veía reflejada en ellos. A lo lejos pudo ver las estrellas que intentaban rasgar las nubes negras con su brillo.
Estaba a tres pasos de la esquina cuando, de pronto, sintió un fuerte golpe en la cabeza. Un chorro caliente de sangre escurrió hacia sus ojos y boca. Volteó hacia atrás pero no pudo ver quien la atacaba. Quiso correr pero pisó mal y resbaló. El piso estaba muy mojado. Entonces gritó pidiendo ayuda, aunque sabia que nadie la podía oír.
— ¡Dios, Ayuda!
Se encontraba boca arriba, indefensa, cegada por la sangre. A merced de quien la estuviera atacando. Quiso ponerse de pie, pero una fuerte patada en la cara la regresó al suelo. Se arrastró como pudo tratando de alejarse. Se puso de pie apoyándose en una pared pintarrajeada de propaganda política.
Estaba desorientada, no sabía hacia donde correr. Entonces fue cuando sintió una punzada en la boca del estómago que poco a poco subió hasta su pecho. Un rayo iluminó el cielo en ese momento. El ruido del trueno opacó al de la carne que se desgarraba. Sintió un dolor insoportable. Estuvo a punto de desmayarse.
Apartó de sus ojos la sangre que le escurría. Entonces pudo ver a su agresor que en una mano sostenía un bisturí y en la otra lo que parecían ser sus intestinos. Escuchó la risa de su atacante. Era una risa infantil pero a la vez diabólica. Vio que su gesto era de satisfacción.
Pero la obra del asesino aún no estaba terminada. Faltaban unos cuantos detalles nada más. Abrió una pequeña maleta. El brillo de la luna se refleja en el metal.
Los charcos a su alrededor ya no eran de agua, ni reflejaban a las estrellas. Sangre corría entre las piedras. El único sonido de la noche era los aullidos de los perros. Anunciaban la llegada de la muerte.
Sánchez (Nóvela por entregas)
Empezaré una novela que iré subiendo capítulo por capítulo. Espero les agrade. Aún no tengo un título. Le pondré por el momento el nombre del personaje principal.
martes, febrero 28, 2006
La Voz de Dios.

Cuando vio las miradas de los presentes al juicio, confirmó que todos estaban en su contra. La voz de Dios le había dicho que todos los apostatas se rebelarían, que no entenderían su mensaje. El sacrificio que había hecho no sería comprendido por los enemigos de Dios. Frente a ella el juez le pedía se pusiera de pie. Su abogado lo hizo también junto con ella.
—¿Cómo se declara la acusada?—dijo el juez.
—Señoría mi cliente se declara no culpable por demencia—dijo el joven, que a todas luces se veía nervioso—, pedimos se anule el caso.
La declaración del abogado provocó que todos los presentes se pusieran de pie y gritaran, clamaran la pena capital para la hiena que sentada, miraba a su alrededor como si estuviera ausente.
—Señoría, esto no puede ser—dijo el fiscal que se puso de pie como impulsado por un resorte—. Hemos comprobado con las declaraciones de testigos que la acusada en todo momento supo lo que hacía. Sus propias declaraciones la hunden. Esta señora actuó con sus cinco sentidos de una manera que, ni siquiera los animales se hubieran atrevido a cometer un acto tan aberrante como el que ella cometió.
—¡Silencio, orden en la sala!—gritó el juez azotando su mazo—Tiene el jurado treinta minutos para deliberar si el juicio se anula o continuamos hasta alcanzar el veredicto final.
El jurado compuesto de doce personas desfiló hacia la puerta que conducía a la parte trasera del estrado.
Elisa estaba con la mirada fija hacia el techo. Nada la distraía. Ni siquiera los gritos e insultos de la audiencia la sacaban de su estupor. Parecía que escuchaba a alguien.
Recordó la noche que Dios le habló por primera vez. Le dijo que le daría lo que le pidiera. A cambio, ella daría a conocer su mensaje a todos los infieles sobre la tierra. Le dijo que esperara y el le daría instrucciones de lo que tenía que hacer.
Ella sólo le pidió que terminara con su sufrimiento. No soportaba más los maltratos de su esposo. Las humillaciones y vejaciones a las que era sometida todos los días desde el mismo momento en que se casó. Dios la recompensaría. No tenía ninguna duda. La noche que esperaba por fin llegó. Dios habló con ella. Ella ejecutó sus órdenes al pie de la letra.
Cuando la policía llegó todavía tenía el cuchillo en su mano. En la cuna, su hija de diez meses se encontraba desangrándose sin sus dos brazos. Intentaba arrancarse su brazo izquierdo pero los agentes se lo impidieron. No dejaba de gritar que Dios se lo había ordenado.
Los gritos de la gente la volvieron a la realidad. El jurado estaba de vuelta. Se acomodaban en sus lugares. Uno de ellos permaneció de pie.
—¿Ha el jurado llegado a una resolución?—inquirió el Juez.
—Si su Señoría. Con un resultado de diez votos contra dos . Hemos llegado a la conclusión de que el juicio debe ser anulado por la demencia de la inculpada—dijo el jefe del jurado ante los gritos de protesta de los asistentes.
—Por lo tanto, declaro el juicio nulo. Sugiero que la inculpada sea enviada a la clínica mental de Saint George lo más pronto posible donde deberá ser tratada—dijo el juez de manera tajante y se puso de pie para abandonar el lugar.
Dos guardias tomaron de los brazos a Elisa. La llevarían a su destino final. Ella no paraba de agradecer a Dios. Había cumplido su parte y Dios la estaba recompensando. Por fin sería libre.
—¿Cómo se declara la acusada?—dijo el juez.
—Señoría mi cliente se declara no culpable por demencia—dijo el joven, que a todas luces se veía nervioso—, pedimos se anule el caso.
La declaración del abogado provocó que todos los presentes se pusieran de pie y gritaran, clamaran la pena capital para la hiena que sentada, miraba a su alrededor como si estuviera ausente.
—Señoría, esto no puede ser—dijo el fiscal que se puso de pie como impulsado por un resorte—. Hemos comprobado con las declaraciones de testigos que la acusada en todo momento supo lo que hacía. Sus propias declaraciones la hunden. Esta señora actuó con sus cinco sentidos de una manera que, ni siquiera los animales se hubieran atrevido a cometer un acto tan aberrante como el que ella cometió.
—¡Silencio, orden en la sala!—gritó el juez azotando su mazo—Tiene el jurado treinta minutos para deliberar si el juicio se anula o continuamos hasta alcanzar el veredicto final.
El jurado compuesto de doce personas desfiló hacia la puerta que conducía a la parte trasera del estrado.
Elisa estaba con la mirada fija hacia el techo. Nada la distraía. Ni siquiera los gritos e insultos de la audiencia la sacaban de su estupor. Parecía que escuchaba a alguien.
Recordó la noche que Dios le habló por primera vez. Le dijo que le daría lo que le pidiera. A cambio, ella daría a conocer su mensaje a todos los infieles sobre la tierra. Le dijo que esperara y el le daría instrucciones de lo que tenía que hacer.
Ella sólo le pidió que terminara con su sufrimiento. No soportaba más los maltratos de su esposo. Las humillaciones y vejaciones a las que era sometida todos los días desde el mismo momento en que se casó. Dios la recompensaría. No tenía ninguna duda. La noche que esperaba por fin llegó. Dios habló con ella. Ella ejecutó sus órdenes al pie de la letra.
Cuando la policía llegó todavía tenía el cuchillo en su mano. En la cuna, su hija de diez meses se encontraba desangrándose sin sus dos brazos. Intentaba arrancarse su brazo izquierdo pero los agentes se lo impidieron. No dejaba de gritar que Dios se lo había ordenado.
Los gritos de la gente la volvieron a la realidad. El jurado estaba de vuelta. Se acomodaban en sus lugares. Uno de ellos permaneció de pie.
—¿Ha el jurado llegado a una resolución?—inquirió el Juez.
—Si su Señoría. Con un resultado de diez votos contra dos . Hemos llegado a la conclusión de que el juicio debe ser anulado por la demencia de la inculpada—dijo el jefe del jurado ante los gritos de protesta de los asistentes.
—Por lo tanto, declaro el juicio nulo. Sugiero que la inculpada sea enviada a la clínica mental de Saint George lo más pronto posible donde deberá ser tratada—dijo el juez de manera tajante y se puso de pie para abandonar el lugar.
Dos guardias tomaron de los brazos a Elisa. La llevarían a su destino final. Ella no paraba de agradecer a Dios. Había cumplido su parte y Dios la estaba recompensando. Por fin sería libre.
sábado, enero 28, 2006
Mal Viaje.

Perdido en mi habitación,
busco en el cajón,
alguna pastilla,
Que me pueda relajar.
Mecano.
Mecano.
Todo está deforme. Las cortinas parecen arder en llamas. A mi lado yace Cristel, tiene el rostro carcomido por las ratas. Junto a ella una jeringa. La punta oxidada tiene rastros de sangre.
La cama está infestada de insectos y gusanos. Falta poco para que consuman por completo el cuerpo de Mikael. El orificio en mi brazo empieza a palpitar con cada latido de mi corazón. Con una lentitud inverosímil se empieza a verter mi sangre sobre la alfombra, luego pus, no soporto la peste.
Me levanto y camino hacia la puerta del baño. Tropiezo con otro cuerpo. No alcanzo a reconocer quien esta bajo de mí. No tiene cabeza, le faltan las piernas. Vuelvo a intentar llegar al baño. En la puerta hay algo que se empieza a mover.
Avanzo lento. El piso lleno de sangre coagulada me hace resbalar varias veces. Unas voces me llaman. Detrás de las paredes se oye como si alguien estuviera rascando para abrir un orificio.
No entiendo que es lo que se encuentra bloqueando la puerta del baño. Parece ser alguien. Tiene el cuerpo rojo como si estuviera quemado. Miles de ampollas cubren sus llagas. No puedo distinguir si tiene ojos. El olor es insoportable.
Desisto de ir al baño, trato de salir de ahí. Me encuentro perdido. Detrás de mí los cuerpos de mis amigos bailan alrededor. Caras borrosas, risas macabras. No soporto la luz que sale de sus ojos.
Corriendo llego a donde se encuentra mi cama. Quiero abrir el cajón de mi buró, miles de manos me impiden abrirlo. Luchando alcanzo a sacar un frasco de pastillas azules, verdes, rosadas. Tomo tres de un solo golpe.
Todo parece volver a la realidad, me relajo. Estoy de vuelta, disminuyen las alucinaciones. Mis amigos se retuercen en la alfombra, siguen viajando dentro de su mente. Solo ha sido un mal viaje, nada más. La puerta sigue bloqueada por esa cosa. Se acerca hacia mis amigos. Empiezo a preguntarme si es real.
miércoles, enero 04, 2006
La Balsa.

Después de treinta días navegando a la deriva, de los veinte sobrevivientes de aquél diluvio, sólo quedaban quince. El hambre y la sed habían cobrado sus victimas. La esperanza y la fe se habían terminado cuando la tempestad cesó su furia sobre la endeble y precaria balsa.
El sol se asomó tímido al oriente desgarrando las pupilas de los náufragos, que se habían acostumbrado al terror de la noche eterna. Se encontraban en medio de un gran océano, rodeados de cadáveres y desolación, cientos de tiburones los seguían de cerca esperando alimentarse. En ese momento desearon que se volviera a ocultar el sol para escapar de la terrible realidad. No sobrevivirían, esa era la verdad.
Sólo se escuchaban lamentos y chillidos. Seguían rezando, otros maldecían al creador. Pero todos guardaron silencio cuando uno de ellos se dirigió a todos con voz fuerte y decidida.
— ¡Escúchenme, todos!—gritó.
—Es verdad que no hay esperanza, que todos moriremos ¿Pero no es eso lo que todos esperamos que nos suceda algún día? Si no tuvimos la entereza para saber vivir en paz y armonía, déjense de quejar y acepten la muerte con dignidad.
Nadie dijo nada, un silencio sepulcral inundó a todos. Los rostros desencajados, las miradas tristes, cuantas cosas sin terminar, vidas desperdiciadas, tantas palabras sin decir. Era el fin de los tiempos.
De pronto el que habló con ellos se levantó emocionado. Señalaba al horizonte rebosante de felicidad.
— ¡Por fin!— gritaba extasiado.
—Nos han escuchado, vienen por nosotros, prepárense, la pesadilla ha terminado.
Los demás voltearon hacia donde señalaba el hombre, resignados esperaron el fin. Tomados de la mano y abrazados recibieron el último golpe. Una enorme ola los tragó para siempre.
martes, diciembre 13, 2005
El bebé de Carmen.

Hacía tanto calor en aquella sala de espera que el sudor le caía a chorros de la frente. Estaba parada en la fila, esperando su turno para su chequeo de cada mes, era por demás vergonzoso para ella, aquél hospital no contaba con personal de sexo femenino y los médicos y enfermeros de ese nosocomio no se distinguían por ser muy amables con las mujeres.
En los últimos años las muertes por cáncer cérvico-uterino se habían disparado a una cantidad escandalosa. Las que eran diagnosticadas cuando la enfermedad apenas se iniciaba, podía salvarse, las demás eran llevadas a un campo de exterminio.
Carmen de 35 años tenía que pasar por tal humillación mes tras mes, así como tantas mujeres que eran obligadas a satisfacer sexualmente a los “invitados”. Detrás de ella se encontraba una joven que a simple vista parecía no rebasar los 15 años.
-Esos cerdos están empezando a usar a las niñas también— se dijo asqueada.
Vio que la jovencita apenas si podía sostenerse de pie, estaba pálida y respiraba con dificultad.
— ¿Dime niña, estás bien?- preguntó.
—No me siento bien señora, creo que me estoy cociendo viva— contestó.
—Pero si estás hirviendo criatura, deben atenderte de inmediato ¡Que venga pronto un médico!—
Un par de enfermeros se acerco a ellas, la joven en ese momento se desvaneció en los brazos de Carmen, un hilillo color verde le salía de la boca.
— ¿Conoce a la joven?— preguntó uno de ellos.
Carmen titubeó un momento, luego con voz firme dijo —Soy su madre—
—Síganos, es menester que nos apuremos o la criatura morirá— dijo el más alto de los dos tomándola de la mano. El otro cargó a la joven como si fuera una muñeca de trapo.
Caminaban de prisa por un pasillo largísimo, el sonido de las botas metálicas de los enfermeros retumbaban en sus oídos como agujas en los tímpanos. Carmen los seguía con los ojos clavados en el piso, pensando.
¿Cómo había sido posible que nadie haya podido deshacerse de esas repugnantes criaturas? ¿Cómo había sido posible que nadie se hubiera imaginado el verdadero propósito de los alienígenas?
Primero llegaron 100, después a los pocos días no había ni una ciudad sobre la tierra que no fuera invadida y arrasada. Los hombres eran utilizados como esclavos en fábricas grandísimas. A las mujeres sólo las utilizaban como objetos sexuales, a algunas las usaban para que procrearan más humanos para sustituir a los esclavos y esclavas que morían.
Había algo en el esperma de esos seres que provocaba la enfermedad, algunas veces bastaba un solo contacto, otras veces como con Carmen podían pasar años y no ocurría nada. No se había registrado nunca un embarazo resultado de la cópula entre las dos especies.
-¿Qué es lo que tiene mi niña, a dónde la llevan?—
—Mujer, estás a punto de presenciar un milagro— le dijo el que la tenía en brazos.
Entraron en la última sala, acostaron a la joven y la desnudaron. Fue en ese instante que se dio cuenta que la niña tenía el vientre hinchado, pero minutos atrás parecía normal. No podía ser cierto, si la joven estaba embarazada no podría llamársele a eso un milagro, era una aberración. ¿Pero cómo pudo suceder?
Uno de ellos parecía estarse preguntando lo mismo, sacó de su traje un mini computador y empezó a teclear en él datos con una velocidad impresionante. El otro acercó un aparato de ultrasonido para inspeccionar al “bebé”.
Eran momentos de máxima tensión, el ultrasonido reveló lo que Carmen más temía. Lo que estaba creciendo dentro del vientre de la chica era peor de lo que la mente más enferma se pudiera imaginar. Sintió que su estomago no aguantaba más y vomitó hasta el cansancio, no paró hasta que sintió el característico sabor amargo de la hiel en su garganta.
El del mini computador entonces habló:
—Según los resultados el embarazo se debe a la corta edad de la mujer, sus óvulos aun no han madurado lo suficiente y parecen aceptar los espermatozoides de nuestra especie sin problema alguno. El producto de la unión es desconocida, lo sabremos en unos minutos.
Esta vez, sacó de entre sus ropas un pequeño frasco con un líquido amarillento y una jeringa. Extrajo con mucho cuidado la misteriosa sustancia de la ampolleta y se la inyectó a la joven. Esta abrió de golpe los ojos que parecía que saldrían de sus órbitas, dio un grito espeluznante y de su entrepierna empezó a salir coágulos de sangre mezclados con una sustancia verdosa y pegajosa. Luego empezó a sobresalir la cabeza (una de las dos), luego un brazo y otro cráneo, hasta que aquella cosa amorfa salió por completo. La chica ya no se movió, había muerto.
En cuanto salió todo el cuerpo, las dos criaturas se abalanzaron a tomarlo. Emocionados lo abrazaban y se lo pasaban uno al otro. No se dieron cuenta cuando Carmen tomó el frasco con la sustancia amarilla, llenó dos jeringas hasta el tope y se las enterró en la espalda.
Los dos cayeron al suelo convulsionándose de dolor, hasta que dejaron de revolcarse les arrebató a la pequeña criatura y el mini computador. Salió por una puerta trasera y se perdió en el calor de la ciudad.
Al final de un callejón junto a un gran basurero se encontraba Carmen meditando. A su lado estaba el computador hecho pedazos y el pequeño mutante que en lugar de llorar hacía un sonido que ponía la piel de gallina.
Nadie la iba a recordar, nadie la extrañaría, el mundo sería igual o peor, pero no iba a permitir que más niñas fueran embarazadas por esos seres. No debían enterarse.
Mataría al pequeño monstruo y luego se mataría ella, acabaría con esa pesadilla. Sacó una jeringa con la sustancia amarillenta y se la aplicó a la criatura y luego a ella. Convulsionándose creyó ver en uno de los ojos de la criatura una pequeña lágrima derramándose sobre el pavimento y evaporarse al instante.
lunes, diciembre 05, 2005
El Cadáver.

Cuando me preguntan por qué soy embalsamador, no sé que responder. Medio en broma contesto: “Es un trabajo sucio pero alguien tiene que hacerlo”. En el fondo sé cual es la razón, aunque a veces no quiera confesármelo.
Hoy hubo un accidente de tránsito, un autobús lleno de jóvenes universitarias se precipitó al vacío, todas murieron. Algo natural en este sitio donde quizás Dios quiso que solo viviesen las cabras monteses. Ese es uno de los motivos por los que nunca viajo, demasiados cerros desde donde la muerte te observa y una cosa es trabajar con ella y otra…
El autobús cayó por una barranca a unos trescientos metros, para completar las cosas -como si la muerte deseara asegurarse la victoria- al chocar contra el fondo el tanque de gasolina se encendió y el autobús estalló en una columna de llamas que se alzó hasta el borde del despeñadero igual que en esas películas de Holiwood. Ya pueden hacerse una idea.
Cuando la policía y los bomberos llegaron tres horas después –todo un record en nuestra provincia- lo único que hicieron fue recoger los pedazos. Muchos de ellos carbonizados. Un desperdicio, un verdadero desperdicio, me dije al ver los cuerpos jóvenes, llenos de vida de esas mujeres, casi niñas, reducidos a la nada. Cuerpos decapitados, extremidades solitarias, troncos calcinados donde se adivina aun la forma de unos senos voluptuosos. Un sinfín de sueños convertidos en ceniza.
Veinte cadáveres y solo uno estaba completo, un rompecabezas gigante para armar. Me esperaba una larga jornada. Paciencia, ese es el secreto y por supuesto arte, y… lo más importante: el premio final.
Mientras Joaquín, mi ayudante, armaba el puzzle anatómico, me dediqué a entrevistar a las familias de las seis muchachas que aún conservaban suficientes partes como para ser reconstruidas. La entrevista es muy importante, me permite conocer a profundidad a la víctima y entonces el muñeco inarticulado que reposa sobre la fría superficie de metal adquiere vida. Los recuerdos de esas personas, como eran, si reían o lloraban con facilidad, sus problemas y alegrías, me permiten darle a sus rostros esa cualidad que se pierde una vez que el corazón deja de latir y la muerte se hace dueña de nuestra carne.
Fotos, el video de su quinceaños o de su boda, una carta de amor, todo sirve. Es interesante ver como la familia te entrega sus “secretos” con tal que “la niña quede lo mejor posible”. Nadie quiere ver el verdadero rostro de la muerte, nadie quiere ver lo que le espera, mañana o ahorita, agazapado en una cáscara de plátano en la acera, o tras los ojos turbios de un beodo, o simplemente en la sonrisa de ese que dice que te ama.
Sólo necesité tres horas para entrevistar a los familiares, este es un pueblo pequeño, por suerte. Cuando regresé Joaquín había terminado de coserle los ojos a la última. No puede negarse que el chico tiene su arte, es una lástima que no tuviera plata para estudiar Medicina, habría sido un excelente cirujano. Lo despedí luego de pagarle la suma correspondiente, me dio las gracias y se marchó. Nunca discute, ni pregunta por qué debo quedarme solo. Acepta el dinero y se retira en silencio hasta la próxima vez.
De todo el proceso ésta es la parte que me fascina. Hay un misterio en el arte del maquillaje, es como si, de pronto, dejaras de ser tú para convertirte en otra persona. Si no me entienden miren a su esposa acabadita de levantarse y verán lo que les digo.
¿De dónde surgió esta pasión?
No lo sé.
Recuerdo a mi madre frente al espejo arreglándose el cabello, el cuidadoso detalle de su mano delineando las cejas, la forma de sus labios marcándose poco a poco a la hora de usar el pintalabios, luego la súbita entrada como una relamida y la blanca servilleta limpiando los restos en los blancos y brillantes dientes. Recuerdo a papá dando vueltas impaciente como un león hambriento que quiere meterle el diente a una gacela pero que no tiene más remedio que esperar. “Hasta cuando mujer, mira que se nos va a hacer tarde”. Pero sobre todo recuerdo el aire triunfal de ese rostro transformado ante el espejo, la delicada sonrisa, los ojos brillantes que decían: aun soy hermosa. No soy esa fregona de moños parados, arrugas incipientes y ojeras madre de tres niños. Soy diferente, ésta soy yo, la otra es un fantasma, un monótono disfraz para engañar a mi marido.
Quizás fuera esto, lo cierto es que, desde muy temprano, comencé a practicar frente al espejo, primero conmigo, luego con batman, superman y con cuanto muñeco estuviera a mi alcance, y por último con mis amiguitas en el colegio. Tuve mucho éxito. ¡Quién sabe a donde habría podido llegar! Pero la muerte me tenía reservada, como siempre, una sorpresa.
Maria Eugenia tenía ventidos años y era la única que había logrado morir en una sola pieza. Al parecer salió, de alguna forma, despedida por la ventana. Una roca le partió la columna cervical por lo que debe haber sufrido un buen tiempo antes de morir. La fuerza de sus músculos respiratorios debilitándose, percibiendo el esfuerzo para respirar, el cuerpo adolorido, el sol golpeándole en los ojos, mientras que los carroñeros tejen lentos círculos en el aire enrarecido, el olor a sangre y carne quemada elevándose en vaharadas a su alrededor.
Lavé sus heridas, no soy Isis para devolverle el aliento pero al menos puedo reintegrarle al rostro algo de su antigua frescura. Apliqué la crema especial para detener la rigidez, para reducir las huellas del dolor y el sufrimiento, hacer que el lustre de los ojos recupere su brillo. A pesar de los moretones y a medida que avanzaba iba descubriendo, rescatando bajo la suciedad y la mugre, los rasgos atrapados en una fotografía que me había dado la madre. “Mi pobre niña, era tan hermosa”. Y tenía razón, el ángulo de la mandíbula, el pequeño lunar junto a la boca, el ligero exceso de carne en las mejillas hacían su rostro casi perfecto.
Disequé las arterias e introduje el líquido preservante, espeso y rosado, mientras su sangre drenaba a través de una incisión en la venas femorales. Le abrí el vientre y extraje las vísceras, la sangre resbalaba por mis dedos temblorosos. Le taponé las fosas nasales y los otros orificios para evitar que el líquido y los gases escaparan por ellos. Tardé cierto tiempo, le dediqué todo mi amor y mi arte. Cuando terminé me alejé unos metros para contemplar mi obra.
Maria Eugenia era la negación de la muerte, el recuerdo resurgido de aquella otra mujer que me había abandonado muchos años antes. La mujer que me había negado sus caricias a pesar de mis ruegos, a pesar de haberlas deseado tanto como yo. La mujer a la que la muerte se había llevado para burlar mi deseo.
Acaricié su pelo, sus labios, el canal entre los senos prolongándose hasta la sínfisis del pubis en la cicatriz reciente dejada por el escalpelo. Aspiré el olor de su cuerpo mezclado con el suave aroma de los oleos y fue mía.
Media hora más tarde resoplando y sudoroso me fui a darme un baño, siempre lo necesitaba, el agua era el cura que limpiaba mis pecados en silencio, sin reproches.
Cuando regresé, el cadáver de María Eugenia no estaba en su lugar, sólo el contorno de su cuerpo dibujado por mi sudor.
Era extraño pero no me asustó, a veces a los amigos se les ocurre hacerme bromas. Busqué en la cámara de refrigeración, en la sala del mortuorio, detrás de los estantes, sin éxito.
La temperatura en el cuarto había descendido unos cuantos grados ¿O era mi imaginación?
De pronto la luz se apagó y fue en ese momento cuando supe que algo andaba mal. Manoteé la pared en busca del interruptor. Oí pasos de pies descalzos que se acercaban poco a poco hacia mí. Tropecé con algo golpeándome en la cabeza, el ruido estalló en mi cráneo y se multiplicó en los corredores.
Oscuridad.
Después de cierto tiempo debí despertar, o eso creo. Unas manos tan frías como la habitación recorrían mi cuello, voluptuosas. Dedos de largas uñas explorando cada centímetro de mi piel.
Abrí los ojos, parpadeé ante el torrente de luz, poco a poco mi visión se acostumbró al entorno y entonces vi…
Un coro de impasibles rostros me observaba. Rostros repetidos hasta el cansancio. El de mi madre, el de las niñas de la escuela, el de Maria Eugenia…tantos.
Una de ellas se me acerca parece una enfermera, tiene una bonita sonrisa. Palpa mi brazo, da tres golpecitos sobre mi antebrazo desnudo y ata una banda de goma en él. Alza su mano en la que sostiene una jeringa. Las gotas del liquido rosado brillan como perlas cuando ella empuja el émbolo para extraerle el aire, es cuidadosa, amable, todo el tiempo sonríe. Mira mi vena como se hincha, como invitándola a sumergirse en ella, puedo ver en sus ojos el reflejo de mi rostro desesperado.
A lo lejos, muy lejos ahora después que me ha introducido la aguja en la vena, se escucha el ruido del agua corriendo en la ducha, parece la voz monótona de un cura diciendo una bendición. Un avemaría, un padre nuestro, un requiescat in pace.
Ahora Maria Eugenia se acerca y el ruido de la motosierra habla por ella. Cierro los ojos.
Espero que cuando los abra sea como un despertar…
Hoy hubo un accidente de tránsito, un autobús lleno de jóvenes universitarias se precipitó al vacío, todas murieron. Algo natural en este sitio donde quizás Dios quiso que solo viviesen las cabras monteses. Ese es uno de los motivos por los que nunca viajo, demasiados cerros desde donde la muerte te observa y una cosa es trabajar con ella y otra…
El autobús cayó por una barranca a unos trescientos metros, para completar las cosas -como si la muerte deseara asegurarse la victoria- al chocar contra el fondo el tanque de gasolina se encendió y el autobús estalló en una columna de llamas que se alzó hasta el borde del despeñadero igual que en esas películas de Holiwood. Ya pueden hacerse una idea.
Cuando la policía y los bomberos llegaron tres horas después –todo un record en nuestra provincia- lo único que hicieron fue recoger los pedazos. Muchos de ellos carbonizados. Un desperdicio, un verdadero desperdicio, me dije al ver los cuerpos jóvenes, llenos de vida de esas mujeres, casi niñas, reducidos a la nada. Cuerpos decapitados, extremidades solitarias, troncos calcinados donde se adivina aun la forma de unos senos voluptuosos. Un sinfín de sueños convertidos en ceniza.
Veinte cadáveres y solo uno estaba completo, un rompecabezas gigante para armar. Me esperaba una larga jornada. Paciencia, ese es el secreto y por supuesto arte, y… lo más importante: el premio final.
Mientras Joaquín, mi ayudante, armaba el puzzle anatómico, me dediqué a entrevistar a las familias de las seis muchachas que aún conservaban suficientes partes como para ser reconstruidas. La entrevista es muy importante, me permite conocer a profundidad a la víctima y entonces el muñeco inarticulado que reposa sobre la fría superficie de metal adquiere vida. Los recuerdos de esas personas, como eran, si reían o lloraban con facilidad, sus problemas y alegrías, me permiten darle a sus rostros esa cualidad que se pierde una vez que el corazón deja de latir y la muerte se hace dueña de nuestra carne.
Fotos, el video de su quinceaños o de su boda, una carta de amor, todo sirve. Es interesante ver como la familia te entrega sus “secretos” con tal que “la niña quede lo mejor posible”. Nadie quiere ver el verdadero rostro de la muerte, nadie quiere ver lo que le espera, mañana o ahorita, agazapado en una cáscara de plátano en la acera, o tras los ojos turbios de un beodo, o simplemente en la sonrisa de ese que dice que te ama.
Sólo necesité tres horas para entrevistar a los familiares, este es un pueblo pequeño, por suerte. Cuando regresé Joaquín había terminado de coserle los ojos a la última. No puede negarse que el chico tiene su arte, es una lástima que no tuviera plata para estudiar Medicina, habría sido un excelente cirujano. Lo despedí luego de pagarle la suma correspondiente, me dio las gracias y se marchó. Nunca discute, ni pregunta por qué debo quedarme solo. Acepta el dinero y se retira en silencio hasta la próxima vez.
De todo el proceso ésta es la parte que me fascina. Hay un misterio en el arte del maquillaje, es como si, de pronto, dejaras de ser tú para convertirte en otra persona. Si no me entienden miren a su esposa acabadita de levantarse y verán lo que les digo.
¿De dónde surgió esta pasión?
No lo sé.
Recuerdo a mi madre frente al espejo arreglándose el cabello, el cuidadoso detalle de su mano delineando las cejas, la forma de sus labios marcándose poco a poco a la hora de usar el pintalabios, luego la súbita entrada como una relamida y la blanca servilleta limpiando los restos en los blancos y brillantes dientes. Recuerdo a papá dando vueltas impaciente como un león hambriento que quiere meterle el diente a una gacela pero que no tiene más remedio que esperar. “Hasta cuando mujer, mira que se nos va a hacer tarde”. Pero sobre todo recuerdo el aire triunfal de ese rostro transformado ante el espejo, la delicada sonrisa, los ojos brillantes que decían: aun soy hermosa. No soy esa fregona de moños parados, arrugas incipientes y ojeras madre de tres niños. Soy diferente, ésta soy yo, la otra es un fantasma, un monótono disfraz para engañar a mi marido.
Quizás fuera esto, lo cierto es que, desde muy temprano, comencé a practicar frente al espejo, primero conmigo, luego con batman, superman y con cuanto muñeco estuviera a mi alcance, y por último con mis amiguitas en el colegio. Tuve mucho éxito. ¡Quién sabe a donde habría podido llegar! Pero la muerte me tenía reservada, como siempre, una sorpresa.
Maria Eugenia tenía ventidos años y era la única que había logrado morir en una sola pieza. Al parecer salió, de alguna forma, despedida por la ventana. Una roca le partió la columna cervical por lo que debe haber sufrido un buen tiempo antes de morir. La fuerza de sus músculos respiratorios debilitándose, percibiendo el esfuerzo para respirar, el cuerpo adolorido, el sol golpeándole en los ojos, mientras que los carroñeros tejen lentos círculos en el aire enrarecido, el olor a sangre y carne quemada elevándose en vaharadas a su alrededor.
Lavé sus heridas, no soy Isis para devolverle el aliento pero al menos puedo reintegrarle al rostro algo de su antigua frescura. Apliqué la crema especial para detener la rigidez, para reducir las huellas del dolor y el sufrimiento, hacer que el lustre de los ojos recupere su brillo. A pesar de los moretones y a medida que avanzaba iba descubriendo, rescatando bajo la suciedad y la mugre, los rasgos atrapados en una fotografía que me había dado la madre. “Mi pobre niña, era tan hermosa”. Y tenía razón, el ángulo de la mandíbula, el pequeño lunar junto a la boca, el ligero exceso de carne en las mejillas hacían su rostro casi perfecto.
Disequé las arterias e introduje el líquido preservante, espeso y rosado, mientras su sangre drenaba a través de una incisión en la venas femorales. Le abrí el vientre y extraje las vísceras, la sangre resbalaba por mis dedos temblorosos. Le taponé las fosas nasales y los otros orificios para evitar que el líquido y los gases escaparan por ellos. Tardé cierto tiempo, le dediqué todo mi amor y mi arte. Cuando terminé me alejé unos metros para contemplar mi obra.
Maria Eugenia era la negación de la muerte, el recuerdo resurgido de aquella otra mujer que me había abandonado muchos años antes. La mujer que me había negado sus caricias a pesar de mis ruegos, a pesar de haberlas deseado tanto como yo. La mujer a la que la muerte se había llevado para burlar mi deseo.
Acaricié su pelo, sus labios, el canal entre los senos prolongándose hasta la sínfisis del pubis en la cicatriz reciente dejada por el escalpelo. Aspiré el olor de su cuerpo mezclado con el suave aroma de los oleos y fue mía.
Media hora más tarde resoplando y sudoroso me fui a darme un baño, siempre lo necesitaba, el agua era el cura que limpiaba mis pecados en silencio, sin reproches.
Cuando regresé, el cadáver de María Eugenia no estaba en su lugar, sólo el contorno de su cuerpo dibujado por mi sudor.
Era extraño pero no me asustó, a veces a los amigos se les ocurre hacerme bromas. Busqué en la cámara de refrigeración, en la sala del mortuorio, detrás de los estantes, sin éxito.
La temperatura en el cuarto había descendido unos cuantos grados ¿O era mi imaginación?
De pronto la luz se apagó y fue en ese momento cuando supe que algo andaba mal. Manoteé la pared en busca del interruptor. Oí pasos de pies descalzos que se acercaban poco a poco hacia mí. Tropecé con algo golpeándome en la cabeza, el ruido estalló en mi cráneo y se multiplicó en los corredores.
Oscuridad.
Después de cierto tiempo debí despertar, o eso creo. Unas manos tan frías como la habitación recorrían mi cuello, voluptuosas. Dedos de largas uñas explorando cada centímetro de mi piel.
Abrí los ojos, parpadeé ante el torrente de luz, poco a poco mi visión se acostumbró al entorno y entonces vi…
Un coro de impasibles rostros me observaba. Rostros repetidos hasta el cansancio. El de mi madre, el de las niñas de la escuela, el de Maria Eugenia…tantos.
Una de ellas se me acerca parece una enfermera, tiene una bonita sonrisa. Palpa mi brazo, da tres golpecitos sobre mi antebrazo desnudo y ata una banda de goma en él. Alza su mano en la que sostiene una jeringa. Las gotas del liquido rosado brillan como perlas cuando ella empuja el émbolo para extraerle el aire, es cuidadosa, amable, todo el tiempo sonríe. Mira mi vena como se hincha, como invitándola a sumergirse en ella, puedo ver en sus ojos el reflejo de mi rostro desesperado.
A lo lejos, muy lejos ahora después que me ha introducido la aguja en la vena, se escucha el ruido del agua corriendo en la ducha, parece la voz monótona de un cura diciendo una bendición. Un avemaría, un padre nuestro, un requiescat in pace.
Ahora Maria Eugenia se acerca y el ruido de la motosierra habla por ella. Cierro los ojos.
Espero que cuando los abra sea como un despertar…
jueves, diciembre 01, 2005
Sin invitación.

Como en todos los cumpleaños de mi padre, mi familia, los amigos y vecinos lo festejábamos en grande, lo hacíamos frente a mi casa, todos cooperaban con la elaboración de la comida y con la decoración del lugar, desde un mes antes se ponían de acuerdo o sorteaban quien se encargaría de cada cosa, se juntaba el dinero de todos y se hacían las compras pertinentes.
En esa ocasión me tocó encargarme de las bebidas, en pocas palabras sería el cantinero por esa noche, no me pudo haber ido mejor. No me desagradaba para nada la idea de pasarme toda la fiesta repartiendo y tomando todo tipo de bebidas espirituosas. Siempre he sido un tipo con suerte.
Con el permiso del Ayuntamiento se cerraba la calle, sólo los vecinos con sus familiares y los invitados asistían a la cena que después se convertía en baile que duraba hasta el amanecer.
Esa noche era mucho más fría que otras veces, casi todos bebieron más de lo normal, quizá para entrar en calor lo cierto es que estábamos todos tan ebrios que muchos quedaron dormidos en sus sillas. Por eso nadie notó al visitante misterioso que se sentó en la mesa que se encontraba al final de la calle.
Mi padre, el que odiaba que hubiera quien se aprovechara de la ocasión para presentarse a sus fiestas a comer y beber gratis, fue el primero en darse cuenta. Tomó la mejor botella de tequila y se acercó al extraño. Conforme se acercaba a la mesa se dio cuenta que aquél intruso ni siquiera había tocado el plato de mole, ni los chiles rellenos, mucho menos el dulce de calabaza.
— ¿Qué no le gustó la comida? ¿Quiere que le traigan caviar y champagne al patrón?— dijo con un tono falsamente simpático ¿Le gusta llegar a fiestas sin invitación y además de eso despreciar lo que hay en la mesa? Por que yo no lo conozco y no creo que nadie lo haya invitado—
Tenía razón, aquél hombre tenía todo el aspecto de un vagabundo, se veía sucio, sus manos y ropa estaban llenos de tierra. Vestía un roído traje negro con manchas de moho como los que usan los monjes, ocultaba su rostro con una capucha.
Ni siquiera volteó a verlo. Siguió con la vista baja, como si se encontrara solo en medio de la nada. Quien quiera que hubiera invitado o dejado entrar a la fiesta a aquél miserable, le iba a ir peor que al pobre sujeto.
—Ten, tómate un tequila y te me largas—le dijo mientras le servía hasta el tope de un caballito.
Quienes no se habían dado cuenta de le escena hasta ese momento y que no estaban demasiado ebrios se acercaron rodeándolo.
—No quiero nada de ustedes, sólo me tomo un respiro, sigan su fiesta, olviden que me han visto, seguiré mi camino. Si no me molestan haré de cuenta que no escuché el insulto y me iré sin hacerles daño— habló con voz más fuerte pero sin mirarnos.
Todos estallamos en carcajadas, nos pareció de lo más gracioso que aquél intruso además fuera un insolente, éramos por lo menos diez contra uno. Mi hermano Octavio, el más fuerte de todos se acercó con toda la intención de molerlo a golpes.
— ¡Detente donde estás, o será lo último que hagas en tu miserable vida!—dijo ésta vez con una voz gutural que nos paralizó a todos.
No pude detenerlo, Octavio se abalanzó sobre él. ¨”La cosa” o lo que fuera ese ser se puso inmediatamente de pie, la capucha de su traje cayó a sus hombros dejando al descubierto su horrible rostro, algo salió disparado de su boca hacia la cara de mi hermano, un líquido de color verde como el guacamole que estaba servido en las mesas.
Octavio cayó al suelo tomándose de la cara que se le caía a pedazos, la nariz y los ojos quedaron al lado de su cuerpo. Mi padre empezó a vomitar, no sé si del miedo o del asco, los demás quisimos huir. Todo sucedió como en un abrir y cerrar de ojos.
De un solo golpe atravesó a mi padre por el estómago cayendo sus entrañas desparramadas por el suelo, mi tío Alberto resbaló y esa cosa se agachó y de una mordida le arrancó parte de la cabeza, los demás quisieron correr pero un torrente de más liquido verde salió hacia sus piernas dejándoselas despellejadas hasta el hueso.
Yo me quedé parado, no pude moverme paralizado por el miedo. Fui testigo mudo de la masacre. Uno a uno fue exterminado por aquél monstruo.
—Para ti tengo mejores planes— dijo llevándome arrastrándome hacia el monte.
Llegamos a una cueva y nos adentramos en ella, tanto que ya no sentía el aire. Ahora me encuentro atado a esta roca, esperando. No sé lo que me aguarda, sólo espero que sea rápido y lo menos doloroso posible.
Un ser se acerca a la roca y le susurra al oído. —Tú alimentarás a mis pequeños—
Se separa un poco y abriéndose el vientre deja caer dos bolas sanguinolentas. Dos pequeños seres se arrastraban hacia la roca, los dos incrustan sus pequeños dientes en su carne. Se ahogan los gritos de dolor en las profundidades de la cueva.
En esa ocasión me tocó encargarme de las bebidas, en pocas palabras sería el cantinero por esa noche, no me pudo haber ido mejor. No me desagradaba para nada la idea de pasarme toda la fiesta repartiendo y tomando todo tipo de bebidas espirituosas. Siempre he sido un tipo con suerte.
Con el permiso del Ayuntamiento se cerraba la calle, sólo los vecinos con sus familiares y los invitados asistían a la cena que después se convertía en baile que duraba hasta el amanecer.
Esa noche era mucho más fría que otras veces, casi todos bebieron más de lo normal, quizá para entrar en calor lo cierto es que estábamos todos tan ebrios que muchos quedaron dormidos en sus sillas. Por eso nadie notó al visitante misterioso que se sentó en la mesa que se encontraba al final de la calle.
Mi padre, el que odiaba que hubiera quien se aprovechara de la ocasión para presentarse a sus fiestas a comer y beber gratis, fue el primero en darse cuenta. Tomó la mejor botella de tequila y se acercó al extraño. Conforme se acercaba a la mesa se dio cuenta que aquél intruso ni siquiera había tocado el plato de mole, ni los chiles rellenos, mucho menos el dulce de calabaza.
— ¿Qué no le gustó la comida? ¿Quiere que le traigan caviar y champagne al patrón?— dijo con un tono falsamente simpático ¿Le gusta llegar a fiestas sin invitación y además de eso despreciar lo que hay en la mesa? Por que yo no lo conozco y no creo que nadie lo haya invitado—
Tenía razón, aquél hombre tenía todo el aspecto de un vagabundo, se veía sucio, sus manos y ropa estaban llenos de tierra. Vestía un roído traje negro con manchas de moho como los que usan los monjes, ocultaba su rostro con una capucha.
Ni siquiera volteó a verlo. Siguió con la vista baja, como si se encontrara solo en medio de la nada. Quien quiera que hubiera invitado o dejado entrar a la fiesta a aquél miserable, le iba a ir peor que al pobre sujeto.
—Ten, tómate un tequila y te me largas—le dijo mientras le servía hasta el tope de un caballito.
Quienes no se habían dado cuenta de le escena hasta ese momento y que no estaban demasiado ebrios se acercaron rodeándolo.
—No quiero nada de ustedes, sólo me tomo un respiro, sigan su fiesta, olviden que me han visto, seguiré mi camino. Si no me molestan haré de cuenta que no escuché el insulto y me iré sin hacerles daño— habló con voz más fuerte pero sin mirarnos.
Todos estallamos en carcajadas, nos pareció de lo más gracioso que aquél intruso además fuera un insolente, éramos por lo menos diez contra uno. Mi hermano Octavio, el más fuerte de todos se acercó con toda la intención de molerlo a golpes.
— ¡Detente donde estás, o será lo último que hagas en tu miserable vida!—dijo ésta vez con una voz gutural que nos paralizó a todos.
No pude detenerlo, Octavio se abalanzó sobre él. ¨”La cosa” o lo que fuera ese ser se puso inmediatamente de pie, la capucha de su traje cayó a sus hombros dejando al descubierto su horrible rostro, algo salió disparado de su boca hacia la cara de mi hermano, un líquido de color verde como el guacamole que estaba servido en las mesas.
Octavio cayó al suelo tomándose de la cara que se le caía a pedazos, la nariz y los ojos quedaron al lado de su cuerpo. Mi padre empezó a vomitar, no sé si del miedo o del asco, los demás quisimos huir. Todo sucedió como en un abrir y cerrar de ojos.
De un solo golpe atravesó a mi padre por el estómago cayendo sus entrañas desparramadas por el suelo, mi tío Alberto resbaló y esa cosa se agachó y de una mordida le arrancó parte de la cabeza, los demás quisieron correr pero un torrente de más liquido verde salió hacia sus piernas dejándoselas despellejadas hasta el hueso.
Yo me quedé parado, no pude moverme paralizado por el miedo. Fui testigo mudo de la masacre. Uno a uno fue exterminado por aquél monstruo.
—Para ti tengo mejores planes— dijo llevándome arrastrándome hacia el monte.
Llegamos a una cueva y nos adentramos en ella, tanto que ya no sentía el aire. Ahora me encuentro atado a esta roca, esperando. No sé lo que me aguarda, sólo espero que sea rápido y lo menos doloroso posible.
Un ser se acerca a la roca y le susurra al oído. —Tú alimentarás a mis pequeños—
Se separa un poco y abriéndose el vientre deja caer dos bolas sanguinolentas. Dos pequeños seres se arrastraban hacia la roca, los dos incrustan sus pequeños dientes en su carne. Se ahogan los gritos de dolor en las profundidades de la cueva.
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